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Hace exactamente medio siglo, un presidente estadounidense no visitaba Puerto Rico. La última vez lo hizo John F. Kennedy, el mismo año en que inició su gobierno. Hoy martes, Barack Obama estará unas horas en la isla, que es un estado libre asociado de Estados Unidos, donde se reunirá con el gobernador, Luis Fortuño, para luego asistir a una cena destinada a recaudar fondos para el Partido Demócrata. A diferencia del mandatario asesinado en 1963, la época y los objetivos no permitían afirmar que la visita tenía fines electorales, como le pasa ahora a Obama, de quien se dice, lo que busca es ganar adeptos boricuas en las próximas presidenciales.
Aunque los declarados ciudadanos estadounidenses que viven en la isla no pueden votar para los comicios del próximo año, el mensaje va para los más de cuatro millones de puertorriqueños que viven en Estados Unidos como residentes, quienes sí pueden elegir presidente, y hoy representan una de las fuerzas latinas más grandes del país norteamericano. Para Obama es claro que en 2008, un número inédito de hispanos acudió a votar y dos tercios de ellos lo hicieron por él.
El lunes se publicó una encuesta, realizada por ImpreMedia y Latino Decisions, la cual mostró que el 49% de los hispanos está seguro de que votará por el mandatario actual el próximo año, mientras un 12% se manifestó dudoso en su intención. El apoyo latino a Obama, que busca ser reelegido el próximo año, fue de 41% en abril y de 43% en febrero, según encuestas anteriores.
Este aumento de popularidad coincide con sus renovados esfuerzos por impulsar una reforma migratoria integral, que regularice la situación de los cerca de once millones de indocumentados en el país, cuya mayoría de ellos son hispanos. De ahí que para los expertos, la visita del presidente a Puerto Rico tenga una clara intención electoral, aunque no deje de ser significativa en términos de Gobierno, cuando la isla afronta un comportamiento económico poco favorable y, al igual que el estado federal, un alto índice de desempleo.
Pero los republicanos no se quedaron quietos y en debate televisado ayer lunes, siete de sus aspirantes a enfrentar a Obama se reunieron en el estado de New Hampshire. La congresista Michelle Bachmann; el exgobernador de Massachusetts, Mitt Romney; el exgobernador de Minesotta, Tim Pawlenty; el expresidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich; el exsenador, Rick Santorum; el congresista, Ron Paul, y el empresario, Herman Cain, respondieron preguntas acerca del sistema de salud, la inmigración, la economía, los derechos de los homosexuales y el aborto.
Todo esto en un ataque directo a Barack Obama, afirmando que las decisiones del Ejecutivo para afrontar la crisis económica no han sido acertadas y que por eso el país debe tener un cambio. La política exterior brilló por su ausencia -apenas se mencionó Yemen, Afganistán y Libia- en un debate en el que todos los protagonistas insistieron en la necesidad de promover la seguridad en las fronteras como fórmula para resolver los problemas de la inmigración ilegal.
Este tipo de situaciones juegan a favor del actual mandatario, y más cuando en la encuesta citada, en un margen de 65 a 19 por ciento, los votantes hispanos confían más en que Barack Obama y los demócratas “tomen las decisiones correctas con respecto a la política migratoria”, en comparación con los republicanos.
Una de las grandes ausentes del encuentro fue la exgobernadora de Alaska, Sarah Palin, quien aún no se ha pronunciado acerca de si finalmente se presentará o no a los comicios, aunque en una encuesta realizada por CNN/Opinion Research Corporation, se ubica en segundo lugar dentro de las preferencias electorales de los republicanos, con un 20% de intención, antecedida por Mitt Romney, con un 24%.
Así las cosas, y a más de un año de las elecciones presidenciales, empezó la carrera por el cargo más importante del planeta, en medio de una crisis económica que no da mucha tregua y un índice de desempleo que incomoda al actual gobierno y le sirve para hacer campaña a los opositores.