Publicidad

El terremoto bajo tierra

En Tokio, la capital, los daños por el sismo no fueron tan grandes. La ciudad está preparada para los temblores.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La pasividad de los japoneses en casos de emergencia es sorprendente: caminan tranquilos y ordenados.

¿Es un túnel oscuro a 50 metros de profundidad el mejor lugar para estar en el momento del terremoto más fuerte en la historia de Japón? La pregunta surgió a las 2:46 de la tarde en Tokio, cuando el metro en el que viajábamos Ariel, un amigo argentino y yo se detuvo en medio del trayecto y los vagones empezaron a sacudirse como si estuviéramos a bordo de una frágil canoa en aguas borrascosas.

Los demás pasajeros levantaban la cabeza como tratando de encontrar una razón y Ariel, quien lleva menos años que yo en Japón, me miraba inquisitivo como si mi veteranía de casi tres décadas en este país me diera titularidad para explicar qué era aquello y qué venía a continuación.

El altoparlante del tren anunció que un terremoto de intensidad 5, en la escala japonesa, tenía lugar en varias zonas del archipiélago y que deberíamos esperar. Los teléfonos celulares no servían de nada a esa profundidad. Miramos por las ventanas y sólo vimos unas barandas amarillas usadas por los trabajadores para caminar por las vías del metro. Adelante sólo se veía el negro profundo de un túnel sin salida.

Para romper el silencio, Ariel me comentó que al llegar a Japón hace unos años un terremoto leve lo había sacado de la cama y no había podido conciliar el sueño el resto de la noche. Lo habitual para el extranjero recién llegado a Japón es asustarse con el más leve movimiento de tierra, pero sólo en su primer año. Los temblores leves son parte de la vida diaria y pronto el asustadizo novato empieza a desarrollar un sano escepticismo que lo lleva a mirar hacia el techo, calibrar el movimiento de las lámparas, los cables de la electricidad en las calles y, de no ver nada caído, seguir adelante como si nada.

De nuevo el altoparlante sonó, esta vez para anunciar que nos desplazaríamos a 15 kilómetros por hora hasta la estación de Higashi-Shinjuku, donde deberíamos evacuar el tren y esperar nuevas instrucciones. Habría una revisión de las vías y los trenes funcionarían hasta nuevo aviso.

Salimos a la calle y en seguida vimos ríos de gente, muchos con cascos blancos que las empresas tienen para sus empleados en caso de terremoto. La apariencia de la ciudad era de tensa normalidad. Empezamos a caminar y vimos los primeros estragos del temblor. Un vidrio roto en la entrada de un banco y botellas de vino y sake estrelladas contra el suelo en una tienda de licores.

Al girar una esquina, el muro enorme de un cementerio se había desplomado como un diminuto alud que anticipaba las imágenes que veríamos a continuación. Caminamos hacia Shinjuku, uno de los centros neurálgicos de esta metrópolis, que llega a tener 15 millones de habitantes en horas de oficina, y encontramos varios centenares de personas que miraban una pantalla gigante donde se veía la imagen tomada desde un helicóptero que seguía una ola recta como una sábana enorme que avanzaba con una espeluznante suavidad llevando en su superficie buques de carga que se estrellaban unos contra otros, como si fueran juguetes.

La ola entraba en las playas de Sendai y se llevaba por delante casas, autopistas, aeropuertos con sus aviones, muelles repletos de automóviles recién fabricados y casas que se deshacían como papel o que seguían ardiendo en medio del agua cada vez más turbia.

A los latinos que vivimos en Japón nos maravillan la tecnología y el orden de sus ciudadanos, pero sobre todo esa pasividad que se apodera de ellos en casos de emergencia. Al estar paralizado el transporte, la gente empezaba caminatas maratónicas y se aprovisionaban de lo que podía. Pero no se veían tumultos, los supermercados estaban llenos, pero había colas ordenadas y cada cual esperaba su turno. Muchas tiendas cerraron, no por temor a las multitudes, sino para evitar accidentes dentro de sus instalaciones.

Ariel preguntó a un policía que vigilaba la entrada de una estación de metro cuánto tiempo tardaría en llegar caminando a su barrio cerca de Ikebukuro. El oficial le dijo que una hora.

Al despedirse de mí, Ariel me dijo: “Che, creo que tuvimos suerte de haber vivido el terremoto bajo tierra”. La frase me quedó sonando y mientras caminaba hacia mi casa y sentía las réplicas continuas que mecían los cables del alumbrado, trataba de calibrarla sabiendo que a lo mejor mi amigo argentino tenía toda la razón.

 * Productor y periodista colombiano radicado en Tokio.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido