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Contrario a lo que se afirma en Washington, Al Qaeda no va a desaparecer en el futuro inmediato. Ni la guerra contra el terrorismo, ni la táctica de la aniquilación escalada de los líderes de rango medio hasta los de rango alto, han sido útiles para que los Estados Unidos debiliten dramáticamente a la organización. Peor aún: el impulso de las revueltas democráticas en Oriente Medio, que desacreditaría o deslegitimaría aún más a un movimiento islamista violento, tampoco ha logrado proscribir a Al Qaeda.
Al Qaeda ha adoptado una nueva estrategia. Antes de la muerte de Osama bin Laden, o incluso después de que cayera abatido, la organización no vio diezmada su capacidad operativa y de alcance global. Se pueden identificar tres razones. Primera: el liderazgo de Al Qaeda fue rápida y fácilmente reemplazado; lo asumió Ayman al Zawahiri, un líder poco carismático pero reconocido por su profundidad ideológica, y a pesar de que EE.UU. puede abatir con sus drones a personajes que han escalado rápidamente en la red, como Kashmiri, Al Awlaki o Al Libi, su movilidad interna es realmente extraordinaria.
Segunda, Al Qaeda central no ha perdido su capacidad operativa y puede controlar, dirigir y perpetrar atentados contra objetivos occidentales en Oriente Medio. Llama la atención que los líderes disminuyeran su propio papel para dar paso a la ideología, a los jóvenes radicalizados y a los mártires como el verdadero espíritu del movimiento. Si bien el liderazgo es importante en Al Qaeda, justamente por su inspiración salafista, que prohíbe la adulación, éstos terminan dándole primacía a la ideología, reforzando así su estrategia de supervivencia independientemente de quien esté al mando.
Y tercera, porque sus ramificaciones se han constituido en un verdadero recurso del movimiento islamista internacional. Desde diciembre de 2001, cuando Al Qaeda central fue expulsada por las tropas estadounidenses de Afganistán y se reagrupó en la frontera con Pakistán con un manhaj (ideología) consistente, se ha dedicado a organizar una red de grupúsculos yihadistas por todo el mundo musulmán.
Además de las franquicias, como Al Qaeda en Irak (AQI) y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), su principal ramificación, Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), representa una mayor amenaza para los intereses de Estados Unidos en la medida que sus integrantes cuentan con un liderazgo renovado, la relativa facilidad que les genera el control de su territorio —operan localmente, pero con un mayor alcance geográfico para identificar objetivos “suaves”— y la autonomía respecto de la base. Esta situación se ve reforzada si agregamos que al movimiento islamista se suman jóvenes radicalizados que ingresan a través de la propaganda, las redes informáticas y el flujo de inmigrantes musulmanes que entran y salen de Europa y EE.UU.
Existen también grupos locales que desean fervorosamente adquirir la “marca”, como Al Shabaab en Somalia, las Brigadas de Abdullah Azzam en el Líbano o Jemaah Ansharut Tauhid en el sudeste asiático. Si vemos el caos que se vive en Libia, donde el Consejo Nacional de Transición a lo sumo controla algunos barrios de Trípoli, advertimos que las verdaderas relaciones de poder giran en torno al tribalismo y al islamismo militante de AQMI o el Grupo Islámico de Combate Libio. El ataque al consulado estadounidense en Bengasi, presumiblemente perpetrado por islamistas radicales enfurecidos, es revelador.
La Primavera Árabe comenzó siendo un proceso de reivindicación democrático no violento, pero la sospecha de que AQI o las Brigadas de Abdullah Azzam estén comandando a miles de combatientes en la guerra civil siria y de que se muevan a través de la frontera iraquí o turca con facilidad, indica que Al Qaeda tiene aún margen de acción en escenarios árabe-islámicos. Además, la imparable violencia confesional y política en Irak, y las tensiones internas reafirman el doble fracaso de EE.UU. para debilitar la táctica de Al Qaeda centrada en ataques escalados a través de células clandestinas, así como la imposibilidad de sostener un gobierno que debería generar estabilidad en su nombre.
En esta reconducción de la estrategia de Al Qaeda ha influido decisivamente la lucha global contra el terrorismo iniciada por EE.UU. Esta lucha consta de tres instrumentos: la guerra preventiva, la eliminación de los líderes y el combate de las ideas “extremistas” con ideas “democráticas”. Pero ni Bush, ni ahora Obama, con su enfoque imperialista liberal, han comprendido la lógica de la que se nutre Al Qaeda: una combinación de resistencia “asimétrica” violenta sustentada en una tradición antiimperialista, islamista y nacionalista que busca hacer frente a la ocupación del suelo islámico, la aniquilación sistemática de la población musulmana y las autocracias seculares aliadas de EE.UU.
Mientras no se reconozca esta lógica, la lucha contra el terrorismo seguirá siendo insuficiente y estando mal direccionada. Estados Unidos no abandonará sus intereses en la región. La estrategia del offshore balancing, siguiendo a John Mearsheimer, es por ello más realista: un equilibrio regional preservado sin establecerse en suelo musulmán. Este factor estratégico-diplomático debería complementarse con la defensa y el respeto de los valores democráticos, incluso si los musulmanes se deciden por un gobierno islámico. En este aspecto, sin embargo, la renovada sociedad civil y los partidos políticos emergentes —como el islamismo en el actual Egipto— deben jugar un papel crucial en la incorporación de valores, identidades y preferencias en torno al islam político.
Lo que reclaman los islamistas internacionales es, simplemente, que los estadounidenses adopten una política distinta hacia el mundo musulmán.
* Internacionalista, historiador e investigador del Centro Colombiano de Estudios Árabes.