Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuanto más enflaquecida se halla la posición de España en Europa —y está hoy en los puros huesos—, más importante es tener las mejores relaciones posibles con Latinoamérica. Desde un punto de vista económico, por supuesto, no en vano el 9% o más del PIB español se genera en el mundo de habla castellana, pero también en el ámbito de lo político. Y desde hace unos días existe un gobierno de la derecha en España, el PP que dirige Mariano Rajoy, que barrió en las urnas el pasado 20 de noviembre a los socialistas de José Luis Rodríguez Zapatero. En un país más profesionalizado que España, la alternancia en el poder no tendría mayor trascendencia, puesto que la política exterior debería ser de Estado y no de bandería partidista, pero la necesidad que tiene la derecha española de distanciarse de todo lo que pueda concebir la izquierda, y más aún si se trata de la del vituperado Zapatero, es tal que hay que esperar reajustes de alguna importancia en esa política.
La primera declaración del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, por más que esté muy históricamente justificada, puede preocupar. El jefe de la diplomacia española se ha inaugurado diciendo que ya está bien de revisionismos de la historia y que somos todos familia y como familia hemos de tratar los asuntos que nos conciernan. En Colombia esas palabras pueden pasar completamente desapercibidas porque, a excepción de algunas voces en lo más profundo del Polo, a las que gusta hablar de genocidio referido a la conquista y colonización del mundo americano, la inmensa mayoría de los intelectuales colombianos, aun sintiendo mayor o menor interés por España, aprecian que el pasado ya está bien como está y es mejor dejarlo tranquilo.
Las palabras del ministro estaban, obviamente, dirigidas a Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia —revisor en jefe del pasado— y en menor medida Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. El caso de Cuba será siempre especial, porque aunque los hermanos Castro de vez en cuando tienen que proferir los denuestos adecuados a su radicalismo anticolonial, no son capaces de creerse antiespañoles. Entre otras cosas, porque SON ESPAÑOLES.
El ministro socialista Miguel Ángel Moratinos aprendió en América Latina a bailar con la más fea, que es lo que les tocaría aprender ahora a algunos edecanes del PP. Y eso significaba estarse calladito, preguntar antes de hablar, no tomar iniciativas de ninguna clase sin cerciorarse de que al menos un par de potencias de peso latinoamericanas estaban de acuerdo con lo que se iba a proponer. La izquierda española, que asume con la misma convicción que la derecha lo glorioso de los tiempos imperiales, sabe, sin embargo, que hay extensos pasajes de esa historia común de los que no cabe envanecerse. Pero el término ‘genocidio’ sólo lo aceptan en España algunos independentistas catalanes y ni siquiera los vascos, porque hay demasiado apellido de ese origen entre los fastos de la fabricación de América como para ir distinguiendo entre españoles y no españoles. Violentos criminales, sí, y en numerosas ocasiones; genocidas, nunca.
Pero ocurre que la derecha española tiene un afán docente en ocasiones fuertemente contraindicado. Dar clases de lo que sea es lo que más le gusta, y si las lecciones se pueden impartir a los que evidentemente no forman parte del criollato, al que se le puede perdonar todo, tanto mejor. En la práctica, todo ello se traducirá en una facilidad para que esa derecha se tome muy a pecho lo que haga y diga el presidente venezolano; para contestar a todas las andanadas contra España que siga prodigando su homólogo de Bolivia; y en dar una probable vuelta de tuerca a la relación con Cuba, precisamente en momentos en que la Iglesia católica despliega la misma política que Zapatero: comprensión y generosidad, pero a cambio de algo, como es la liberación de presos, mayores espacios de acción para la labor pastoral, reconocimiento progresivo de las realidades del mercado, que es la realidad que mejor entiende el Vaticano. Pero la necesidad de distinguirse del PSOE y de parecer más radical que nadie en la defensa de las libertades, puede llevar al PP, como ya pasó con los gobiernos de José María Aznar, a encabezar movimientos europeos contra el castrismo, a pesar de que a la Unión Europea le tiene sin cuidado si Cuba es comunista o no.
Rajoy, con todo, es un hombre prudente y sabe que España y Europa tienen problemas que no pasan por agradar o enojar a América Latina, y en eso hay que confiar. Los diplomáticos españoles, sean del color político que sea, conocen muy bien el terreno que pisan y en ellos hay que confiar también. Por eso, sería muy de agradecer que los altos mandos que no hayan hecho sus mejores armas en Iberoamérica aprendieran a ir de alumnos en lugar de profesores. Si a Juan Manuel Santos le deja algún tiempo libre su intensa dedicación a reinventar Colombia, sería un excelente profesor para quien quisiera aprender. El presidente colombiano, especializado en ser el amigo de todos, debería hacer un lugar muy especial en su horario de trabajo a la tierra de sus antepasados.
* Columnista de ‘El País’ de España