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De seguro, cuando vuelva a reducirse a menos de 120 el número de electores por razón de la edad —80 años—, se citará un nuevo Consistorio que incrementará la posibilidad de la escogencia de un papa italiano. Colombia tendrá cardenal en la persona del arzobispo de Bogotá Rubén Salazar no sólo por su importancia personal, sino también por la sede que reviste y porque en este mes de septiembre cesa el derecho al voto del cardenal Pedro Rubiano al cumplir 80 años de vida.
El primero en pensar en su sucesión es el mismo papa Ratzinger y como en toda estructura de poder es legítimo que quien lo detecta piense en su sucesor. Así lo hizo Juan Pablo II. Pero mientras en ese caso es un asunto de continuidad, en otros grupos está presente el deseo de cambiar hacia atrás o hacia delante.
Mucho se habla de una crisis interna de poder y se llega al malgusto de comenzar en vida a hablar de candidatos y a plantear aún la posibilidad de renuncia del papa. Se olvida que esta clase de personas recorren el camino hasta el final y que si hay una afirmación que rechazó el círculo más íntimo de Benedicto, al ser elegido, es el que fuese considerado un papa de transición.
Hay una cierta sonrisa respecto a las opiniones de muchos periodistas que se autodenominan vaticanistas, que actúan frente a la estructura pontificia como lo hacen ante la autoridad civil y demás gobiernos creando noticias para después ellos mismos desmentirlas.
No hay fisura entre Benedicto XVI y su cardenal secretario de Estado, Bertone. En muchos puntos ellos aplican aquel principio de marchar separados y golpear juntos. Ellos son un equipo de trabajo difícilmente separable que viene de lejos y bien harían en recordar que fuera de ser secretario de Estado, el cardenal Bertone es igualmente el Camarlengo (quien se ocupa de los asuntos referentes a la Iglesia en tanto se nombre sucesor), lo cual crea unas fidelidades que es casi imposible que sean abandonadas.
Bien puede decirse apenas hoy que el equipo de gobierno de Ratzinger finalmente quedó conformado. Bien se sabe que ha tenido grandes muestras de delicadeza con algunos cardenales de la época de Juan Pablo que permanecen aún en la administración, pero se sabe que a su lado ha colocado gente de la propia que le garantizan el control permanente.
El caso de los heraldos de la muerte
En el preámbulo de esta gira latinoamericana se dio el escándalo de los “heraldos de la muerte”, al decir propiciado de nuevo por el cardenal Darío Castrillón cuando se habló de una carta o de una nota enviada por él, donde se daba la noticia del posible atentado que pondría fin a la vida de Benedicto XVI en el plazo de 12 meses. Inmediatamente se recordó en Roma y en Europa la obra ‘En nombre de Dios’, en donde el escritor David Yallop arriesga la teoría de la muerte dada a Juan Pablo I, aquel papa que murió sólo 33 días después de ser elegido. Son muchas las consejas sobre esta comunicación del jubilado cardenal colombiano, porque no se conoce el texto real, pero sí las expresiones del vocero pontificio Lombardi y las aclaraciones que desmienten algunos aspectos de lo que se dice contener en esa nota por parte del cardenal de Palermo (Sicilia), Paolo Romeo, sobre las razones de su viaje a China y acerca de sus interlocutores allí, que no dejan lugar a duda sobre viejas rencillas personales por una parte, y por otra que alguien sintió que el otro estaba pisando terrenos de acción que el otro tenía como propios. Son muchas las interpretaciones que se dan acerca de que esta nota estuviera escrita por Castrillón —por venir en alemán—, pero los que conocen de lenguas aprecian que el nivel de manejo de ese idioma por parte del cardenal no es tan bueno y que es otra mano la que está detrás de él. Todo esto ha contribuido a agravar el clima interno de la curia y a despertar en el papa la necesidad de seguir transformando el sector dirigencial de la Iglesia con nuevos nombramientos que desplacen a los anteriores, que han sido valorados como poco aptos para reconducir la Iglesia por nuevos caminos.