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El júbilo invadió a los 83 migrantes que llevaban casi 20 días a bordo del barco rescatista Open Arms y quienes sorpresivamente pudieron pisar tierra la madrugada del miércoles en el puerto de Lampedusa, después de que la justicia italiana ordenara el desembarco tras una inspección del buque.
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Los migrantes —relata el informe del fiscal tras la inspección— se encontraban sumidos en un “contexto emocional extremo […] entre la percepción de la muerte en caso de retorno a su país y la esperanza de una nueva vida, aunque haya que lanzarse al mar y nadar hasta la isla para conseguirla”, como de hecho lo intentaron diez de ellos.

Y por fin, después de 19 días cautivos en la cubierta de un barco, todas las personas a bordo pisarán tierra firme.
¡¡Boza!! pic.twitter.com/W2CCYtKIIA — Open Arms (@openarms_fund) August 20, 2019
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La historia tampoco ha sido benévola con los 356 migrantes que todavía permanecen a bordo del barco humanitario Ocean Viking, de la ONG SOS Mediterranée, que opera junto a Médicos Sin Fronteras. Entre el 9 y el 12 de agosto, la embarcación realizó cuatro rescates sucesivos cerca a las costas de Libia, y en el último, la barcaza de goma azul en la que encontraron a los migrantes estalló cuando los rescatistas llegaron para distribuir los chalecos salvavidas, por lo que una docena de ellos tuvieron que ser rescatados del agua.

Entre tanto, la zona de búsqueda y rescate en el Mediterráneo se encuentra sin barcos rescatistas, pero los migrantes siguen abandonando con terror África. Según estimaciones de la guardia costera libia, aproximadamente la mitad de los barcos que parten de sus costas se pierden en el mar y “cientos de personas desaparecen sin dejar rastro”.