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Gulnara Suleymanova tiene una habitación en los alrededores del estadio de Bakú (capital de Zarbaiyán), que se compone de una mesa para el televisor, un televisor, un par de camas y una ventana diminuta, cruzada por un alambre que sirve de pasador. No es, en realidad, una habitación: es un contenedor que colinda con un campo de petróleo y que huele a eso: a gases. Viven en el contenedor su esposo (obrero), ella (ama de casa, empleada doméstica) y sus hijos, dos de ellos enfermos de la vista y el oído. La vista desde su casa es imponente, pues al fondo se distingue el estadio, una de las obras ambiciosas que el gobierno de Azerbaiyán llevó a cabo con miras a los Juegos Europeos (entre el 12 y el 28 de junio). Sin embargo, a Suleymanova no le importa ni la vista y ni siquiera el olor es uno de sus peores problemas: no tienen agua, luz ni energía, y la comida escasea aunque entre ella y su marido logran sumar un sueldo al ras. Por eso su pregunta resulta tan válida: ¿por qué el gobierno azerí invirtió miles de millones en la construcción de infraestructura para los juegos y desatiende los servicios básicos de su familia?
El video que presenta The Guardian se una a una serie de críticas que los medios de comunicación, incluso internos, han hecho al presidente Ilham Aliyev por estas inversiones inusitadas —que superarían los US$7.000 millones— y por el estado social de Azerbaiyán. Reportes recientes indican que los medios de comunicación de la zona tienen altísimos niveles de censura. El Comité para la Protección de Periodistas recordó hace poco que en Azerbaiyán no existen emisoras independientes y que los pocos periodistas que trabajan de manera independiente ven impedida su actividad incluso por medidas policivas. Las acusaciones son generales aunque certeras: cierta corrupción endémica, ciertas violaciones de derechos humanos. La pobreza, en esencia, es uno de ellos. La disparidad entre ambos hechos permite pensar que para el gobierno azerí existen otras prioridades.
“Es frío en el invierno y no importa cuánto use el calentador —dice Suleymanova—. En el verano, es terriblemente caliente. Tomamos el agua de nuestros vecinos. Agua, gas y electricidad son un problema enorme. Cuando se trata de vivir, tienes que experimentarlo por ti mismo para entenderlo. Es difícil de describir”. A Suleymanova el gobierno no le ha entregado un subsidio porque no pertenece a una institución pública y, se supone, no lo necesita. “Si tuviera una trabajo en el sector público, ¿para qué necesitaría asistencia social?”.
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