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Hong Kong se juega el futuro en medio de grandes protestas

Los manifestantes piden elecciones libres mientras Beijing ve con desconfianza un movimiento de protesta que podría alentar a otros sectores prodemocracia en el país.

30 de septiembre de 2014 – 05:21 a. m.
Manifestantes prodemocracia protestan en frente de la sede del gobierno de Hong Kong, a pesar de la orden de dispersarse emitida por las autoridades. / AFP
Manifestantes prodemocracia protestan en frente de la sede del gobierno de Hong Kong, a pesar de la orden de dispersarse emitida por las autoridades. / AFP
Foto: AFP - XAUME OLLEROS

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La idea del gobierno de Hong Kong era una. La realidad fue otra.

Después de utilizar gases lacrimógenos y gas pimienta contra miles de manifestantes que piden elecciones libres y mayor independencia de Beijing, las autoridades de la isla decidieron retirar el lunes a la Policía antidisturbios como un gesto conciliatorio que debía aplacar las protestas. La respuesta del público fue bloquear, de nuevo, el sector en donde se ubica la sede del gobierno local y un llamado para que más habitantes de este lugar se unan a un movimiento liderado por la Federación de Estudiantes de Hong Kong.

El llamado fue respondido por el Sindicato de Profesores Profesionales de Hong Kong, que llamó a sus 90 mil miembros a huelga y tildó a la Policía de “enemigos de la gente”. Además de esta organización sindical, el movimiento estudiantil (que el fin de semana logró movilizar, pacíficamente, a 20 mil personas para bloquear puntos estratégicos de este territorio) ha inspirado a cientos de ciudadanos de a pie que se identifican con la exigencia de elecciones libres para 2017, pero que también rechazan los métodos violentos que las autoridades han empleado contra los manifestantes.

La violencia es un habitante inusual en Hong Kong, que desde su entrega a China por parte del Reino Unido (en 1997) ha mantenido el famoso esquema de “un país, dos sistemas” en el que también ha conservado un ordenamiento jurídico propio en el que la protesta pública se ha mantenido pacífica. Los hechos del fin de semana, cuando la Policía la emprendió contra manifestantes desarmados y pacíficos, levantan dudas acerca del camino que Beijing emprenderá para solucionar la crisis, por un lado, pero también acerca de la voluntad de los habitantes de Hong Kong para aguantar los excesos de sus gobernantes. En últimas, Hong Kong no es, al menos no del todo, China y los métodos de represión del continente puede que no apliquen en este lugar.

En concreto, las exigencias del movimiento estudiantil es que Beijing cumpla su palabra de permitir elecciones libres en 2017, una medida que había sido aprobado en una instancia, pero que fue reversada por el poder Legislativo, que ordenó que los candidatos de la elección sólo pueden ser aquellos que reciban el visto bueno de una comisión con amplios lazos con el gobierno central chino. O sea, no elecciones democráticas, sino una medida mínima de éstas.

Las protestas por este tema no son del todo nuevas, pues vienen desarrollándose hace algunos meses, pero en esta ronda de manifestaciones la actuación desproporcionada de la Policía promete radicalizar y ampliar un movimiento organizado y con demandas coherentes, e incluso alcanzables.

El tema de fondo, más allá de la gobernanza de Hong Kong, es la poca tolerancia de Beijing ante movimientos prodemocracia (o proautonomía/independencia), pues la victoria de uno puede ser el combustible para muchos otros. Y es en este punto en el que las opciones de los manifestantes y de las autoridades chinas parecen agotarse, pues el pulso es más grande que el poder de este territorio en particular y concierne más bien a la unidad de toda China.

Es poco probable que la represión rinda los frutos esperados por las autoridades: o sea, la violencia pura puede que no solucione nada en este escenario. Por otro lado, los manifestantes no pararán de exigir la aceptación de una condición previamente acordada con Beijing. La encrucijada podría solucionarse mediante la posibilidad de que el pueblo de Hong Kong tenga cierto poder de decisión sobre la comisión que, en últimas, seleccionaría a los candidatos para las elecciones. Aunque no es la mejor de las opciones, ni es democracia en su más amplio sentido (al menos bajo los ojos de Occidente), éste camino podría ahorrarle a Hong Kong un retroceso en sus libertades y nivel de autonomía.

Aún no resulta claro hasta dónde quiere dialogar Bejing (si acaso quiere hacerlo). Tampoco es fácil predecir cuánto aguantará el movimiento de protesta. En el pulso, quizá, se decida no sólo el futuro de Hong Kong, sino incluso el de otros territorios que ven con desconfianza el poder absoluto de gobierno central chino.

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