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A Sara Allen la fueron a visitar una tarde a la escuela donde daba clases a más de 50 caballeros vestidos de blanco impecable, cruces que bajaban de sus cuellos, manos limpias y ojos mansos. Le pidieron de la forma más amable que se fuera por su propio bien, que dejara de enseñar, que los blancos y los negros ni eran iguales ni lo serían jamás. Al final de la invitación-monólogo le aclararon que ellos formaban parte del Ku Klux Klan, por convicción y por herencia, y que en nombre de sus antecesores harían hasta lo imposible por preservar los derechos de los blancos y demócratas de la nación. Quince días después de su visita de marzo de 1915, aquellos mismos hombres viajaron hacia Los Ángeles para asistir al estreno de la película El nacimiento de una nación, del director Dwight W. Griffith. El filme terminó por marcar un antes y un después en la historia de los odios racistas de los Estados Unidos, y a través de sus imágenes de negros violadores y blancos puros, del cartel de exhibición en el que mostraba a un caballero de capa y cruz montado sobre un opulento caballo blanco, y de una frase de promoción del propio presidente de aquel entonces, Woodrow Wilson, potenció una segregación y a un grupo, el KKK, que se habían ido diluyendo con el paso del tiempo.
Al final de la proyección los militantes del Klan dispararon contra la pantalla y al aire en señal de aprobación, y lanzaron vivas al presidente Wilson, a los blancos y al futuro de la nación, y “mueran” a los negros, delincuentes, y en menor medida, a los republicanos. Más tarde empapelaron las calles de la ciudad con panfletos que contaban que el KKK había nacido después de la Guerra de Secesión de Estados Unidos, el 24 de diciembre de 1865. Que lo habían creado seis veteranos de clase media, molestos con la situación en su pueblo, Pulaski, Tennessee, en los años de la posguerra. El nombre del Klan se compuso con la fusión del griego kuklos (círculo). Los fundadores decidieron escribir clan con K para darle más notoriedad a la organización.
En un comienzo tenían tintes de humor y se dedicaban a realizar bromas y rituales en las que las víctimas eran humilladas. Hacían excursiones nocturnas por el pueblo de Pulaski disfrazados con sábanas y máscaras, fingiendo ser fantasmas que asustaban a la población. Al enfrentar el período de Reconstrucción de los Estados Unidos después de la guerra civil, el KKK endureció sus actividades y se dedicó a oprimir a las minorías y a los recién liberados esclavos. Repudiaba al Partido Republicano y algunos historiadores lo catalogaron como el primer grupo paramilitar de la historia.
Los panfletos de Los Ángeles omitían que eran una caótica multitud de grupos antinegros, de trabajadores resentidos, bandas guerrilleras, políticos demócratas desplazados, destiladores ilegales de whisky, jóvenes aburridos, sádicos, violadores, trabajadores blancos con miedo de la competencia negra, patrones tratando de aplicar una política laboral rígida, ladrones y algunos republicanos blancos que tenían intenciones criminales particulares. Al final, según la historiadora Elaine Frantz Parsons, sólo se conjugaban en la blancura de sus pieles y en que se autoproclamaban “miembros del Klan”, pero se extinguieron, por lo menos en los documentos.
En la sangre, en los recuerdos, en el odio y la venganza seguían vivos. A fin de cuentas, habían surgido como respuesta al miedo de que los negros se rebelaran, y a las heridas de la guerra. Y en su andar habían sembrado los pueblos de muerte y rencores que provocaron otros odios y rencores. Los Estados Unidos de finales del siglo XIX eran un oscuro campo regado de cadáveres e impunidad. El KKK asesinaba sin contemplaciones. Las familias de sus víctimas se desquitaban donde y con quien podían, a veces en grupos organizados de veteranos que habían luchado en la Guerra de Secesión (1861-1865), a veces con improvisados ejércitos de palos y piedras.
Unos se unieron más allá de las armas para formar distintas divisiones, cuyo único objetivo era eliminar a los Ku Klux, y entre guerrillas, emboscadas y argumentos legales los fueron aniquilando hasta borrarlos por completo, primero de Alabama y luego del resto de la nación. Los otros jamás perdonaron. Provocaban a cuanto blanco o demócrata veían y transmitían los viejos odios a sus hijos y nietos.
Recuerdos de mujeres violadas, niños quemados, ancianos linchados. Ya muchos estados del sur habían establecido legislaciones anti-Klan que fueron el modelo para que Benjamin Franklin redactara una ley nacional que sería conocida como el Acta Ku Klux Klan, firmada en 1871 por el presidente U. Grant. Las tropas federales debían ejercer la fuerza pública en lugar de las estatales y los miembros del Klan debían ser procesados legalmente en una corte federal, en vez de las cortes locales y estatales. Cientos de miembros del Klan fueron encarcelados o multados, rumbo al final. Sin embargo, el germen de tanta destrucción no podía ser liquidado.
El domingo de Pascua de 1873, Colfax, un tranquilo pueblo de Louisiana, vivió una de las jornadas más violentas de la historia americana por obra de una protesta de negros y una respuesta de blancos que dejó un reguero de 280 muertos. Luego de los funerales y de una supuesta paz llegaron épocas de rencores congelados que explotaron con la película de Griffith. El Klan sumó y sumó adeptos, hasta el punto de que tuvo que practicar pruebas para los millares de candidatos que se presentaban por todos los rincones de los Estados Unidos. A finales de los años 30 eran cuatro millones los hombres y mujeres que luchaban por “la democracia y el orden establecido”. Nadie olvidaba. Tampoco los olvidarían a ellos. Sus nexos nazis, sus ideas totalitarias, sus arbitrariedades, terminaron por condenarlos. En los 60 apenas se contaban por miles. A finales de los 90 no superaban los dos mil. Aún así, siguieron infundiendo miedo por sus humillaciones y actos sanguinarios, pero también porque en los Estados Unidos nadie perdonó los antiguos y cruentos odios.
Las proclamas originales del KKK
Primero: proteger al débil, al inocente y al indefenso de las indignidades y ofensas por parte de los violentos y brutales proscritos de la ley.
Segundo: proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos.
Tercero: ayudar y auxiliar en la ejecución de todas las leyes constitucionales, protegiendo a la gente de detenciones ilegales y de juicios que no sean por sus pares y de conformidad con las leyes del territorio.
El entretenimiento abre paso a los negros
Un senador negro aspira a ser el inquilino de la Casa Blanca y el agente Jack Bauer, un típico norteamericano, alto, bien parecido, de pelo rubio y buen físico, es el encargado de su seguridad y de contrarrestar los planes de una conspiración para asesinarlo.
No es el caso de Barack Obama, a quien días atrás le salió un complot en su contra, pero con pocas posibilidades de ejecutarse. Es la serie 24, de la cadena FOX, un exitoso programa que puso a pensar en serio a los estadounidenses sobre la posibilidad de un presidente negro desde 2001.
Desde ese año, teóricos de la comunicación y la publicidad, como Rafael Pérez, comenzaron a hablar de una intención de “alguien” para acostumbrar desde el entretenimiento al país a ver un negro como presidente. Los casos mencionados por los teóricos recuerdan a Morgan Freeman, quien ha tenido el papel de presidente y hasta de Dios.