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El adiós en las Malvinas

Después de 27 años del fin de la Guerra de las Malvinas, los familiares de los caídos en acción del ejército argentino pudieron visitar el lugar donde descansan los restos de sus seres queridos.

04 de octubre de 2009 – 04:00 p. m.

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La familia de Cristian Ferreyra nunca le ocultó la verdad sobre el paradero de su padre. En 1982, cuando apenas tenía cinco años, supo que Gerardo, el soldado que combatía las tropas británicas en las Malvinas a nombre del pueblo argentino, había desaparecido en las gélidas aguas del Atlántico Sur.

El cuerpo de su padre corrió la misma suerte de los 323 hombres que ese 2 de mayo, hace 27 años, viajaban en el crucero Coronel Belgrano: fueron tragados por el mar después de que un submarino de bandera inglesa disparara dos torpedos contra uno de los buques insignia de la armada austral.

El recuerdo del cabo Gerardo Ferreyra se inmortalizó desde entonces en la memoria de su hijo, quien el fin de semana pasado, ya con 33 años, formó parte de un grupo de 107 familiares de caídos en acción que cruzó en avión la frontera, aterrizó en Puerto Darwin (en las Malvinas) y por primera vez visitó el cementerio donde reposan los restos de otros 237 soldados.

Allí los familiares asistieron a la misa de conmemoración celebrada por el sacerdote argentino Sebastián Combin, en conjunto con su colega Peter Norris, de la parroquia local. Tras una hora de servicio religioso, los visitantes se separaron del grupo para posar ofrendas florales acompañadas de lágrimas en las cruces de madera, muchas grabadas con la leyenda “Un soldado argentino sólo conocido por Dios”.

 No muy lejos de allí se encontraba Cristian, quien lloraba solo frente al monumento de mármol donde, de ahora en adelante, descansarán en orden alfabético los nombres de las 649 víctimas argentinas del conflicto armado. “Estar acá me acerca a mi viejo. No tenía nada, ni el cuerpo”, le dijo acariciando la inscripción de su padre al corresponsal del diario bonaerense La Nación.

Después de siete horas en un territorio reclamado por dos naciones, los familiares abandonaron el cementerio. Recorrieron el mismo camino que sus seres queridos hace casi tres décadas, sólo que ahora lo hacían acompañados de la marcha fúnebre interpretada por una trompeta.

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