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El único cara a cara entre Barack Obama y John McCain realizado con preguntas del público, que debía promover la espontaneidad y el debate, transcurrió con poca improvisación y mucho contenido económico.
Los dos candidatos se dedicaron, durante los 90 minutos, a contestar las preguntas de una decena de votantes indecisos sobre temas de gran interés interno, pero también densos para un debate de estas características. Así, los votantes les interrogaron sobre asuntos de consumo interno como la crisis económica, el paquete de rescate del Gobierno, la energía o la reforma de la cobertura sanitaria.
El hecho de que el moderador, el periodista Tom Brokaw, hiciera una selección previa de las preguntas quitó frescura y sorpresa al cuestionario, y obligó a los candidatos a recurrir a las propuestas electorales, repetidas una y otra vez a lo largo de la campaña.
Los dos trataron de conectar con los votantes presentes en el auditorio, pero de manera diferente. Obama extendía la mano constantemente mientras respondía las preguntas y se movía por todo el escenario; McCain prefirió hablar en un tono más íntimo, iniciando varias de sus respuestas con la coletilla “amigos míos”, que en varias ocasiones ya ha sido utilizada en tono jocoso por sus imitadores.
Sólo en contadas ocasiones surgió la confrontación entre los dos aspirantes a la Casa Blanca, como cuando salió a relucir sus presuntas vinculaciones con los gigantes hipotecarios rescatados, o cuando hablaron del recorte de gastos para salir de la crisis.
Así, Obama apostó por usar un “bisturí” para recortar los gastos de manera selectiva sin perjudicar a los programas sociales, y no un “hacha” como propone McCain. Tras una hora de debate muy centrados en los temas domésticos, el cara a cara cambió de tercio tras la preguntas de un votante sobre cómo va a afectarla la crisis económica a la capacidad de Estados Unidos de actuar como pacificador en el mundo. Luego abordaron el tema de la incursión en Irak en medio de acusaciones y cerraron con una cordial despedida.