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Desde el centro de la destrucción

Anderson Aguirre es un caleño que vive en Tokio hace 11 años. Después del tsunami, que la semana pasada afectó las costas del norte, emprendió un viaje de dos días con el único propósito de llevar comida y ayuda a los damnificados.

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En las carreteras, él y su camión son como un solo ser que devora kilómetros. Hace un poco más de una semana, el día en que la tierra tembló, ambos se abrían paso por entre las vías de Nagano. Las manos sobre el volante, los ojos fijos en el frente y hip hop tronando en los parlantes: para Anderson Aguirre los casi cuatro minutos que tardó el sismo no fueron más que el tiempo promedio que dura una canción de Nelly.

-Hola hermano, espera a que me detenga. Ya, ¿cómo estás?, ¿qué me dices?, y, ¿por qué asustado? Bueno, pero, ¿estás bien?, eso es lo más importante.

Su hermano Bryan Gálvez, con quien de niño jugaba en las calles de la República de Israel, en Cali, y visitaba el Cerro de las Tres Cruces, le acababa de informar que en Ibaraki, la carretera por la que transitaba se había roto de repente, sacudida por un terremoto que sacó los demonios del suelo.

Puso su pie de nuevo en el acelerador y al llegar al siguiente poblado subió el volumen del megáfono que carga sobre la capota para ofrecer sus servicios: “Recojo los electrodomésticos que desechan los hogares a lo largo del centro de Japón”. Luego se deshace de ellos en alguna trituradora o en algún basurero, o los vende en el mejor de los casos, si su estado lo permite.

Su camión, un Subaru Sambar fabricado a finales de los 90, es una buena máquina, hace un año pagó por ella cerca de 130.000 yenes, algo así como US$1.600. El camión es su hotel cuando los trayectos entre ciudades son demasiado largos y el sofá en el que se entera de las noticias a través del televisor de su teléfono celular, noticias que esa tarde mostraban la feroz llegada de un tsunami a la ciudad costera de Sendai.

Era lo más impresionante que Anderson Aguirre había visto desde que nació, hace 22 años, la peor tragedia de la que tuviera recuerdo en Japón, donde ha pasado los últimos 11 de su vida. De Cali se había ido pequeño, de la mano de su madre Luz Nelly Gálvez. Ahora su español está teñido de un leve acento japonés, algo normal tras pasar los días comunicándose con clientes y conversando con amigos. Su rutina es la misma desde hace tres años, cuando comenzó a trabajar en una empresa de la que después se independizaría.

Fue un impulso altruista o alguna sensación que le es imposible describir. Sendai lo llamaba a la distancia y él llamaba a su amigo Tagushi Kazumi para que lo acompañara en su viaje hacia la destrucción. Su plan fue diseñado de inmediato para ser ejecutado a partir de la tarde siguiente: esa misma noche regresaría a Tokio, descargaría los televisores de su camión en una bodega y luego lo atiborraría de comida, papel higiénico y pañales. En seguida pondría un nuevo disco de hip hop y emprendería el camino a Sendai.

No obstante, la gran ola y la emergencia en una central nuclear de Fukushima llenaron de prevención a la gente y vaciaron los supermercados. Además, la ruta usual para Sendai, que desde la capital bordea el mar, estaba inundada hacia el norte. No había un remedio diferente a dirigirse primero hacia el interior y las montañas, a la prefectrura de Nagano para cargar el camión, desde allí pasar a Niigata (más al interior) y luego a Yamagata, una región que da a la costa opuesta a Sendai, a la que se conecta a través de una gran carretera. Al final, un viaje que usualmente demanda cuatro horas, necesitó 14.

“En los primeros kilómetros de Sendai todo era normal, lo único diferente que vi fue que en los supermercados había filas de hasta 400 personas”, relata Aguirre, en un tono de voz muy pausado, mientras habla por teléfono a la vera de una de las calles de Nagano. Pero a medida que se acercaba al mar la realidad se hacía más cruda y carros comenzaban a aparecer sobre los trigales y en el suelo, casas destruidas. Llegó hasta donde los militares se lo permitieron, hasta una línea trazada por el agua a cinco kilómetros de la bahía. Sobre ese límite, hacia atrás, los primeros metros se veían como un basurero. Hacia la costa, era lo más parecido a un naufragio en tierra firme con escombros en todas partes.

Regresó en su camión a lo que quedaba de ciudad para buscar los albergues que resguardaban a quienes escaparon del tsunami. Descargó las cajas y en pequeñas dosis fue regalando felicidad. A Tokio regresó el miércoles y hasta ahora, a medida que trabaja, piensa en hacer un segundo viaje.

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