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En este momento de la historia, Muamar Gadafi es una de las figuras más rechazadas por Occidente. Las sanciones impuestas en su contra desde Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización de Naciones Unidas lo ponen en la mira del mundo. Hoy a Gadafi se le ve como un dictador recalcitrante que ante el peligro de perder su poder es capaz de bombardear a su pueblo, según confirman los servicios de inteligencia de Washington. No obstante, el hábitat del aislamiento no es desconocido para el líder libio. Por cerca de dos décadas (en 1986 Estados Unidos bombardeó Trípoli) Gadafi fue visto como un auxiliador del terrorismo y un confeso adversario de la ideología occidental, así como un cómplice del atentado contra el avión de Pan Am que en 1988 cayó sobre Lockerbie (Escocia), en el cual murieron los 259 pasajeros que transportaba. Fue un paria en el mundo hasta que por medio de una estrategia diplomática liderada por su hijo, Saif al-Islam Gadafi, impulsada por lo útil que resultaba su petróleo para Europa y el rechazo del régimen libio a los ataques del 11-S en Nueva York, comenzó a ser visto como un hombre excéntrico, pero sensato. Las relaciones de Libia con Estados Unidos se restablecieron plenamente en 2006, el mismo año en el que la empresa de relaciones públicas Monitor Group, con sede en Boston, empezó a tener entre sus clientes a Muamar Gadafi. Por un pago de US$3 millones al año, la firma debía enfilar su pericia mediática para cambiar la imagen del líder y de Libia, una tarea nada sencilla cuando él se acercaba a su cuarta década en el poder y acumulaba sobre su nombre el rechazo de tantos años. La situación, vista con el lente de una actualidad en la que Gadafi vuelve a ser un demonio y a las puertas de un juicio en el Tribunal Internacional de La Haya por crímenes contra la humanidad, resulta un tanto incómoda para quienes fueron sus aliados. Sucede lo mismo para los asesores contratados por la compañía con ese propósito, personas del más alto nivel político y académico, de quienes hoy se tiene conciencia gracias a los propios registros del Monitor Group, obtenidos y filtrados por la oposición libia en 2009. Una de ellas es Richard Perle, un ilustre republicano que prestó sus servicios en el Departamento de Defensa durante las administraciones de Ronald Raegan y George W. Bush, quien viajó en dos ocasiones a Trípoli durante 2006 para reunirse con Gadafi. Su misión era encontrar elementos beneficiosos para el perfil de Libia. En la misma filtración apareció un documento de 2007 en que se lee: “En coordinación con el cliente (Gadafi), Monitor Group informó a los funcionarios y a los diversos organismos del gobierno de EE.UU. La consultora sigue abogando en nombre de Libia con una serie de personas que han manifestado su voluntad de comprometerse con Libia y visitarla de nuevo en el futuro”. La lista de nombres que se contemplaban para el propósito de mejorar la imagen de Libia es amplia y respetable: el sociólogo inglés Anthony Giddens; al historiador Francis Fukuyama; el experto en Oriente Próximo de Princeton Bernard Lewis y Nicholas Negroponte, hermano del exsubsecretario de Estado y director de inteligencia nacional, John Negroponte, entre otros. Monitor Group, hay que decirlo, no fue la única firma que trabajó para el gobierno libio. También lo hicieron el grupo Fahmy Hudome Internacional en 2007 y el Grupo de Livingston, que rompió su contrato en 2009 luego de que Abdelbaset Mohamed Ali al Megrahi, condenado a cadena perpetua en el Reino Unido por ser responsable del atentado contra el avión de Pan Am, regresó Libia. La firma entendió que el cáncer terminal que aquejaba al terrorista era una razón humanitaria suficiente para ser repatriado, pero rechazó la espectacular bienvenida ofrecida por el gobierno libio a su llegada. Muamar Gadafi, también hay que decirlo, tampoco fue el único gobernante de Oriente Medio que recurrió a las agencias de relaciones públicas, de cabildeo o lobbystas. El Washington Media Group representó la imagen de Túnez y del presidente Zine El Abidine Ben Alí hasta enero de este año, cuando las protestas de la población comenzaron a ser reprimidas por el ejército. “Decidimos que no podíamos trabajar para un país que les estaba disparando a sus ciudadanos desde los tejados y, basándonos en nuestros principios, decidimos darlo de baja como cliente”, explicó entonces el presidente de la empresa, Greg Vistica. La empresa Bell Pottinger, quizá la más prestigiosa del Reino Unido, aún continúa prestando sus oficios al gobierno de Bahréin, un país que completa tres semanas de protestas en contra del rey Hamad bin Isa al-Jalifa, en el poder desde 1999. La clave de la representación está en el cambio de la narrativa, dijo a la BBC el experto y consultor de relaciones públicas Nick Allan: “No se puede cambiar el hecho de que un gobierno es una dictadura; a un dictador sólo se le puede aplicar lápiz labial. Por eso hay que intentar cambiar la narrativa señalando todos los aspectos positivos que se pueda”. ‘Venezuela no tiene ni idea’ El hijo del líder libio Muamar Gadafi, Saif al-Islam, rechazó la propuesta del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien proponía la creación de una comisión de paz para encontrar una salida a la crisis. “Los venezolanos son nuestros amigos, los respetamos y nos gustan, pero están lejos y no tienen ni idea”, aseguró Al-Islam durante una entrevista concedida a la cadena británica Sky News, en la que descartó la idea de que en su país haya injerencia de extranjeros. De otro lado, el fiscal general de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno Ocampo, informó que el tribunal dará inicio a un proceso en contra del líder libio, Muamar Gadafi, algunos de sus hijos y cuatro miembros de la cúpula militar libia por presuntos crímenes de lesa humanidad.