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El ébola contra el Estado

Aceptamos el colapso mientras las epidemias y muertes se dan en lugares tan alejados como Liberia, Sierra Leona, Guinea y Nigeria.

18 de octubre de 2014 – 09:00 p. m.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca para hablar de las medidas de su gobierno para buscar una respuesta al ébola. / EFE
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca para hablar de las medidas de su gobierno para buscar una respuesta al ébola. / EFE

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El virus ébola, que se propaga por Liberia, Sierra Leona, Guinea y Nigeria, con el contagio de ciudadanos de Estados Unidos y España, arroja imágenes muy negativas de los actores internacionales, pero sobre todo de esa entidad, que es el Estado-Nación.

Por un lado están los casos de los países africanos en los que, con excepciones, los Estados sólo son débiles cáscaras vacías inventadas por el colonialismo europeo en el siglo XIX. La descolonización de mediados del siglo XX nada arregló, al no transformar las fronteras para acoger a aquellos que quisieran estar dentro de ellas. Exacerbó desajustes, rivalidades y luchas. El resultado se manifestó en Ruanda, donde hutus y tutsis estaban obligados a convivir a su pesar. Y se manifiesta en Somalia, donde el Estado sigue siendo un sueño de Europa, Estados Unidos o Naciones Unidas, pero que se convierte en pesadilla para los que allí viven.

Son dos niveles del fracaso estatal: el nacional, por el que si un Estado renuncia o es incapaz de proteger a sus ciudadanos, renuncia al contrato que justifica su propia existencia. El Estado o cumple unas funciones o desaparece. Es una construcción humana que si no sirve, nos obliga a pensar otras formas de organización sociopolítica para la convivencia con capacidad de responder a los problemas de los que quieran formar parte de esa comunidad política. La existencia del Estado es un contrato, con compromisos recíprocos, al que las partes deben someterse de manera libre y voluntaria (reflexión que perfectamente es aplicable a otras cuestiones de actualidad, como el referendo en Escocia y la situación de Cataluña).

El segundo nivel del fracaso estatal es el internacional, cuando la comunidad internacional acepta que hay estructuras, supuestamente estatales, que no son más que ficción. Espacios vacíos de poder donde todo puede pasar. Y, de hecho, pasa. Colapsos cotidianos que aceptamos de buen grado, mientras las epidemias y muertes se dan en lugares tan alejados como Liberia, Sierra Leona, Guinea y Nigeria.

Luego nos extraña que esos países tengan como principal producto de exportación a emigrantes que, absurdamente, creemos no se arriesgarán a saltar el alambre de espinas que hemos puesto para mantenerlos fuera. Así los Estados, bajo la apariencia de salvaguardar a sus ciudadanos, ocultan que también tienen la responsabilidad de proteger a todos aquellos que quedan en esos márgenes del mundo en los que ningún gobierno responde por ellos. En esos espacios donde nadie está dispuesto a intervenir.

El Estado no es la estructura que debe protegernos de las minorías, de los débiles o de los afectados por una enfermedad mortal. Es la estructura que debe protegernos cuando nosotros somos las minorías, los débiles o los afectados por una enfermedad mortal. La responsabilidad de proteger no es la máscara cínica del interés de las grandes potencias. Debe ser el instrumento internacional que garantice que, cuando nuestro propio Estado se derrumbe o se vuelva contra nosotros, no estaremos solos.

Además debe cumplir una serie de funciones, ante sus nacionales y como miembro de la sociedad internacional, o debe dejar de ser. Pero si éstos han fallado, como unidades y como conjunto, la sociedad civil global ha vuelto a mostrarse como una aspiración llena de nada, tan incapaz como los Estados. Mientras la solidaridad se quede en las redes sociales no supondrá acción alguna. Un hashtag no resuelve nada a los más de 2.000 muertos entre más de 4.000 casos registrados de ébola en Liberia, Sierra Leona, Guinea, Nigeria, España o Estados Unidos.

* Profesor de la U. Santo Tomás.

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