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Ahora que Israel y Palestina están inmersos en un intento más por llegar un acuerdo de paz, la muerte del exprimer ministro Ariel Sharon este sábado a sus 85 años, es una ocasión para recordar las históricas dificultades que han tenido ambos pueblos para reconciliar sus diferencias.
El llamado “halcón” de la derecha ultranacionalista israelí nació en Palestina en 1928, cuando este territorio estaba bajo el mandato británico. Fue comandante de las Fuerzas de Defensa Israelíes en la guerra que se generó a raíz de la creación del Estado de Israel en 1948. En adelante, participó en casi todos los enfrentamientos del conflicto árabe-israelí que ya lleva más de 65 años, con lo que pasó a ser una figura amada y odiada en Oriente Medio.
Los palestinos lo recuerdan porque en 1982, como respuesta a los bombardeos en el norte de Israel por parte de la Organización para la Liberación palestina (OLP), envió al ejército israelí a invadir Beirut, una operación en la cual se produjo la muerte de cientos de palestinos a manos de milicianos cristianos libaneses, en dos campos de refugiados que estaban bajo control israelí. Fueron las conocidas masacres de Sabra y Shatila. Al año siguiente, un tribunal israelí determinó que Sharon era responsable por esos asesinatos, por lo cual fue destituido de su cargo como Ministro de Defensa del gobierno de Menachen Begin. Sin embargo, ese sería apenas uno de los primeros episodios de su carrera política y militar.
Años más tarde, Sharon estuvo comprometido en rechazar los Acuerdos de Oslo que habían sido firmados en 1993 e implicaban el reconocimiento mutuo de ambos estados (Israel y Palestina) según las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU, una retirada progresiva del Ejército israelí de Cisjordania (en donde se venía anexando territorio ilegalmente desde 1967), el establecimiento de la Autoridad Nacional Palestina y una hoja de ruta de cinco años para resolver las principales diferencias entre ambos pueblos -entre estas el posible regreso de los refugiados Palestinos que tuvieron que salir de sus tierras desde 1948 y la búsqueda de una solución para el estatus de Jerusalem, cuestiones que hasta hoy siguen sin resolverse-.
Los pactos de Oslo estaban tambaleando desde el asesinato en noviembre de 1995 del entonces primer ministro israelí Yitzhac Rabin, por parte de un fanático religioso de extrema derecha israelí, quien declaró que su objetivo explícito era interrumpir el proceso de paz. Se interrumpieron definitivamente en marzo del siguiente año, cuando grupos terroristas de Palestina perpetuaron dos ataques suicidas en los cuales murieron 32 israelíes, ante lo cual Sharon dio una respuesta contundente.
En un libro titulado Palestine Peace Not Apartheid, el expresidente estadounidense Jimmy Carter dice que esos ataques terroristas probablemente le dieron “al candidato de línea dura del Likud, Benjamín Netanyahu, una victoria sobre el primer ministro Shimon Peres. El nuevo líder de Israel (quien hoy está de nuevo en ese cargo) prometió nunca intercambiar territorios por paz. El ministro de Exteriores Ariel Sharon declaró los acuerdos de Oslo un ‘suicidio nacional ´y dijo que ‘todos tienen que movilizarse, correr y tomarse tantas cumbres de montaña como puedan para expandir los asentamientos porque todo lo que tomemos ahora se quedará con nosotros… todo lo que no tomemos se quedará con ellos’. Esta política precipitó la presencia israelí en los territorios ocupados y despertó mayor violencia desde los palestinos”, dice Carter.
El llamado de Sharon a impulsar la expansión de asentamientos en suelo palestino, y luego a construir un muro que serpentea por Cisjordania, ha tenido eco en los siguientes gobiernos. Aún hoy, en pleno proceso de paz, el gobierno de Netanyahu sigue con la construcción de las colonias y del muro, una política que ha sido condenada por múltiples resoluciones de la ONU, que es considerada un “crímen de guerra” por la Corte Penal Internacional (CPI) y que ha sido considerada por la Corte Internacional de Justicia (CIJ), mediante una opinión consultiva, como una grave violación a la ley internacional y a las obligaciones de Israel como poder ocupante.
En 2000, Sharon seguía ejerciendo como canciller bajo el mandato de Ehud Barak como primer ministro. Mientras el entonces presidente de EE.UU., Bill Clinton, hacía esfuerzos por reanudar negociaciones que llevaran a nuevos compromisos y acuerdos de paz, Sharon obtuvo el permiso Barak para acceder, escoltado por centenares de policías, a la explanada de las Mezquitas de Jerusalem (el lugar donde está el Domo de la Roca, uno de los sitios más sagrados del Islam). Su presencia en ese lugar fue interpretada por los palestinos y por un buen sector de la sociedad israelí como una provocación para encender la violencia y obstruir cualquier avance en las negociaciones. Así estalló la segunda intifada, que fue más violenta que la primera (1987) y que dejó más de mil muertos palestinos y alrededor de 200 israelíes, y un aumento de las colonias de Israel en Cisjordania y Gaza.
En 2001, con Goerge W. Bush en la Casa Blanca, se reanudarían algunos acercamientos en Taba entre oficiales palestinos e israelíes, pero cualquier esperanza de lograr resultados en esa negociación se borró cuando, en septiembre de ese mismo año, e impulsado por la conmoción que había generado la intifada en la sociedad israelí, Sharon fue electo primer ministro de Israel. En su libro, Carter dice que tras la elección de Sharon, una declaración del gobierno israelí afirmo la aspiración de Israel por lograr la paz, pero declaró que “todos los fracasos en la negociación se debían a la escalada del terrorismo palestino apoyado por la Autoridad Nacional Palestina”.
Hoy, mientras los palestinos dicen que la condición fundamental para lograr cualquier acuerdo de paz es que se detenga la expansión de asentamientos israelíes en Cisjordania, el gobierno Israelí se mantiene en que su principal exigencia es que se garantice la seguridad de su país, amenazado por grupos “terroristas” como Hamás en la Franja de Gaza y Hizbulá en Líbano –organizaciones que fueron creadas como resistencia a la ocupación ilegal de Israel-.
Como primer ministro, Sharon siguió oponiéndose radicalmente a los acuerdos de Oslo y reafirmó su compromiso por contrarrestar los ataques contra los ciudadanos de Israel y sus fuerzas armadas. Bajo su mando llegaría uno de los episodios más traumáticos en la historia de Oriente Medio: el 27 de marzo de 2001 un suicida se inmoló en un hotel de la ciudad costera de Netanya, acabando con la vida de 30 israelíes. Para entonces, se tejía una estrategia de paz liderada por la monarquía de Arabia Saudita, que recibió el apoyo de 22 naciones de la Liga Árabe en Beirut justo un día después del atentado. Y justo un día después de la reunión de los países árabes, como respuesta al ataque en Netanya las Fuerzas de Defensa Israelíes rodearon y destruyeron la oficina donde estaba el líder palestino Yasser Arafat (firmante de los Acuerdos de Oslo y Nobel de Paz en 1994) en Rammallah, Cisjordania.
Sharon quería arrestar a Arafat y expulsarlo de los territorios palestinos por supuestamente apoyar la Intifada. El Consejo de Seguridad de la ONU ordenó mediante una resolución la retirada del ejercito israelí de Rammallah, ciudad que había sido reconocida por Israel como parte de Palestina en 1995. No obstante, Israel ignoró dicha resolución. Arafat murió confinado en ese lugar en 2004, teniendo escaso contacto con los palestinos pero aún siendo acusado por Israel como principal responsable de la violencia en los territorios ocupados. Las causas exactas de su muerte son motivo de controversia, aunque para los Palestinos es muy claro que el responsable directo es el Ejército israelí.
A principios de 2004, sorpresivamente Sharon aprobó un plan de retirada de los asentamientos israelíes en la Franja de Gaza, que se concretó en agosto de 2005. Este viraje en su política expansionista le costó el rechazo de sectores políticos en Israel, por lo que abandonó el Likud y formó el partido Kadima. En 2006, Sharon sufrió un derrame cerebral y fue internado en un hospital donde duró ocho años en coma hasta su muerte.
Las ideas del exprimer ministro en buena medida siguen presentas en la política y estrategia militar de Israel. Este sábado, mientras los gobiernos de Colombia y de varios países occidentales expresaban sus condolencias al pueblo israelí, las declaraciones desde el lado palestino eran totalmente opuestas: «Sharon era un criminal, responsable del asesinato de Arafat, y esperábamos que compareciera ante la Corte Penal Internacional como criminal de guerra», decía Jibril Rabub, un alto responsable de Fatah, el movimiento del actual presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas. Tras la muerte de este polémico personaje, queda una división cada vez más profunda entre dos pueblos, unas heridas cada vez más acentuadas en uno de los conflictos territoriales, políticos, religiosos, ideológicos… más complejos de la historia reciente.