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Esperanza y miedo

Por estos días se advierte en las calles brasileñas un escepticismo creciente: a pesar de las mejoras de los últimos años, los votantes no creen en las promesas de campaña.

Una patrulla militar vigila una calle de la favela Mare, en Río de Janeiro. Brasil elegirá presidente, gobernadores y diputados este domingo. / AFP
Una patrulla militar vigila una calle de la favela Mare, en Río de Janeiro. Brasil elegirá presidente, gobernadores y diputados este domingo. / AFP
Foto: AFP - CHRISTOPHE SIMON

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Basta salir estos días a la calle y hablar con la gente —algo muy sencillo entre los brasileños, siempre dispuestos a contar su vida— para percibir que Brasil se mueve en estas elecciones entre dos sentimientos contrapuestos: la esperanza y el miedo. Esperanza de mejorar su vida, como ha quedado claro con el último sondeo de Datafolha que revela que el 74% de los brasileños desea que las cosas cambien. No se conforman con lo que tienen.

Ese sentimiento lleva implícito un fuerte deseo de mejoras a todos los niveles, no sólo materiales sino también de ampliación de la democracia. Es como si dijeran: “es posible mejorar nuestra calidad de vida”. Significa también que los brasileños se han vuelto más exigentes con sus gobernantes. Ya no aceptan todo como en el pasado, aprisionados por una atávica resignación, triste herencia de la esclavitud.

A ese sentimiento, a ese grito de mejora y de esperanza de un futuro inmediato, se opone una sensación de amargura y desencanto, como si preguntaran: “¿quién nos ofrece hoy esa esperanza de algo mejor?”. O el terrible y no verdadero “todos son iguales”. El debate electoral estuvo más centrado justamente en lo que los brasileños no querían: la pelea entre los candidatos, aquello del “y tú más” (es decir, más corrupto, más mentiroso), que ofrecía una sensación de miedo más que de esperanza.

No es ningún secreto que los brasileños —incluso los millones de familias que salieron de la miseria y ya no sólo no pasan hambre sino que tienen hasta televisión de plasma— están insatisfechos con sus gobernantes. No es que sean ingratos, que no reconozcan cuánto ha mejorado Brasil en 20 años, sino que no son tontos y saben que en este país rico se desperdician billones que se diluyen en los ríos sucios de la corrupción; que la gente gana más que ayer, pero que la inflación galopante les ha llegado como un verdadero asaltante que les exige volver a repensar la compra al ir al mercado; que les crea miedo de pedir un nuevo crédito por los intereses, de los más altos del mundo y que han endeudado al 50% de las familias.

Los brasileños saben que, al contrario de otros países de Latinoamérica, Brasil goza aún de una democracia formal donde existe la libertad de expresión, pero saben también que la clase política actual no responde a las exigencias de cambio y de limpieza ética de las protestas de 2013. No les gusta cómo los políticos gestionan la vida de la gente y querrían cambiarla.

¿Por qué no lo hacen con el voto? Es algo que se deberían preguntar, sobre todo, aquellos candidatos que aseguran haber recogido la bandera del cambio. Como mínimo habría que decir que ninguno parece haber sido capaz de convencer de ello a la mayoría. Y los que han preferido esta vez el arma del miedo contra la esperanza han acabado siendo más eficaces con la amenaza de que todo podría ser aún peor.

A veces los analistas políticos insisten en que el problema es que los candidatos no han presentado medidas concretas de cambio, programas detallados. Creo que exageran. Si juntáramos todo ese mar de promesas que ha salido estos meses de campaña y las colocásemos en una cesta, veríamos que hay material para llevar a cabo ese cambio que el país está esperando. Me atrevería a decir que no ha habido nada de lo que se pidió en las calles en el mes de las protestas que no figure en las promesas electorales. Todos han prometido todo y más.

¿Por qué, entonces, esa falta de esperanza, ese escepticismo que se advierte en la gente? ¿Quizás porque en realidad no creen en esas promesas, que se repiten como un mantra en todas las elecciones y que acaban siempre, la mayoría de ellas, en el olvido?

Los políticos lo saben y, como lo saben y hasta ahora ha funcionado, siguen repitiendo la obra teatral cada cuatro años. Esta vez, por lo que se escucha —sobre todo entre los más jóvenes, que serán los votantes del mañana— las cosas podrían ser diferentes en un futuro inmediato.

Las manifestaciones de 2013, a pesar de haber sido instrumentalizadas por los que provocaron o permitieron que las aguase la violencia, siguen ahí. Humilladas, pero no muertas. Quizás esta vez, a la espera de ver si estas elecciones (y los que acaben ganándolas) las van a tener de verdad en cuenta o si nutren la esperanza de que sus cenizas se han apagado.

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