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Cuando ocurrió el terremoto, Nadia intentó escapar del barranco. Estaba a medio camino hacia la calle cuando escuchó gritos que provenían de un lugar cercano a su casa. Regresó corriendo para encontrar a su vecina muerta bajo un montón de bloques de cemento. Esa vecina tenía un bebé de siete meses. “Pregunté: ‘¿Dónde está el bebé?’. Y lo vimos tirado allí en el suelo”. La mujer había logrado lanzar a su hijo lejos del lugar donde había quedado sepultada. “Otra de las mujeres lo recogió y me lo entregó. Estaba cubierto de sangre, hasta tenía sangre en las medias. Parecía tener un brazo dislocado y posiblemente una pierna también. Además, tenía un golpe en la cabeza. Estaba aterrorizada de que el niño muriera en mis brazos. Intentaba quedarse dormido y yo intentaba mantenerlo despierto”, dijo Nadia.
Ella fue en busca de sus familiares y encontró a una tía que vive en Ravine 75, a unas pocas cuadras de Fidel. Después de esto salí y me senté a llorar. Lloraba porque no sabía qué había sucedido con mi novio”. Su novio, un joven llamado Kesnel Jean, había partido esa mañana hacia Jacmel, un pueblo costero al sur de Haití. Desde entonces no se sabía nada de él.
Esa noche, “cuando todo terminó”, Nadia caminó hasta Delmas 36, a una distancia de treinta y cinco cuadras, con el fin de averiguar si la familia de su primo había sobrevivido. Estaban bien, pero lo que pudo ver de la ciudad la entristeció —las casas derrumbadas, muertos y heridos en todas partes—. Nadia recuerda cómo después del desastre comenzó a circular un rumor. “Los haitianos comenzaron a decir que un experimento realizado por los Estados Unidos había sido el causante del terremoto, porque querían apoderarse del país. Pero yo sé que fue un acto de Dios, porque si hubiera sido culpa de los Estados Unidos, ellos también habrían sido responsables por el terremoto en California hace algunos años. Intenté decirles que no tenía sentido”.
En los días siguientes, continuó deambulando por la ciudad. “El miércoles salí a buscar a mi novio; caminé hasta el centro y de regreso. Vi muertos por todo lado. Vi un niño que había intentado salir corriendo de un edificio y éste le había caído encima. Lo único que podía verse era su cara y uno de sus brazos. Vi a los saqueadores robando, tirando objetos a la calle desde un edificio colapsado. Salí corriendo por miedo a ser detenida por la policía”.
Fue durante esas primeras salidas, buscando a Kesnel y sus parientes, que Nadia comenzó a buscar alimentos. Orgullosamente me dijo: “En los Estados Unidos nunca me vi privada de cosas como alimento y agua, no creo que tenga que hacerlo aquí en Haití”. Entregaba la comida que encontraba al pastor Villers, quien la almacenaba en la pequeña iglesia Pancotista hasta que pudiera ser distribuida.
Dos días después de haber desaparecido, Kesnel regresó a Fidel. Tenía una herida en una pierna, pero por demás estaba bien. Su bus había chocado en el momento del terremoto; un vehículo de la ONU también se había accidentado cerca de allí. Le dijo a Nadia que muchos de los pasajeros habían muerto, pero él había sido rescatado por el personal de la ONU. Había logrado alquilar una motocicleta con la cual había llegado a medio camino hacia Puerto Príncipe y el resto del trayecto había pedido aventones.
Los entierros comunes
Un día pasé a ver a Max Beauvoir, el mayor houngan o cura vudú en Haití, quien vive sobre la carretera costera que conduce de Puerto Príncipe a Léogâne —una vieja población dedicada a la agricultura, la cual había sido casi totalmente destruida por el terremoto—. Su laberíntica morada estaba situada en un pequeño bosque sombrío de árboles tropicales, un panorama extraño dentro de este país casi totalmente deforestado. La pared de piedra coral que daba a la casa había colapsado parcialmente; parte del templo y de la cocina abierta también habían sufrido daños, pero la casa se encontraba en perfecto estado. Varias estatuas de dioses vudú observaban el jardín desde el antepecho del tejado.
Sentado en una pequeña mesa redonda bajos los árboles del jardín trasero de su casa, Beauvoir me recibió amablemente. Un hombre alto, buen mozo, de mirada intensa, estaba acompañado de dos enormes rottweilers tendidos a sus pies y de un paquete de Marlboro Lights, de los cuales dio buena cuenta mientras conversamos. Dijo estar disgustado por los comentarios del predicador evangélico estadounidense Pat Robertson, quien consideraba que la tragedia de Haití se debía a que el pueblo tenía un pacto con el diablo. “Siento que Pat Robinson perdió una linda oportunidad para dejar la boca cerrada”, dijo Beauvoir. “Lo que más necesita Haití en este momento es compasión. En tragedias como esta no puede asignarse culpa, buscarla es ridículo y, a mi parecer, poco inteligente. Habría sido más inteligente de su parte simplemente quedarse callado”.
También estaba preocupado por los entierros comunes que estaban siendo llevados a cabo para las víctimas del terremoto. Cada día, miles de seres humanos eran enterrados por buldóceres, sin ningún tipo de ceremonia. “Todos llevamos una parte de Dios dentro de nosotros y nuestros cuerpos deben recibir una sepultura digna. La forma como lo están haciendo, recogiéndolos y colocándolos en fosas, no es digno”.
Le conté a Beauvoir acerca de los cuerpos que había visto en el cementerio y asintió. Dijo que el 16 de enero había sino llamado a una reunión de emergencia por el presidente de Haití, René Préval, junto con el primer ministro, el jefe de la policía y las sobrevivientes cabezas de las iglesias católica y protestante. Durante la reunión se había discutido el deterioro de la situación de orden público en Puerto Príncipe. “Decidimos que debíamos abordar la situación como si nos encontráramos en estado de emergencia. Desde el 17 y durante las dos semanas siguientes, los criminales serían tratados como si estuviéramos en estado de emergencia”. Le pregunté si esto quería decir que aplicarían la pena de muerte y me contestó que sí. “Pena de muerte automática para todos los bandidos”.
Algunos de los saqueadores simplemente se llevaban lo que necesitaban con desesperación, y de lugares donde claramente no harían falta. Algunos de ellos seguramente ayudaban a suplir las necesidades de otros demasiado enfermos o heridos para luchar por sí mismos. Seguramente Nadia no era la única que velaba por las necesidades de una comunidad. Sin embargo, otros claramente se aprovechaban de la situación, actuando con oportunismo y avaricia. Hacer la distinción entre un grupo y el otro era imposible, en especial para la atormentada y diezmada policía.
Pregunté si esto les daba licencia para incluso matar a menores de edad, y le mencioné a la jovencita cuyo cuerpo había sido sepultado junto con los otros en el cementerio. Beauvoir asintió. “Puede incluir a cualquiera”. Daba la impresión de considerar este tipo de tratamiento tan severo como una necesidad lamentable. “Personalmente lo lamento, lamento cada una de las muertes. Lamento el terremoto que ocurrió esta mañana”.
(Esa mañana, una réplica de 6,1 en la escala de Richter había sacudido a Puerto Príncipe). Le conté acerca del joven que había encontrado baleado pero vivo, y como los soldados estadounidenses habían sido quienes finalmente lo habían llevado a un centro médico. Le expliqué que había intentado seguirle el rastro pero me había sido imposible. Me dijo que esto también era lamentable. “Puedo decirle que si quiere encontrarlo debe ir a buscarlo en las fosas”.
El gobierno de Haití negaba haber ordenado a la policía usar medios extrajudiciales para el manejo de los saqueadores, pero cuando le conté a Nadia lo que había hablado con Beauvoir, no se sorprendió. Hacía algunos días un policía que vivía en Fidel les había dicho a ella y a sus vecinos: “Si encuentran un ladrón, mátenlo”.
El origen de Nadia
Nadia me dijo que hablaba español, inglés y creole haitiano, pero se sentía más estadounidense que haitiana. Cuando le pregunté por sus programas de televisión favoritos, se rió y me dijo “¡Los duques de Hazzard y Punky Brewster!”. Cuando tenía seis años su madre la había llevado junto con sus hermanos y otros inmigrantes ilegales a los Estados Unidos. Habían partido primero para Cuba y desde allí a la Florida. Su padre se encontraba en una prisión estadounidense y se reunió con ellos cuando Nadia tenía catorce años. Poco después lo encontró metiendo cocaína en la casa y había intentado golpearla. Su madre lo echó de la casa. Cuando estudiaba en secundario, su padre le disparó a alguien y escapó a Puerto Príncipe. Un tiempo después fue asesinado mientras participaba en un intercambio entre traficantes de droga en Delmas 33, a unas treinta cuadras de donde ella vivía actualmente.
Cuando de pequeña vivía en Miami, Nadia había soñado con ser soldado o modelo. “Mi madre prometía llevarme a Barbizon, pero era una mentira, nunca lo hizo”. Nadia sonrió; la vida había sido dura con ella. Me explicó que su hermano mayor había enfermado cuando le echaron una maldición vudú. Su madre había regresado a Puerto Príncipe para cuidar de él, pero al final había muerto. Su madre había regresado con la enfermedad y poco después de su llegada también murió. Nadia estaba en último año de secundaria. Se graduó, pero después de la muerte de su madre, ella y su hermana debieron dejar la casa alquilada en la que vivían.
Durante un tiempo había estudiado “SRH” en la Universidad Comunitaria de Tallahassee. Cuando le pregunté qué significaban las siglas, dijo dubitativa “Servicios en Recursos Humanos”. También había estudiado cosmetología y había recibido un diploma para trabajar en una central de llamadas. Tenía tres hijos, dos del mismo padre y uno de otro hombre.
En 1992 fue arrestada y pasó cinco años y medio en una prisión federal. La acusaban de robo a mano armada y falsificación de un cheque del Tesoro. Inicialmente me dijo que la habían arrestado por encontrarse en un auto donde encontraron un arma que no le pertenecía. Luego me miró y dijo: “Me metí con la gente equivocada”.
Al salir de prisión fue deportada. En 1999 regresó a los Estados Unidos en busca de su hija, de quien le habían informado estaba siendo maltratada en el hogar de paso donde se encontraba. Nuevamente fue arrestada por entrar ilegalmente al país y pasó los siguientes siete años y medio en la Correccional Federal de Tallahassee. En junio de 2007, junto con otros presos fue enviada en un avión especial de regreso a Haití. Los recibió la policía haitiana, quienes estaban enmascarados y los detuvieron durante un tiempo. “Estaba asustada porque no sabía qué esperar”, dijo estremeciéndose. “No supe por qué usaban las máscaras”. Después de algunas semanas un familiar la recogió. Un tiempo después alquiló la casa en Fidel donde ha vivido desde entonces, ganándose la vida como peluquera.
Desde su último arresto Nadia no ha visto a sus hijos. El menor era un bebé cuando la llevaron a prisión. Los tres terminaron en hogares de paso diferentes. Su mayor deseo es regresar a los Estados Unidos en compañía de su sobrino (el hijo de aquel hermano mayor que murió), reunirse con sus hijos y trabajar. “Trabajaría en cualquier cosa, no me importa qué. Dicen que si uno paga sus culpas tiene derecho a una segunda oportunidad. ¿Cierto?”.
*Este texto fue publicado en su versión original en inglés en la revista ‘The New Yorker’. Espere mañana la tercera entrega.