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El monasterio sirio de Santiago el Mutilado hace equilibrios para sobrevivir en un conflicto donde «la religión se ha instrumentalizado con fines militares y políticos», denuncia su madre superiora, Agnès-Mariam de la Cruz.
Esta mujer, de origen palestino-libanés, lleva desde junio de 2012 sin poder pisar el monasterio por los combates, lo que no le ha impedido trabajar en favor de la reconciliación, una labor por la que ha sido propuesta para el premio Nobel de la Paz.
Actualmente en el monasterio están atrapados once monjas y monjes de ocho nacionalidades, junto a una cincuentena de refugiados, en uno de los más de 300 frentes de batalla en el territorio sirio.
La madre Agnès-Mariam recibe a Efe en un piso en la población de Adonis, en la periferia de Beirut, donde convive con otras monjas cuando viene al Líbano, aunque viaja constantemente a Siria.
Tras su reconstrucción en 2000, los religiosos se trasladaron a este monasterio del siglo VI, ubicado en Al Qara, a unos 90 kilómetros al norte de Damasco, donde se dedicaban a la vida contemplativa, la agricultura y la restauración de iconos religiosos y manuscritos.
Sin embargo, con el comienzo del conflicto en marzo de 2011 su vida cambió. «Ahora están más recluidos que nunca, no pueden salir, yo no puedo ir allá, estamos justo en la línea del frente», lamenta la monja.
El monasterio se encuentra en la estratégica región de Al Qalamún, por donde pasa la carretera que une Damasco con los feudos gubernamentales en la costa y donde el Ejército inició una ofensiva para expulsar a los rebeldes en noviembre.
«Antes estábamos protegidos por el Ejército Libre Sirio (ELS), que tenía un delegado permanente en el monasterio», recuerda la madre superiora, que subraya que el ELS trató hasta el final de no abrir la batalla en el lugar, hasta que fue expulsado por el Frente al Nusra, vinculado a Al Qaeda.
En la actualidad, está bajo control del Ejército después de que los soldados echaran a los yihadistas, que se replegaron hacia el norte.
Los religiosos consiguen agua de un pozo y para lograr comida dependen de quienes les protejan. «Antes eran los opositores y ahora el Ejército», sostiene.
En opinión de la monja, en Siria no hay «una verdadera persecución religiosa contra los cristianos, pero la religión se usa con fines militares y políticos».
Experta iconógrafa, esta mujer cree que «el patrimonio de Siria ha sido verdaderamente destrozado». «Uno se pregunta por qué al invadir las regiones para liberarlas se las libera de sus habitantes y luego se transforman los centros históricos en zonas de combate», apunta.
«Alguien está detrás. No es solo una tropa de insurgentes, se trata de una guerra internacional», asegura la madre Agnès-Mariam, para quien ciertos países, que no quiere nombrar, han tomado como pretexto el deseo del pueblo sirio de «cambiar o reformar un sistema caduco para destruir Siria».
Lejos de influencias extranjeras, la religiosa está involucrada en las comisiones de reconciliación, «una iniciativa civil, apolítica y aconfesional, nacida a principios de 2012 tras un acuerdo entre un millar de jefes de tribus para no recurrir a la violencia y resolver las cuestiones mediante el diálogo».
Su actividad -agrega- consiste en «derribar muros y tender puentes» entre las partes.
Por esta labor ha sido propuesta para el Premio Nobel de la Paz 2014 por la activista norirlandesa Mairead Maguire, laureada con este galardón en 1976.
Sin embargo, su figura no ha estado exenta de polémica después de elaborar un informe en septiembre en el que sostenía que los vídeos sobre el ataque químico del 21 de agosto pasado en Guta Oriental, en Damasco, eran falsos.
Tras dicho ataque, dos familias de supervivientes en una masacre cometida días antes por el Frente al Nusra en Latakia, en la costa, llamaron a la religiosa para comunicarle que habían reconocido en las imágenes difundidas sobre Guta a varios niños secuestrados por los leales de Al Qaeda en sus aldeas.
«Eso fue para mí una motivación para seguir las trazas de esos niños, porque en ciertos vídeos estaban vivos, miré las grabaciones, porque yo soy iconógrafa y me di cuenta de que había cosas raras», asevera.
Después de ese supuesto descubrimiento, escribió un informe de 50 páginas que entregó a la Comisión Independiente de Investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y presentó a expertos estadounidenses.
Eso sí, aclara: «Nunca dije que no se hubiera producido ese ataque».