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Es el llamamiento de Jaya Murthy, jefe de comunicación de la Unicef en la República Democrática del Congo, que vive sobre el terreno las trágicas consecuencias que está dejando la guerra abierta en el este del país entre los rebeldes tutsis de Laurent Nkunda y las tropas gubernamentales, apoyadas por los 17.000 cascos azules de la Misión de Naciones Unidas para Congo (Monuc).
La ofensiva de los guerrilleros comenzó el pasado domingo. Nkunda se levantó en armas y movilizó a cientos de antiguos miembros del ejército congoleño. El general rebelde tutsi, quien está enfrentado al presidente Joseph Kabila, justificó esta acción asegurando que los hutus ruandeses todavía operan en la zona. Pero dentro del polvorín congoleño, donde existen enfrentamientos interétnicos entre hutus y tutsis, Nkunda, uno de los más sanguinarios militares en la Segunda Guerra Civil del país, responsable de numerosos crímenes de guerra y contra la humanidad, sabe de la importancia estratégica de la región, rica en minerales como los diamantes y el coltán.
“Hace dos días fue el peor momento, el avance de las tropas de Laurent Nkunda obligó a huir a más de 200.000 personas”, reconoce Murthy.