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La aparición de Bashar al Asad resultó sorpresiva para el pueblo sirio. Desde que la revuelta en contra de su gobierno se inició en marzo de 2011, han sido contadas las ocasiones en las que el presidente ha aparecido en algún medio de comunicación ofreciendo declaraciones. En esta oportunidad lo hizo desde el Parlamento, donde la recepción entre ovaciones y vitoreos de los diputados contrasta con la actitud beligerante de la población que los desea afuera.
La matanza de Hula, ocurrida hace 10 días, demandaba una aparición, mucho más después de que la ONU, que adelanta una misión de observación en territorio sirio, confirmara a través de sus voceros que los responsables de la masacre habían sido los llamados shabiha, sicarios pagados por el Gobierno.
El saldo de muertes que dejó el episodio superó el centenar y desató el rechazo de Occidente, que exigía una vez más la dimisión de Al Asad. A la voz de repudio de las potencias occidentales se unió la del exsecretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan —cabeza de la misión de observación en Siria—, quien exigió al presidente mostrar señales reales de su disposición para llegar a la paz.
Al Asad tenía que entregar su versión de los hechos, en especial cuando Hula reactivó la posibilidad de una intervención militar externa propuesta por la oposición, alternativa que Rusia ya anunció que vetaría. El presidente fue consecuente en su discurso con lo expuesto desde el comienzo de las revueltas. Aseguró que la guerra en su país es alimentada por agentes extranjeros y terroristas que ejecutan un “plan de destrucción” para su país.
Frente a la masacre de Hula eludió cualquier responsabilidad, la calificó de “salvaje” y sentenció que ni siquiera “monstruos” la habrían cometido. Aseguró que existe una campaña de difamación en contra de las Fuerzas Armadas y que a quienes llama enemigos “trabajan para crear una división sectaria porque ya han agotado todas sus opciones”. Al Asad terminó su intervención diciendo que en este momento no hay lugar para grises y que se debe clasificar a los ciudadanos entre los “verdaderos patriotas y los antipatriotas”. La ovación de los diputados fue tan sonora como la de su llegada a la sala del Parlamento.
Tras el discurso, cientos de opositores salieron a las calles a protestar y el Consejo Nacional Sirio, el principal organismo opositor, se quejó del que a su juicio fue el mensaje más claro de Bashar al Asad: “continuar reprimiendo de manera sangrienta y de aplastar la revuelta a cualquier precio”.