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Inmigrantes subsaharianas, embarazadas y abandonadas en Marruecos

Su forma de subsistencia ahora es el «salam», la forma amable con la que ellas se refieren a la mendicidad.

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Muchas de las mujeres subsaharianas que se encuentran de manera ilegal en Marruecos han sido abandonadas por sus parejas al quedar embarazadas y ahora subsisten haciendo el «salam», la forma amable con la que ellas se refieren a la mendicidad.

Cada día, excepto los domingos, en un barrio de las afueras de Tánger, las mujeres se organizan para salir a pedir el «salam», que no es más que un guiño a la expresión árabe «Salamu aleikum» (la paz sea contigo).

En una habitación de una vivienda del barrio, entre el grupo de mujeres que están reunidas, es fácil distinguir a las que son madres porque llevan ropa cómoda y pijamas. Rodeadas de niños, se ríen cuando se les pregunta por sus maridos.

«En cuanto descubren los embarazos se largan y perdemos su rastro», comenta una de las subsaharianas.

Un par de hombres entra en el apartamento y enseguida una de las mujeres grita: «¡Estos vienen porque aún no han dejado a ninguna embarazada!». Los problemas de los subsaharianos abundan, pero las bromas entre ellos no faltan.

El apartamento, con el techo lleno de manchas de humedad, está en una zona de bloques de viviendas homogéneas donde habitan hacinados los inmigrantes en condiciones muchas veces insalubres.

Pero estos barrios nada tiene que ver con la vida en las montañas como comenta una de las madres: «Llegamos de los bosques a la ciudad porque allí las pulgas te comen el cuerpo y no hay comida».

Todas ellas han intentado, embarazadas o con sus niños a cuestas, pasar a pie o en barca la frontera que conduce a España. Cada una tiene un drama propio. Huyeron de sus países por la guerra, por la falta de medios económicos, por un matrimonio de conveniencia o porque eran maltratadas por sus maridos, según cuentan.

«La vida aquí no funciona y mantener a una mujer con dos niños es difícil». Así, justifica el abandono de su expareja Jane, una camerunesa madre de una niña de año y medio de edad, y embarazada de siete meses.

Conoció a su «marido» en la ruta clandestina en Mauritania. Un día, se levantó por la mañana y él ya no estaba.

Su amiga, Adriana, tiene 26 años, y dio a luz hace nueve meses en el bosque de Nador, y tras ser abandonada por su novio viajó a Tánger porque «en el monte los árabes violan a las mujeres y sin papeles no puedes denunciar».

El año pasado en un informe demoledor, Médicos Sin Fronteras (MSF) advertía que, entre los subsaharianos, «las mujeres y las niñas corren especial peligro de ser víctimas de violencia sexual durante el viaje, así como en la zona de la frontera». Además, se arriesgan a caer en manos de redes de trata que operan en Marruecos.

A sus 25 años, Mariam pasó un año y medio encerrada en un apartamento de Rabat ejerciendo la prostitución a las órdenes de una «madame» de nacionalidad maliense, que le daba 50 dirhams (4,5 euros o 6,2 dólares) por cada encuentro sexual.

Llegó junto a otras dos chicas con la idea de alcanzar España, y empujada por una amiga terminó en la vivienda de la capital marroquí donde se le prometió que conseguiría ahorrar dinero para poder comprar un espacio en una zodiac que le abriría las puertas a Europa.

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Engañada, lo único que hacía durante aquella época era esperar, junto a otras seis chicas, a que llegaran los clientes que pagaban directamente a su «madame».

«Lloraba todas las noches y quería volver a mi casa. Ella no nos dejaba salir temiendo que pudiésemos contar lo que hacíamos», relata esta joven que también fue abandonada un día, sin explicaciones, pero esta vez no por un hombre, sino por su «madame».

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Fue entonces cuando Mariam, que sobresale del grupo de mujeres por su atuendo más cuidado y su rostro maquillado, decidió marcharse a Tánger.

«Les decimos a las mujeres que intenten no quedarse embarazadas para ahorrarse problemas», dice un subsahariano para quien la idea de tener un hijo está descartada: «Si ni siquiera podemos mantenernos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a cuidar de un niño?».

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Algunos de los hombres de estas mujeres se han ido a otras ciudades y otros a probar suerte en la frontera. También ellas lo harán pronto porque sus bebés no suponen un impedimento para continuar el viaje, sino todo lo contrario. Ahora más que nunca, dicen, deben alcanzar Europa.

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