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El Acuerdo Sykes-Picot fue un tratado secreto que el Reino Unido y Francia firmaron hace más de un siglo. Muchos consideran que creó un legado de conflictos en Medio Oriente.
Cuando el secretario de Estado para Asuntos Exteriores del Reino Unido declaró la semana pasada que su gobierno reconocería el Estado de Palestina si Israel no aceptaba un alto al fuego con Hamás, dijo que los británicos lo hacían con la “mano de la historia sobre nuestros hombros”.
Su homólogo francés también invocó la historia para explicar por qué Francia había dado el mismo paso una semana antes. Dijo que los dirigentes franceses, desde Charles de Gaulle, habían pedido que se pusiera fin al conflicto palestino-israelí basándose en “el reconocimiento por cada uno de los Estados implicados de todos los demás”.
Ninguno de los dos mencionó el Acuerdo Sykes-Picot, el tratado secreto entre el Reino Unido y Francia de 1916, en virtud del cual las potencias coloniales europeas se repartieron los territorios levantinos del desmoronado Imperio otomano en esferas de control británico y francés. ¿Y por qué lo harían?
Los historiadores citan Sykes-Picot como un ejemplo perdurable de la arrogancia imperial occidental: un cínico ejercicio de trazado de fronteras que atravesó comunidades religiosas, étnicas y tribales en lo que hoy son Israel, Líbano, Siria y los territorios palestinos. Para muchos árabes, que lo consideran una gran traición, sembró un legado de luchas y derramamiento de sangre en el Oriente Próximo.
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La crisis en tiempo real que se desarrolla en Gaza— los niños hambrientos, las restricciones israelíes a la ayuda, los palestinos asesinados cuando intentan recoger alimentos— tuvo sin duda un mayor impacto en el primer ministro británico Keir Starmer y en el presidente francés Emmanuel Macron que las manchas del pasado. Sin embargo, sus trascendentales decisiones han arrojado luz sobre los oscuros papeles de ambos países en una región en la que antaño se disputaban la influencia.
“La historia es muy relevante”, dijo Eugene Rogan, profesor de Historia Moderna del Medio Oriente en la Universidad de Oxford. “Demuestra que siempre hay una oportunidad para que los actores históricos que se equivocaron en el pasado enmienden sus errores”.
Rogan elogió los avances hacia el reconocimiento por razones tanto pasadas como presentes. En su curso actual, dijo, Israel estaba abriendo la puerta a un trato impensable para los palestinos: la expulsión de Gaza o algo peor. Reconocer un Estado palestino hace un favor a Israel al abrir el camino a “una forma de cohabitación que sea sostenible”, dijo.
En su intervención ante las Naciones Unidas, el Secretario de Estado para Asuntos Exteriores del Reino Unido, David Lammy, citó otro documento centenario para argumentar que el reconocimiento repararía una injusticia histórica: la Declaración Balfour, emitida un año después de la firma de Sykes-Picot, que respaldaba “el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”. Tenía la salvedad de que “no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.
Tras 21 meses de incesantes ataques israelíes en Gaza, con el espectro de la hambruna en todo el enclave, Lammy dijo que el Reino Unido tenía la responsabilidad de actuar en nombre de su población, los palestinos, oprimida durante tanto tiempo.
“Su argumento es que ha llegado el momento de cumplir la segunda parte de esa promesa”, dijo Rogan, entre cuyos libros figura Los árabes: del imperio otomano a la actualidad. “En el momento de la Declaración Balfour”, añadió, “Reino Unido tenía un imperio mundial que, en 1917, no podía imaginar perder. David Lammy actúa en un Reino Unido poscolonial y post Unión Europea. Pero está utilizando la historia como factor legitimador”.
Lammy dijo que el Reino Unido podía estar orgulloso de haber “contribuido a sentar las bases de una patria para el pueblo judío”. Sin embargo, el motivo del país al respaldar lo que más tarde se convirtió en Israel era menos moral que estratégico, dijo Rogan. Buscaba una comunidad cliente en Palestina que impidiera que el territorio cayera en manos enemigas. Londres temía que el territorio pudiera utilizarse como plataforma de lanzamiento de ataques contra el canal de Suez, controlado entonces por el Reino Unido.
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Además, el Reino Unido dio marcha atrás en su postura pro sionista, pues le resultaba difícil conciliar un Estado judío con la preservación de las relaciones con el mundo árabe. En un documento posterior, el Libro Blanco de 1939, el Reino Unido propuso que la patria judía se creara dentro de un Estado palestino de mayoría árabe y que la inmigración judía a Palestina se limitara a 75.000 personas durante cinco años.
“Israel no se creó a causa de la Declaración Balfour; se creó a pesar de la Declaración Balfour”, dijo Michael Oren, historiador estadounidense de origen israelí que fue embajador de Israel en Washington y más tarde viceministro del gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu.
Oren argumentó que las decisiones del Reino Unido y Francia de reconocer un Estado no acelerarían el fin del conflicto de Gaza, sino que lo prolongarían. Al ofrecer ahora esta concesión a los palestinos, dijo, Occidente había dado a Hamás aún menos incentivos para aceptar un alto al fuego. Lo atribuyó a un intento de relevancia por parte de dos potencias poscoloniales.
“Se trata de antiguas potencias de Medio Oriente que quieren sentirse como tales”, dijo Oren, quien escribió Six Days of War: June 1967 and the Making of the Modern Middle East. “Tiene algo de patético”.
Otros argumentan que si estos movimientos no hubieran tenido impacto, no habrían provocado las furiosas reacciones que provocaron en Netanyahu y otros funcionarios israelíes. La incorporación del Reino Unido y Francia —además de Canadá y Malta, que dijeron la semana pasada que también respaldarían el reconocimiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre— significa que más de tres cuartas partes de los 193 Estados miembros de la ONU habrán reconocido un Estado palestino.
Francia tenía un interés menos directo en Palestina que el Reino Unido tras ceder sus pretensiones en el tratado Sykes-Picot. Pero su paso hacia el reconocimiento palestino representa otro giro fatídico en su relación con Israel.
De 1945 a 1967, Francia fue el mayor apoyo de Israel en Occidente. Parte de ello se debió a su desgarradora experiencia con la descolonización. En 1954, Francia se enfrentó a un levantamiento anticolonial en Argelia, donde los nacionalistas contaban con el apoyo del presidente nacionalista egipcio Gamal Abdel Nasser.
Francia, que veía a Israel como un baluarte contra Nasser, se acercó, suministrando al país aviones de combate Mirage y tecnología nuclear que se convirtió en la base de su programa no declarado de armas nucleares. Pero en 1967, días antes de que Israel lanzara un ataque militar contra Egipto, De Gaulle, entonces presidente de Francia, impuso un embargo de armas a Israel y desvió su mirada hacia los Estados árabes.
Gérard Araud, quien fue embajador de Francia en Israel de 2003 a 2006, dijo que esa ruptura proyectó una larga sombra. “Sentí que siempre había una sensación de ‘No te fíes de los franceses’”, recordó.
En cualquier caso, al apoyar a Israel en la guerra árabe-israelí de 1967, Estados Unidos había suplantado a Francia como su aliado número 1. A continuación, Francia se convirtió en el primer país occidental que estrechó lazos con la Organización para la Liberación de Palestina, que representa a los palestinos internacionalmente y está dirigida por el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás.
No obstante, la decisión de reconocer un Estado palestino conlleva un riesgo político significativo para Macron, dijo Araud. Francia tiene la mayor comunidad judía y la mayor comunidad musulmana de Europa Occidental. Se ha visto afectada por una serie de atentados terroristas islamistas.
Los historiadores dijeron que, al reconocer el Estado palestino, Francia y el Reino Unido harían bien en reconocer la disminución de su influencia sobre una región que una vez gobernaron. Este reconocimiento brilló por su ausencia durante décadas después de que los autores del Sykes-Picot repartieran el Medio Oriente, con consecuencias duraderas.
“Ninguno de los dos países comprendió que la era del colonialismo había terminado”, dijo Araud. “Se comportaron como si aún fueran todopoderosos. No es la página más gloriosa de la historia para ninguno de los dos países”.
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