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La guerra en Siria, que se aproxima a su quinto año, dio un giro con la implicación de Rusia, aliada histórica de Siria y firme defensora del presidente Bashar al-Asad. La intervención del presidente ruso, Vladimir Putin, en un conflicto que ha cobrado la vida de casi 240.000 víctimas y ha obligado a huir a cuatro millones de sirios, ha destapado un juego político en el que participan, además, Occidente y varios países árabes.
El conflicto, que puso a prueba la resistencia del régimen de Al-Asad y la efectividad de la comunidad internacional, también evidenció el avance de un enemigo de mil cabezas: el Estado Islámico (EI) o Daesh. Estos elementos atomizaron una guerra interna que deja en el campo de batalla, y el diplomático, dos opciones: combatir al presidente Bashar el Asad o al Estado Islámico (Daesh), que controla buena parte de Siria e Irak. Con estos objetivos, dos coaliciones se disputan hoy la solución de la guerra. La liderada por EE.UU. y Francia busca la solución de la guerra pero a través de la salida de Al-Asad del poder. La segunda, y que lleva hasta ahora la ventaja, la lideran Rusia e Irán y pasa por la defensa de un régimen sangriento y represor. Influencia regional, intereses petroleros, entre otros, son ingredientes de este ajedrez geopolítico.
EE. UU., en un dilema moral
Washington se ha visto forzado a cambiar su política frente al conflicto sirio, y el presidente, Barack Obama, obligado a incumplir sus promesas de no intervención. Desde el comienzo de la crisis en 2011, el gobierno estadounidense condenó las represalias que tomaba Bashar al-Asad para silenciar las protestas de la población civil y advertía sobre la infiltración de células terroristas en la oposición, pero no impulsaba una intervención armada directa o indirecta.
Con los ataques realizados por el ejército sirio con armas químicas contra la población civil en 2013, Obama advirtió que se estaban cruzando las “líneas rojas” y que sería necesaria una intervención contra Al-asad y en defensa de la población siria. Para entonces la habilidad del presidente ruso, Vladimir Putin, impidió dicha intervención al comenzar una operación pacífica para destruir el arsenal químico de Damasco. En todo caso, desde 2014, Washington empezó a proveer asistencia a la oposición moderada siria que busca derrocar a Bashar al-Asad y combatir al Estado Islámico. Pretendía entrenar a cerca de 5.400 rebeldes este año y otros 15.000 durante los próximos tres, con US$500 millones de presupuesto. El viernes, el gobierno estadounidense anunció que detuvo dicho programa de asistencia a los rebeldes sirios, y en cambio se dedicará a entrenar a líderes de grupos rebeldes árabes y kurdos que ya están luchando contra el EI en Siria. El entrenamiento, hasta ahora, no habría dado los resultados necesarios.
Con ese objeto en mente, Estados Unidos se convirtió en 2014 en el líder de la coalición de 40 países que prestan ayuda militar y lanzan bombardeos sobre zonas bajo el control del Estado Islámico. Más de 7.000 bombardeos se han llevado a cabo en año y medio de campaña y, de acuerdo con cifras de la organización Airwars, cerca de 15.000 integrantes del ejército yihadista han sido eliminados. A pesar de que Estados Unidos se ha negado a entrar por tierra a Siria después de la mala experiencia en Irak y Afganistán, su apoyo al ejército kurdo ha sido esencial para el combate en el norte del país.
Sin embargo, poco a poco, su situación diplomática se ha hecho más frágil. Su intervención en Siria en contra del Estado Islámico significa, al mismo tiempo, la defensa del régimen de Bashar al Asad aunque ese sea su último deseo. En ese sentido, se ve comprometido ante Europa y se ve forzado a tener a Rusia como aliado esencial. En las últimas semanas, la reacción de Estados Unidos hacia las acciones rusas en Siria (por mar y aire) ha sido de desacuerdo pero, sobre todo, de alivio: el peso diplomático de la solución en contra del Estado Islámico ya no está cargado del todo sobre sus hombros.
Una de las principales críticas hacia Rusia ha sido la de que su entrada en el conflicto “inflamará” la guerra y “prolongará el sufrimiento de los sirios”, según declaraciones del secretario de Defensa de Estados Unidos, Ashton Carter. Hasta ahora ambos países no se han puesto de acuerdo en la creación de un plan conjunto de ataque en Siria. Sus respectivas coaliciones parecen, hasta ahora, inconciliables.
Rusia, un aliado tradicional
La familia del presidente Bashar al-Asad ha sido un aliado tradicional de los rusos en términos militares y comerciales, desde tiempos de la Unión Soviética. Siria representa una zona estratégica desde donde Rusia puede proyectar su influencia en Oriente Medio y hacer contrapeso a Estados Unidos en esta región.
En la costa mediterránea siria, en el puerto de Tartus, Rusia tiene la única instalación naval que le queda en el extranjero desde la disolución de la Unión Soviética. Tartus está ubicado en una zona geoestratégica, porque tiene salida al mar Mediterráneo y porque permite la movilidad de la flota naval rusa, que carece de aguas calientes para permanecer activa durante todo el año. Además, esta es una zona clave para el tránsito de recursos energéticos desde Oriente Medio hacia Europa. Ruta también apetecida por Estados Unidos, que busca vías alternas al estrecho de Ormuz para movilizar el petróleo que saca desde el Golfo Pérsico.
Desde el comienzo de la crisis en Siria en 2011, Rusia se ha pronunciado en contra de cualquier injerencia extranjera en el territorio sirio y ha defendido al gobierno de Bashar al-Asad como la autoridad legítima en ese país. En el Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia ha vetado resoluciones impulsadas por Estados Unidos para condenar a Bashar al-Asad por presuntos crímenes de guerra y ha anunciado que vetaría cualquier intento de intervención armada. En 2013, cuando Washington amenazaba con atacar al gobierno de Al-asad por usar armas químicas en contra de civiles, Putin logró que su aliado, el presidente sirio, aceptara su propuesta para destruir el arsenal químico sirio bajo una operación internacional pacífica. Así protegió a su aliado y evitó la intervención estadounidense.
Además, durante el transcurso del conflicto sirio, Rusia habría proveído financiación y apoyo indirecto al régimen de Damasco, fortaleciendo sus millonarios lazos comerciales en materia de venta de armas.
Pero sólo el 30 de septiembre comenzó la operación directa de las fuerzas armadas rusas, a petición del gobierno de Bashar al-Asad y con el propósito de atacar posiciones claves de la organización Estado Islámico (EI), apoyar a las fuerzas oficiales y proteger las regiones controladas por el gobierno sirio. Durante los primeros días los ataques los realizó la fuerza aérea rusa. Luego los buques de guerra rusos bombardearon posiciones del EI desde el mar Caspio.
Irán, el hermano de Damasco
El gobierno de Siria pertenece a la minoritaria etnia alauita, que es muy cercana en su doctrina y prácticas al islam chiita, mientras la oposición siria pertenece en su mayoría al islam suní. Estas condiciones religiosas y culturales hacen que el gobierno de Damasco sea muy cercano a Irán, la potencia chiita. Durante la guerra entre Irak e Irán, el país persa reconoció a Siria como su único aliado en el mundo árabe. Para Irán, la caída de Bashar al-Asad y la llegada de un gobierno suní al poder significaría perder un área de influencia muy importante, desde la cual puede ejercer presión contra su enemigo por excelencia en Oriente Medio: Israel. Además perdería un aliado clave para el transporte de insumos con los que Irán apoya a Hizbolá, la milicia chiita que controla el sur del Líbano, en plena frontera con Israel. Durante el conflicto, Irán ha enviado uniformados para apoyar las fuerzas sirias y ha proveído financiamiento y armamento con este fin.
El interés saudí
La monarquía saudí y las potencias del Golfo, pertenecientes al islam suní, mantienen un enfrentamiento sectario regional con Irán, el país chií. Esta división entre dos facciones del islam se remonta en la historia, pero en los últimos años, con el estallido de la Primavera Árabe, ambos han competido por implementar gobiernos que sean favorables a su doctrina. Siria es un escenario donde se exacerba esta competencia. Mientras Damasco es un aliado tradicional de los iraníes, los saudíes son grandes aliados de EE. UU. Además, individuos y organizaciones privadas saudíes han sido acusadas de entregar millonarias donaciones que permitieron el fortalecimiento del Estado Islámico en Siria e Irak. La monarquía saudí ha sido acusada de no hacer lo suficiente para eliminar esos canales de financiamiento al grupo terrorista.
Turquía, sede del ELS
Desde el comienzo de la crisis en Siria, Turquía apoya a la oposición. La caída de Bashar al-Asad le significaría ampliar su esfera de influencia en Oriente Medio. Turquía ha servido como sede del opositor Ejército Libre Sirio (ELS), conformado en su mayoría por militares desertores del ejército oficial sirio. Al mismo tiempo, Turquía es uno de los principales países de acogida de refugiados sirios. Sin embargo, la posición turca fue relativamente pasiva hasta julio de 2015, cuando el Ejército turco atacó posiciones del Estado Islámico (EI) en suelo sirio. Así, Turquía se convirtió en un actor más contra la amenaza terrorista. Recientemente, el gobierno turco denunció la invasión de su espacio aéreo por parte de la aviación rusa, por lo que la OTAN ha salido ha manifestar su respaldo hacia Ankara.