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Fuego amigo en el Vaticano

En las horas más bajas de su Pontificado, el Papa llega a África para hablar de justicia.

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“El Papa no está solo. Todos sus colaboradores más cercanos le son lealmente fieles y están profundamente unidos a él”. El desmentido lanzado por el cardenal Tarcisio Bertone, número dos de Benedicto XVI y secretario del Estado vaticano, no deja lugar a dudas: aparecen sombras sobre el pontificado de Benedicto XVI. A casi dos meses visto el estallido del perdón a los obispos lefebvrianos —incluido Williamson, el que se empeña en negar el Holocausto—, el Papa cayó herido por el intenso fuego amigo.

Dentro de la Iglesia “se muerde y se devora”. Ese es el insólito mensaje que Ratzinger envió a los católicos en su ya histórica carta a los obispos de todo el mundo. Usando palabras medidas, pero más íntimas que nunca, el frío Papa alemán se desnuda ante el mundo con una sinceridad nunca vista, tanto por el tono como por el contenido. Ratzinger no se queja de las críticas de laicos y judíos, sino, al revés, alaba “la ayuda de los amigos hebreos”, hace autocrítica y admite errores de comunicación, pide perdón por no usar más internet, se confiesa lacerado por la actitud beligerante de sus propias ovejas.

La crisis que revela la carta es gravísima. El estado de ánimo del Papa, más que triste, profundamente solo y decepcionado, llena de sombras el presente y el futuro de su pontificado. Cuatro años después de su elección, “la curia está en desbandada y el Papa sigue encerrado en su palacio”, escribía Marco Politi, vaticanista de La Repubblica.

L’Osservatore Romano, el medio de la Santa Sede, se atreve a definir las críticas católicas al Papa como “el mayor escándalo de los tiempos recientes. El Papa desvela más: dice que ese clima de guerra civil, ese descontento estaba latente, y ha salido a la luz del sol aprovechando el escándalo creado por el perdón de la excomunión de los lefebvrianos. Un gesto magnánimo, que quería ser de “discreta misericordia” y que se justifica en la virtuosa necesidad de unir a una Iglesia en crisis, es aprovechado por sus adversarios para “morder” y provocar una división aún mayor.

La revuelta parte de los grandes episcopados europeos, todos ellos muy sensibles a la cuestión judía (Alemania, con la sublevación de 60 teólogos; luego Austria, más tarde Francia y Suiza). Los críticos reprochan al Papa sobre todo una cosa: que no pidiera de forma preventiva a los lefebvrianos una adhesión clara al Concilio II. Ésa es la sustancia de la controversia, casi oculta tras la bomba mediática de la entrevista a Williamson en la que el obispo lefebvriano negaba el Holocausto. Lejos de ver en la decisión un futuro de unidad, muchos obispos la juzgan como una involución al generoso trato ofrecido a los cismáticos.

Dentro de la curia, las lamentaciones son de otra índole. La principal es que un Papa como Dios manda no debe dar nunca marcha atrás. Y Benedicto XVI lo ha hecho dos veces en un mes. En Austria, al revocar el nombramiento del obispo auxiliar de Linz, el ultraconservador Gerhard Maria Wagner. Y en Roma, al conceder el perdón a los lefebvrianos y congelarlo luego. Su visita a África —la anterior la hizo Juan Pablo II en 1988— puede ser un bálsamo para Benedicto XVI en estas aciagas horas.

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