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Cuando las cuentas no salen en EE.UU.

La actual crisis que atraviesa el país no comenzó con el último gobierno.

El candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney, ha aprovechado la crisis financiera para críticar la política económica de su contendor, Barack Obama.  / AFP
El candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney, ha aprovechado la crisis financiera para críticar la política económica de su contendor, Barack Obama. / AFP

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Este martes 6 de noviembre, los estadounidenses volverán a las urnas para elegir presidente para los próximos cuatro años. La elección ocurrirá en las secuelas de la Gran Recesión 2008-2009, origen de la actual ralentización de la economía estadounidense, la actual crisis europea, la agudización de la cuasi parálisis japonesa y la desaceleración de la economía china.

Esa Gran Recesión no apareció del aire; se inició en Estados Unidos y es consecuencia de graves errores de política económica del gobierno de George W. Bush, pero iniciados ideológica y prácticamente en el gobierno republicano de Ronald Reagan, inaugurado en 1981. En particular, la política monetaria fue sumamente volátil: en 2001 la Reserva Federal (FED) redujo su tasa de interés de 6% a 1,75% y en 2003 hasta 1%; en 2005-2006 la elevó hasta 5.25%; en 2007-2008 volvió a reducirla hasta 1%; actualmente está en cero por ciento.

La política fiscal redujo los impuestos a los mayores ingresos, intentó reducir el gasto civil en educación, salud y pensiones sin mayor éxito y aumentó el gasto militar en forma notable: el resultado fue un déficit fiscal gigantesco y un aumento de la deuda pública. Por su parte, la política reguladora desreguló bancos y derivados financieros: se pregonaba la autorregulación; resulta que en un contexto de información asimétrica los mercados financieros no son eficientes y al actuar libremente produjeron la crisis global.

La Gran Recesión comenzó con un pánico bancario en Estados Unidos y en Europa en septiembre-octubre de 2008. Las primeras medidas otorgaron garantías gubernamentales a los depósitos, liquidez y capitalizaciones a los bancos. La ayuda inicial en Estados Unidos fue por 250 mil millones de dólares, una parte de los 700 mil millones del Programa de Alivio de Activos en Problemas. Propuesto con urgencia al Congreso en septiembre de 2008 por el gobierno Bush, los republicanos impidieron su aprobación. Ante la cada vez más deteriorada situación, por presión de los demócratas el 3 de octubre 2008 el Congreso aprobó la iniciativa.

Si la respuesta a la crisis por parte del Gobierno Bush fue tímida y con dificultades, con la administración del presidente Barack Obama, inaugurada en enero 2009, se convirtió en masiva, tanto desde el punto de vista fiscal como del monetario. Hasta julio de 2010 el monto comprometido en términos fiscales y monetarios fue de US$11.9 millones de millones, los efectivamente provistos fueron US$3.5 millones de millones y el costo total fue de US$1.6 millones de millones.

Con ellos se evitó una segunda Gran Depresión mundial, similar a la de los años treinta del siglo pasado. No obstante, fueron insuficientes para recuperar la economía y el empleo en forma plena. En 2008 la economía decreció 0.3% y en 2009 3.1%, en 2010 se recuperó 2.4% y en 2011, 1.8%; según la OECD en 2012 crecería 2%, según el FMI 2.1%. A su vez, en septiembre 2009 la tasa de desempleo llegó a 10% de la fuerza laboral y aunque más adelante se redujo a un dígito, se mantiene aún en una tasa superior a 8%; en agosto 2012 fue de 8.1%.

Los estímulos fiscales fueron insuficientes porque los republicanos se opusieron a su extensión. Lograron bloquearlos al controlar la Cámara de Representantes a partir de 2011. Parecían dispuestos a paralizar la economía y así alimentar el desempleo y el descontento social a fin de evitar la reelección de Obama. Argumentaban que la deuda pública había llegado a un nivel insostenible, superior al 100% del PIB.

Olvidaron que al final de la Segunda Guerra Mundial la deuda del gobierno federal, con la que se financió el esfuerzo de guerra y se acabó la Gran Depresión luego de 15 años, era equivalente a 121.96% del PIB; en 1941 había sido 45.41%. Durante los siguientes 35 años, en su mayoría de gobiernos demócratas, la deuda se redujo sistemáticamente y al final del gobierno del Presidente Carter en 1980 era equivalente a 32.6% del PIB.

Olvidaron también que fueron los siguientes gobiernos republicanos los responsables de aumentar la deuda pública. En 1988 al final del gobierno Reagan equivalía a 51% del PIB, y al final del gobierno Bush padre en 1992 era equivalente a 62.1%; la reducción de impuestos a los ricos y el aumento del gasto militar fueron los principales responsables. Al final de su mandato en 2000, el presidente Clinton, demócrata, la redujo a 56.56%, y el presidente Bush hijo la elevó nuevamente hasta 69.5% en 2008. La Gran Recesión y los esfuerzos fiscales por contrarrestarla hicieron que durante el Gobierno Obama aumentara a 85.2% en 2009, llegando a 105.32% en 2012.

De tal modo, sin instrumentos fiscales, quien está tratando de recuperar la economía estadounidense es la FED, con una política monetaria sumamente expansiva. Para el efecto, mantiene su tasa de referencia en cero por ciento desde diciembre del 2008 y ha anunciado que la mantendrá en ese nivel hasta el 2015. Así mismo, con la oposición beligerante de los republicanos ha desarrollado tres rondas de flexibilizaciones cuantitativas (Quantitative Easing), es decir compras de títulos respaldados por hipotecas y títulos del Tesoro, y una operación de sustitución de títulos de corto plazo por títulos de largo plazo. La tercera ronda, anunciada en septiembre 2012, es por US$ 40 mil millones mensuales “hasta que mejore sustancialmente la situación de desempleo”.

En ese contexto, los estadounidenses elegirán entre Barak Obama, quien los salvó de una segunda Gran Depresión y promete insistir en los estímulos fiscales y monetarios y reducir el déficit fiscal en el mediano plazo, y el republicano Mitt Romney quien promete eliminar la reforma financiera y la de salud universal aprobadas por Obama, y reducir de inmediato el déficit fiscal. Para esto último promete reducir los impuestos a los ricos, aumentar el gasto y la presencia militar en el mundo, y reducir el gasto civil eliminando programas como Medicare, Medicaid y la Agencia Federal de Emergencias, la misma que resultó clave en la atención a la reciente catástrofe originada por el huracán “Sandy”.

Si el programa del candidato republicano suena familiar es porque corresponde a la típica plataforma republicana desde Reagan hasta Bush hijo, de quien nadie se quiere acordar. Se supone que con ello restablecería la confianza de inversionistas y empresarios, es decir una cuestión mágica que haría que destinaran más recursos a la inversión y por ello al empleo. No importa que nunca haya resultado, que su aplicación haya generado déficit y endeudamiento públicos mayúsculos en épocas de expansión económica, y que, en últimas, sea responsable de la Gran Recesión.

No deja de ser un debate entre más Estado para salvar a la economía de mercado, y menos Estado aunque ponga en trance de colapso a la misma, como ocurrió en el 2008-2009. Resulta increíble que a pesar de toda la evidencia económica acumulada a través de tantos años, en medio de una situación recesiva para la cual todos los manuales de economía recomiendan políticas expansivas, un candidato republicano con su tradicional plataforma económica dispute la elección en forma reñida según las encuestas. Si triunfa el mundo está advertido. Esperemos que gane la sensatez.

* Ph.D. Profesor, Pontificia Universidad Javeriana

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