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El concepto del tiempo en Oriente es diferente que entre nosotros los occidentales. Cuentan que durante el histórico viaje de Richard Nixon a China, en febrero de 1972, en una conversación entre el primer ministro Chu Enlai y el Secretario de Estado norteamericano, Henry Kisinguer, el premier chino –refiriéndose a la Revolución Francesa—le dijo al Dr. Kisinguer: “Aún es muy pronto para juzgar aquellos acontecimientos”. Sesenta años, pues -los que cumple este 1 de octubre la República Popular China- son una brizna en la historia de una nación acostumbrada a medir el tiempo por dinastías; pero la fecha cierra un ciclo importante, según el calendario lunar chino termina un ciclo astrológico completo.
Por tanto, las celebraciones estarán a la altura para recordar que Mao Tsetung proclamó la república tal día como hoy de hace seis décadas, después de expulsar a los invasores japoneses y ganar una guerra civil contra las tropas del general Chiang Kaichek. Para poner en perspectiva el significado de la efemérides hay que distinguir en primer lugar, dos etapas bien definidas en la existencia de esta república. La de Mao Tsetung, uno de cuyos lemas preferidos era “el poder está en la boca del fusil” y cuyo liderazgo acaba con su muerte en 1978; y la de Deng Xiaoping, que muere en 1997 y que hizo célebre un dicho de su Sichuan natal: “da igual que el gato sea negro o amarillo, lo importante es que cace ratones”. Pragmatismo puro.
En la primera etapa, con Mao Tsetung ejerciendo de Gran Timonel, el país estuvo aislado mientras hacía el tránsito al comunismo, la lucha de clases, el Gran Salto Adelante y llegaba el clímax de la Revolución Cultural. El final de aquella etapa turbulenta prácticamente coincide con la muerte de Mao. La llegada de Deng al poder no solo supone la reforma económica, sino una paulatina integración a la comunidad internacional y China empieza a contar en el tablero de ajedrez de las grandes potencias.
Para el observador occidental, a primera vista, de Mao hoy no queda en China más que el recuerdo. Una impresión equivocada porque si bien es cierto que aquel izquierdismo radical, que trajo al país consecuencias devastadoras, hoy resulta impensable, la figura del Gran Timonel sigue representando el espíritu nacionalista que anida en cada chino. La idea de que las humillaciones colonialistas del siglo XIX o la afrenta japonesa del siglo XX no se volverán a repetir.
De la mano de Deng, un pragmático que enfrentó el radicalismo de Mao y sus seguidores, China recuperó otro de los valores tradicionales que explican la evolución sorprendente de estos años: el confucianismo. Y es que China y todo cuanto pasa en ese inmenso país, no se puede comprender si se desvincula de las tradiciones que han formado en esta nación una amalgama milenaria. Es el único país del mundo que mantiene un hilo conductor tan directo con su pasado. Pensar sólo en términos de revolución o comunismo, dos conceptos cuyo nacimiento tenemos a la vuelta de la esquina, es el mejor camino para no entender nada de cuanto ocurre en Imperio del Centro.
Dicho esto, es innegable que un factor determinante en la evolución de China ha sido la conducción del Partido Comunista. El ejercicio del poder durante todos estos años ha erosionado su liderazgo moral. La crisis de Tiananmen hace veinte años, fue un punto de inflexión. Se llegó a ella precisamente por la corrupción y el nepotismo que habían aflorado rampantes en la sociedad china y la muerte natural de un dirigente respetado por los estudiantes, sirvió de pretexto para poner en evidencia el deterioro de la clase política.
La crisis se cerró en falso, con una matanza y una violencia innecesaria pero sirvió a los líderes para comprender que las desigualdades que había creado el desarrollo económico traído por la reforma, podrían ser fuente de caos y disturbios. Se hicieron las correcciones precisas y, tras algunos meses de desconcierto, China reemprendió su imparable camino de desarrollo. Como quiera que sea, nada permite imaginar un futuro para el país sin el liderazgo fundamental del Partido Comunista.
Consolidada la reforma económica, cerrada en la mediada de lo posible la herida de Tiananmen y desaparecido Deng Xiaoping, recibe el país la “cuarta generación”, algo impensable en tiempos de la gerontocracia presidida por Mao. Un Comité Permanente del Partido con algún miembro de menos de 60 años y con un presidente que apenas superaba esa edad, se hace cargo de los destinos de China en el siglo XXI. Hu Jintao, Wu Bangguo y Wen Jiabao son los nuevos nombres a los que el mundo debe ir acostumbrándose para referirse a quienes dirigen el destino del país más poblado de la tierra.
Las reformas experimentadas en China en los últimos 30 años han supuesto una verdadera revolución en el mundo. Nunca en un período de tiempo tan corto había sacado ningún país a tanta gente de la pobreza. China ha crecido a una tasa media anual que ronda el 10% en la últimas tres décadas. Aun quedan 800 millones de pobres y mucho camino que recorrer en cuanto a libertades individuales, pero son innegables los avances contra la pobreza y la apertura en el campo de los derechos civiles.
Para ilustrar con un ejemplo muy elemental las consecuencias que el desarrollo de China tiene en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo, baste con reflexionar unos momentos en el factor de contención salarial que supone para los sindicalistas la amenaza de la ingente mano de obra china dispuesta a recibir las empresas “deslocalizadas” de Occidente. Dicho de otra forma, hasta nuestros salarios dependen del comportamiento de China.
Así pues, el modo en que esta nueva China se acomode en el mundo es uno de los grandes retos que tiene hoy la comunidad internacional. La mayoría de los analistas – que tanto se equivocan, todo hay que decirlo, como hemos visto en la reciente crisis económica mundial—apuntan a que el crecimiento chino está basado en cimientos sólidos que seguirán allí durante un buen tiempo: mano de obra barata, altas tasas de ahorro, modelo de crecimiento orientado hacía el exterior y reformas institucionales orientadas al crecimiento económico.
Occidente ha dominado el mundo durante un período relativamente breve para los estándares orientales, el que abarca desde la revolución industrial de 1820 hasta nuestros días. En gracia de discusión podríamos admitir un período más amplio, medio milenio, quinientos años, el equivalente a una dinastía. Una dinastía de decadencia en cuyo final se vislumbra no el ascenso de China, como muchos creen, sino su retorno.