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Todos los observadores dan por cierto que este es el último viaje de Benedicto XVI a este continente. Cardiópata, como dicen que es, ha sido capaz de llevar un intenso trabajo por la disciplina con que realiza todas sus actividades. Y quiso hacerlo a México, una región no tan comprometida con la barbarie del narcotráfico y además ir a una ciudad no visitada por el papa anterior. Se trata igualmente de lanzar desde el famoso Cerro del Cubilete un llamamiento a la paz en México duramente probada por la violencia.
Esta “Nueva Evangelización” es la verdadera razón del fatigoso viaje del papa, quien a su vez quiere demostrar más con gestos que con palabras que su trabajo si bien extenuante no lo ha llevado a esos extremos próximos a la abdicación que algunos quisieran en beneficio de intereses propios.
Ratzinger es un intelectual que sabe de teología, pero no de política, y en tanto tal tiene ventajas y desventajas en su actuar. Sin duda alguna muchos de los que lo rodean saben de política, pero no de teología, que son disciplinas cuya lógica difícilmente coincide. A diferencia de los políticos que tratan de definir y de redefinir permanentemente las finalidades y los rumbos, la Iglesia tiene con Ratzinger la certeza de saberse guiada por alguien que sí sabe hacia dónde va y que de seguro no va a equivocar sus pasos. Lo protocolario no es lo suyo y si bien es cierto que es cordial, esta cordialidad no acalla el mensaje que ha de predicar. Así ha sucedido con jefes de Estado y con embajadores que han tenido que aceptar en más de una ocasión la franca opinión del pontífice.
En ese viaje hay más gestos que palabras y más liturgia que protocolo. En efecto, ha querido diferenciarse de su predecesor en el sentido de la separación de las emociones públicas y de la reverencia de los actos privados. Desde el principio ha sabido controlar la euforia real en muchos y la exageración de otros pocos en los gestos de acogida. Este papa es mesurado, amante del silencio cuando él es indispensable y agradece con alta dosis de control los desafueros temperamentales de quienes van más allá de lo usual.
Y llegará a Cuba por invitación no sólo de la Conferencia Episcopal cubana, sino directamente por Raúl Castro. Va a cumplimentar a la Virgen de la Caridad del Cobre la Patrona de la Isla, se reunirá con las comunidades eclesiásticas y con los obispos, al tiempo que con el presidente Castro y en visita privada con el líder Fidel Castro. Se da casi por descontado que aprovechará allí para proclamar “Venerable” al cubano que simboliza el cristianismo social, que es el padre Varela.
Volver a evangelizar
La decisión central de Benedicto XVI es dejar establecido que hay que profundizar en el mensaje cristiano. Con el tiempo ha aprendido lo que muchos en Europa no están dispuestos a aceptar, y es que si bien las teorías se escriben ahí, las realizaciones están en América Latina y África.
En Europa, por decir lo menos, se trata de una reevangelización y ahora deben ellos aprender que se han convertido en territorios de misión. Por ello, junto al teórico Fisichella, ha tenido que colocar a un hombre que si bien se desempeña bien en el terreno de las teorías, puede dar impulsos a lo que es el meollo de ese programa que es la pastoral.
Se trata del colombiano Octavio Ruiz, quien al decir de quienes en Roma lo conocen, es el “polo a tierra” que garantiza que este programa bandera de un papado, que busca permanecer, ha diseñado para afrontar los tiempos por venir. Es por ello que ha nacido ese Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, que es el punto nodal de la tarea pontificia.
Por ello no se entiende, a primera vista, el que Latinoamérica haya descendido de algo más de un 31 a un ligero 21% en su participación en el poder de la Iglesia, en cuanto al número de electores en un hipotético cónclave. Todo parece indicar que esa contradicción se explique por compromisos de unidad de una cristiandad como la europea, sumida en la crisis, en tanto que la de Latinoamérica, ayer censurada, presenta una mayor consistencia y fidelidad ante el mensaje cristiano.
Colombia, fuera de la ruta
Y lamentablemente el papa no vino a Colombia, a Cartagena de Indias. Múltiples son las razones de su ausencia, pero 26 años después de la visita de Juan Pablo II bien valdría la pena preguntarse por qué la Iglesia católica en Colombia, con todos sus méritos y sufrimientos, sede del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), fue excluida de esta visita, más aún cuando todos sus obispos han sido convocados en este año a la “Visita ad limina apostolorum” (visita de todos los obispos de una región al papa), que empezará a cumplirse desde el mes de junio. Algo debe haber sucedido y será necesario indagar por una explicación.
Entre tanto, a su regreso habrá de cumplir la exigente agenda de la Semana Santa, con lo que responderá a la saciedad a aquellos que tienen el hábito de saberlo renunciado en su imaginación. El “viejo profesor” Ratzinger continuará pausadamente su lección y serán aún muchos los que escucharán su palabra y mirar el resultado de sus confrontaciones.
*Exembajador de Colombia ante la Santa Sede durante los gobiernos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.