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Era una necesidad urgente: el reino del desierto, Arabia Saudita, se dio cuenta en 2015 —cuando murió el rey Abdalá Bin Abdelaziz, de 90 años, y asumió la corona su medio hermano Salman, de 81— que había que rejuvenecer a sus gobernantes y conectar con los ciudadanos (dos tercios de la población del país tienen menos de 30). Por eso el nombre del futuro rey de la monarquía más rica del mundo tiene coherencia.
De acuerdo con un decreto real publicado el miércoles, Mohamed Bin Salmán, de 31 años e hijo del actual monarca, será el que herede la corona. Por encima de su primo, Mohamed Bin Nayef, de 57 años y quien estaba en el primer lugar en la línea de sucesión.
Rumores palaciegos hablan de rivalidades profundas. De hecho, Bin Nayef no sólo fue destronado sino que fue despedido de su puesto como ministro del Interior, cargo desde el que libró una batalla sin cuartel contra los grupos extremistas, una labor aplaudida por los países occidentales.
Pero eso se venía rumorando hace dos años cuando Mohamed bin Salman comenzó a convertirse en el hombre fuerte del régimen saudita. En apenas dos años el joven príncipe acumuló más poder que ningún otro miembro de la familia real, que tiene cerca de 2.000 miembros.
“Logró concentrar un poder y una influencia extraordinarios en muy poco tiempo”, afirma Frederic Wehrey, del instituto Carnegie Endowment for International Peace en Washington.
Fue vice primer ministro, titular de Defensa, asesor especial del rey y, sobre todo, presidió el consejo de asuntos económicos y de desarrollo, órgano que supervisa la Saudi Aramco, la principal compañía productora de petróleo del mundo.
Es considerado como un reformador. Fue él quien encabezó el mayor cambio económico desde la fundación de Arabia Saudita en 1932: estableció un ambicioso plan de reducir la dependencia del petróleo. Algo muy arriesgado en un país construido con base en petrodólares.
El príncipe, dicen, es en realidad el responsable del reciente giro de la política exterior saudita, que ha llevado a Riad a erigirse en el líder de los países suníes, a los que ha guiado a la guerra del Yemen, a un aumento de las diferencias con Irán y a la actual crisis diplomática con Catar.
Su importancia en la Corona quedó patente cuando fue el elegido para viajar a Washington, en marzo, para realizar el primer contacto del reino con el nuevo presidente de EE.UU., Donald Trump, una visita en la que se negoció un acuerdo sin precedentes, de 110.000 millones de dólares, para la compra de material bélico, rubricado en mayo.
Una cara joven pero con espíritu ultraconservador. Es licenciado en derecho por la universidad Rey Saud, está casado con su prima Sara bint Mashur al Saud, con la que tiene dos hijos y dos hijas. Y no respalda la poligamia. “No pretendo casarme de nuevo. porque mi generación no ve la poligamia con los mismos ojos que nuestros padres”, dijo en una entrevista en Bloomberg.
Declaración que abrió esperanzas sobre un cambio en las políticas tradicionales del país hacia las mujeres. Pero quizás eso no tenga muchos avances, pues desde que comenzó su ascenso se alineó con la postura ultraconservadora que, por tradición, obliga a que ellas siempre estén tuteladas por un varón.
Su reinado, sin embargo, llega cargado de regalos: una semana extra de vacaciones con motivo del Eid al Fitr (fin del Ramadán) y bonos a militares y trabajadores públicos.