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Cruzada por la igualdad

Más allá de fortalecer los lazos entre el continente más católico del mundo y la Iglesia, Francisco llega a Brasil para fortalecer su mensaje de lucha contra la inequidad en el mundo.

El papa Francisco fue recibido por la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, a su llegada a Río de Janeiro. / EFE
El papa Francisco fue recibido por la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, a su llegada a Río de Janeiro. / EFE
Foto: AFP - ROBERTO STUCKERT FILHO

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Ni siquiera es histórico sólo porque el papa, considerado portador de un evangelio social, llega a un continente en el que millones de personas han salido de la pobreza en las últimas décadas, pero sigue siendo aún uno de los lugares del planeta con mayores desigualdades sociales, donde aún una minoría acapara el 90% de la riqueza.

La importancia del viaje a Brasil es que desde el gigante sudamericano, potencia emergente, Francisco pretende difundir una nueva visión no sólo de una Iglesia que vuelve a sus orígenes de pobreza, sino de una sociedad que está viviendo bajo las garras de un modelo económico que ensancha la exclusión. No en vano el viaje a Río está siendo comparado con la histórica visita en 1979 de Karol Wojtyla, el primer papa polaco de la historia, a la Varsovia comunista.

En aquel momento se dijo que Juan Pablo II había sido escogido pontífice para luchar contra un comunismo que impedía las libertades y boicoteaba los derechos fundamentales imponiendo una dictadura atea de izquierdas. En aquel primer viaje a Polonia, Wojtyla gritó contra el comunismo que pretendía “excluir a Cristo de la historia”. Y más tarde sería Mijail Gorbachov quien agradecería al papa polaco “su ayuda para hacer caer el muro de Berlín”.

Francisco llega a un continente, el suyo, para gritar no contra los que pretenden excluir a Cristo de la historia. Aquí no hay dictaduras que encarcelen a los cristianos, ni comunismos estalinistas que impidan las libertades fundamentales de los ciudadanos.

Lo que existe son las políticas neoliberales o populistas teñidas de socialismo que siguen creando pobres: en Europa, personas sin trabajo; en Sudamérica, pobres también en educación, en asistencia médica, alejados de los valores que crean inclusión en la sociedad. Lo que puede hacer que este viaje “cambie la historia”, como lo hizo Wojtyla en Polonia, es que ayude a convertir esta realidad en políticas de inclusión y de igualdad de oportunidades.

Francisco piensa que el católico —el cristiano en general—, así como el judío o el musulmán o el budista, sin dejar su fe, que es su patrimonio más íntimo, deben bajar al infierno de las desigualdades y colocarse al lado de los que la sociedad de la opulencia y del consumo deja abandonados a su suerte.

La visión de Francisco, así como sus ambiciones espirituales y políticas, son más amplias. Sería muy poco para el papa jesuita, que se doctoró en Alemania, argentino, de padres emigrantes italianos, venir a América Latina pensando sólo en la sangría de católicos.

El pontífice argentino sabe bien que en un mundo sin líderes creíbles y con Mandela despidiéndose de la vida, los ojos no sólo de este continente sino del mundo están puestos en él. “Antes, en nuestra sociedad podíamos hablar de oprimidos y opresores. Hoy eso se ha quedado pequeño: tenemos que incluir la categoría de los excluidos, la antinomia de los que entran y los que sobran. En esa sociedad hedonista, narcisista, nos estamos acostumbrando al hecho de que ciertas personas son descartables”. Son palabras de Francisco que ayer destacaba la prensa brasileña y que revelan mejor que nada de qué se trata de un viaje más que pastoral.

Sin duda no será un viaje más de un papa en busca de ampliar su rebaño. Francisco tiene los ojos puestos en la totalidad del planeta. Y ha buscado para lanzar la originalidad de su mensaje, de su cruzada por la igualdad social, a una representatividad de jóvenes de todo el mundo, confiado en que ellos, que son el fermento de la futura sociedad, lo entenderán mejor que nadie.

La visita que ayer inició el papa Francisco en Brasil se considera más que un viaje religioso. Y más que un viaje simplemente histórico. Se ha llegado a decir que puede incluso cambiar la historia. La importancia de la visita radica no sólo en que es el primer papa latinoamericano que visita el continente desde donde lo llamaron para dirigir a la Iglesia de Roma. Ni tampoco en que se trata de una visita al país con mayor número de católicos del mundo, con sus 130 millones de creyentes. O porque llega a un continente de mayoría aún católica, pero cuyos fieles están perdiendo terreno día a día a favor de los evangélicos o de los agnósticos.

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