Publicidad

¿El inicio del likimundo?

Al contrario de lo sucedido con los papeles del Pentágono en 1971, Wikileaks es un nuevo elemento en las relaciones internacionales, que se sentirá con más fuerza este año.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

El impacto de Wikileaks sobre la política internacional empezará a sentirse con más fuerza en 2011. Un mundo donde es difícil mantener los secretos y donde los gobiernos tendrán mayor conciencia de que sus actos son vigilados irá modificando las pautas tradicionales de la diplomacia y del comportamiento de quienes actúan en los escenarios internacionales. No será un cambio repentino, sino paulatino. Si pensamos con optimismo, en el likimundo los gobiernos, y sus agentes, serán más cautos, procurarán ser coherentes entre lo que dicen en público y lo que negocian en privado y tendrán más respeto por los ciudadanos no tanto como producto de sus convicciones como por temor a ser descubiertos.

El mayor logro de Wikileaks fue desnudar la realidad de las acciones diplomáticas y quitar el velo sobre la hipocresía con que en general se conducen los asuntos internacionales. Este es el primer paso para conseguir que exista un verdadero control sobre una esfera pública que pese a la globalización todavía resulta ajena para los ciudadanos. Mientras casi todos los ámbitos de acción del Estado se han democratizado y están sometidos al escrutinio de otros poderes y de los propios ciudadanos, tal como lo muestra la historia de Occidente, la conducta internacional sigue sujeta a parámetros de opacidad y secretismo propios de aquellos momentos en que los gobernantes eran los soberanos y los ciudadanos apenas súbditos.

Las revelaciones de Wikileaks develan que en la conducción de las relaciones entre Estados predominan todavía la mentira, la hipocresía, la manipulación y el ocultamiento. Desde los países árabes solicitando a Estados Unidos ser más agresivos frente a las pretensiones nucleares de Irán, pasando por la soberbia de los diplomáticos estadounidenses al usar adjetivos despectivos sobre otros jefes de Estado, llegando hasta el presidente Uribe promoviendo el uso de bases militares con la intención de enviar mensajes disuasivos a Chávez. Nada de esto fue público ni sujeto de controversia política pese a que las repercusiones de algunas de esas acciones tendrían efectos catastróficos.

Ante las revelaciones, la primera reacción ha sido desprestigiar al mensajero y criticar la filtración. El resultado ha sido el aumento de la popularidad y la relevancia tanto de Wikileaks como de su cabeza visible, Julian Assange. El nuevo año debe dar paso a una reflexión más sopesada que reconozca que el problema es la forma como se conduce la diplomacia y no las filtraciones. Lo grave son los hechos, no que se sepan. Si ha de surgir una nueva diplomacia, debe reconocer que los secretos deben ser la excepción y no la regla, tal como ocurre en la conducción de los asuntos internos y como suele ser la norma de conducta para todas las democracias.

La creencia de que los ciudadanos no deben conocer los asuntos internacionales porque son demasiado complejos recuerda las oposiciones iniciales a los avances democráticos con el argumento de que los pobres nunca entenderían los asuntos de Estado. Sin embargo, la historia de las democracias muestra que no sólo son capaces de deliberar y tomar las mejores decisiones sino que no existen esferas vedadas ni campos reservados para la discusión en las sociedades abiertas.

El pequeño hermano te vigila

Las lecciones de Wikileaks no atañen exclusivamente a Estados Unidos ni son ellos los únicos afectados, sus efectos se extienden a gobiernos, organizaciones e incluso empresas multinacionales. En contravía de las admoniciones de George Orwell, cuando hablaba de aquel Gran Hermano que nos vigilaba a todos, ahora el pequeño hermano también cuenta con los instrumentos para controlar. No sólo se trata de esta filtración monumental de información, sino del acecho de cámaras en los teléfonos dispuestas a grabar cada vez que un funcionario abusa de su autoridad, notas de voz en los celulares captando la solicitud de sobornos, y sucesivamente, ciudadanos que vigilan y denuncian los abusos del poder con la ayuda de pequeños y cada vez más comunes artefactos electrónicos. Ya no se trata de héroes solitarios, como Daniel Ellsberg fotocopiando durante casi un año 7.000 hojas para ayudar a divulgar los documentos del Pentágono, sino de accesorios que se empalman con redes de ciudadanos intercomunicados, informándose por fuera de las redes comerciales y poniendo contra la pared a las autoridades. Este es el likimundo al que tendrán que adaptarse los gobiernos.

Wikileaks es un resultado inevitable de la globalización y de los avances tecnológicos. Por eso, contrario a lo sucedido con los papeles del Pentágono en 1971, no se tratará de un acontecimiento aislado, sino de un nuevo elemento en las relaciones internacionales. Intentar aumentar los controles y el flujo de la información no resuelve el problema porque siempre existirán los riesgos. Mejor será aprender a discutir y explicar los motivos reales de la conducta internacional, tal como sucedió en el pasado con otras esferas que eran consideradas vedadas al escrutinio público.

 * Consultor político. Profesor de relaciones internacionales

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido