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Elecciones en EE. UU.: ¿“reality” o realidad?

Hasta ahora el proceso electoral ha contradicho todos los pronósticos, roto los protocolos de comportamiento y elevado los estándares de lo insólito.

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Lo único en lo que todos concuerdan es que nunca se había visto nada parecido. La campaña presidencial en Estados Unidos empezó con juegos pirotécnicos y hasta ahora ha contradicho todos los pronósticos y elevado los estándares de lo insólito.

Rebeldías inesperadas dentro de los partidos han puesto a temblar el establishment. Aunque totalmente opuestos e ideológicamente contrarios entre sí, el republicano Donald Trump y el demócrata Bernie Sanders han canalizado, cada uno a su manera, el profundo descontento del electorado con la política tradicional.

Hoy, a mitad de las elecciones primarias, Trump tiene la delantera entre los republicanos y Hillary Clinton entre los demócratas, pero ninguno ha asegurado aún el número mágico de delegados requerido para coronarse como candidato oficial. Los comicios de esta semana en cinco estados son claves.

El circo republicano

Los mayores ratings se los han llevado las toldas del partido del elefante. De los diecisiete precandidatos iniciales, solo quedan cuatro. Entre los que tiraron la toalla está el que más plata había levantado, que con padre y hermano expresidentes, era el más opcionado.

Pero el fenómeno Trump cogió a todos por sorpresa. Al comienzo, nadie lo tomó en serio, se pensaba que el show pasaría y que se autodestruiría. Pero con cada barbaridad que salía de su boca, no sólo no cayó, sino que ascendió. Le encanta autoproclamarse políticamente incorrecto y sus seguidores ven sus improperios como muestra de que, a diferencia de los políticos, “dice las cosas como son”.

Es difícil entender cómo un billonario, que siempre ha estado en la rosca del poder, sea hoy la figura antiestablishment. Como exestrella de reality de televisión ha sabido venderse como el empresario exitoso y el indicado para “que América sea grande otra vez”. Se jacta de decir que su fortuna le garantiza llegar “libre” a la Casa Blanca sin deberle nada a nadie.

Si bien Trump –narcisista, racista, xenófobo y misógino– es único, él hace parte de una vieja tradición. En los años treinta, el Padre McCloughlin lideró un movimiento antisemita en medio de la Gran Depresión; en los cincuenta, Joe McCarthy desató una cacería de brujas anticomunista; en los sesenta, George Wallace tuvo gran éxito con un mensaje segregacionista y en 1992, Ross Perot obtuvo el 20 % de la votación como empresario exitoso independiente.

Dentro del Partido Republicano existe hace años un ala de extrema derecha, que en los ochenta llegó al poder con Ronald Reagan. Desde entonces, varios intentaron revivirla, ninguno con éxito y el dominio del partido retornó a las élites tradicionales.

Pero el establishment republicano es víctima de su propio invento. Cuando John McCain escogió a Sarah Palin para la vicepresidencia, le dieron rienda suelta al sector lunático del Tea Party. Cuando el propio Trump lideró el movimiento Birther que alegaba que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos, ninguno de los jerarcas republicanos que hoy se aterran con Trump lo descalificaron, pensando que les era útil.

El apoyo a Trump proviene principalmente de hombres blancos de bajos ingresos y poca educación, alienados por la multiculturalidad y la globalización, un perfil no tan diferente al votante del Frente Nacional en Francia y el Partido de la Independencia en el Reino Unido. Su discurso autoritario y caudillesco recuerda a Berlusconi en Italia o a Uribe en Colombia.

La buena noticia es que, al menos matemáticamente hablando, Trump todavía se puede detener. Hoy tiene más delegados que los demás, pero no alcanza el 50 % requerido para ganar. La mala noticia es que quien le sigue es el senador tejano Ted Cruz que, increíble pero cierto, es aún peor que Trump.

De derecha pura y dura, Cruz dice que Trump no es suficientemente conservador. Su gran mérito como senador fue liderar el cierre del gobierno federal. Aunque es hijo de padre cubano, desde pequeño es más tejano que cualquier cosa, no habla bien el español y dice ser más fuerte contra la inmigración ilegal que el propio Trump.

En un lejano tercer lugar se encuentra Marco Rubio, senador de Florida, cubanoamericano casado con hija de inmigrantes colombianos, antes considerado la mejor opción para ganarle a Trump, pero que se ha venido desmoronando. Por último, está John Kasich, gobernador de Ohio, irónicamente el más serio y preparado, pero cuyo mensaje de sensatez no ha pegado en un electorado que quiere sangre. Las primarias del próximo martes son claves, especialmente en Florida y Ohio, donde Rubio y Kasich están obligados a ganar en sus respectivos estados nativos.

La rebelión de la izquierda

La situación por el lado Demócrata, sin excentricidades, es igualmente inédita. El fenómeno de Sanders, autoproclamado socialista de 74 años, hijo de inmigrantes judíos, con más pinta de profesor universitario que de candidato, lidera lo que él llama una “revolución política”, que desde la izquierda está desafiando al establishment demócrata.

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Genera gran entusiasmo, especialmente entre los jóvenes, con un mensaje sencillo pero poderoso: el gobierno debe ser de todos y no del 1 % más rico.

Sin embargo, la matemática sigue favoreciendo a Hillary. Cuenta con una ventaja formidable en cuanto a delegados, gracias al fuerte apoyo de sectores fundamentales para la coalición demócrata: afroamericanos, hispanos y mujeres. Nadie duda que tiene la experiencia y los conocimientos, pero hasta ahora su mensaje llega más a la cabeza que al corazón.

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El efecto de Sanders ya es innegable. Millones de personas le han donado un promedio de 27 dólares que le permiten seguir hasta el final. Ha obligado a Hillary a asumir posiciones más progresistas y los debates, que han sido de altura en claro contraste con los republicanos, han hecho a Hillary una mejor candidata. Las apuestas la siguen favoreciendo y todo indica que luego de las primarias será mucho más fácil para los demócratas unirse que para los republicanos.

Hoy muchos demócratas se frotan las manos ante el caos republicano. Las encuestas indican que Clinton le ganaría a Trump. El sentimiento antiTrump puede suscitar una fuerte participación de muchos que se sienten amenazados por su discurso. Hasta las élites republicanas ven la debacle de su partido con Trump, perdiendo no sólo la Casa Blanca, sino también el Senado y peligrando la Cámara.

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La demografía sí favorece a los demócratas. Su base (afros, latinos, mujeres, jóvenes, urbanos) va en aumento, mientras la republicana (hombres, blancos, rurales) se disminuye. Es así que los demócratas han ganado el voto popular en cinco de las últimas seis elecciones presidenciales.

Pero en un año en que nada de lo que ha sucedido se pensaba que iba a suceder, no se puede descartar ningún escenario.

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Trump está convocando a otro tipo de nuevo votante. Hillary es el perfecto símbolo del establishment contra el cual Trump ha erigido su éxito. Aunque la perspectiva de ser la primera mujer presidenta de la historia genera esperanza para buena parte del género femenino, también despierta el machismo subliminal de una sociedad patriarcal, así como el racismo soterrado está detrás del odio que muchos blancos le tienen a Obama.Todavía falta mucho y si no fuera porque se trata de la potencia más grande del mundo, todo este espectáculo podría ser hasta divertido.

* Historiador del Belmont College, Carolina del Norte, EE. UU.
Ex alto comisionado de paz y
profesor universitario.

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