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A pesar de sus esfuerzos por acercarse a Irán, ganarse el favor de Trump y establecer sus capitales como refugios para los negocios, los países del golfo se han visto inmersos en un conflicto que han tratado de evitar.
Doha, la tranquila capital de Catar, suele ser conocida por su seguridad pública y sus sofisticados centros comerciales. Por eso, las escenas de pánico que se vivieron allí el lunes, después de que Irán disparara más de una decena de misiles contra una base militar estadounidense cercana a la ciudad, no se parecían a nada que hubieran experimentado sus habitantes.
Metralla humeante y ennegrecida cayó del cielo. Los interceptores que chocaron con los misiles y explotaron en el aire eran visibles desde la Isla de la Perla, una masa de tierra artificial llena de apartamentos de lujo. Los compradores oyeron fuertes estampidos, gritaron y corrieron a refugiarse en el centro comercial Villaggio, donde los gondoleros surcan por un canal interior.
Lynus Yim, un turista de 22 años de Hong Kong que estaba de visita en el centro comercial, dijo que pensó que se había producido un atentado terrorista hasta que salió corriendo y vio los misiles. “Pensé que quizá no sobreviviría ayer, porque nunca había estado en una situación así”, dijo por teléfono un día después de los atentados.
La operación fue anunciada por Irán y no hubo muertos. Sin embargo, el ataque que Irán lanzó en respuesta al bombardeo estadounidense de sus instalaciones nucleares el domingo fue una pesadilla para los Estados del Golfo, entre los que se encuentran Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait y Omán.
A pesar de años de esfuerzos por tender puentes con Irán, ganarse el favor del presidente Donald Trump y establecer sus capitales como refugios favorables a los negocios en un Medio Oriente volátil, se han visto arrastrados a un conflicto que han tratado de evitar.
“Deja al golfo en una situación realmente incómoda”, dijo Dina Esfandiary, jefa de geoeconomía de Medio Oriente en Bloomberg Economics. “Su peor temor se ha hecho realidad: se han visto atrapados en medio de una escalada entre Irán y Estados Unidos”.
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El martes, los ministros de Relaciones Exteriores de los países del golfo Pérsico se reunieron en Doha en una junta de emergencia para discutir el ataque. Los seis países dependen de Estados Unidos como garante de su seguridad, y acogen a decenas de miles de militares estadounidenses y varias bases importantes.
No ha habido ninguna guerra en sus tierras desde que Sadam Husein, exdirigente de Irak, invadió Kuwait en 1990, y sus gobiernos han cultivado reputaciones como destinos seguros para turistas e inversores internacionales. Pero los monarcas que gobiernan los Estados del golfo temen desde hace tiempo las amenazas a la seguridad de Irán e intentan contrarrestarlas, incluso cuando cultivan los lazos con su vecino.
Catar y Omán mantienen relaciones especialmente amistosas con Teherán. Tras el atentado, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, habló con el emir de Catar y le expresó “su pesar”, dijo el jeque Mohammed bin Abdulrahman al-Thani, primer ministro de Catar, en una conferencia de prensa el martes.
Arabia Saudita y Baréin han tenido relaciones más antagónicas con Irán, y llegaron a romper sus lazos diplomáticos en 2016. El gobierno emiratí tiene una posición especialmente compleja, ya que desconfía de la amenaza para la seguridad que supone Irán, pero también es uno de sus mayores socios comerciales.
A veces, estas tensiones han desembocado en enfrentamientos, como en Yemen, donde Arabia Saudita y Emiratos emprendieron una desastrosa campaña de bombardeos contra las milicias hutíes, respaldadas por Irán, en la década de 2010.
Los Estados del golfo temen que Irán pueda obtener un arma nuclear, aunque han pedido que se haga frente al país mediante la diplomacia y no con acciones militares. La división tiene también una dimensión sectaria. Varias de las familias reales del golfo, que son musulmanas suníes, recelan de que Irán, de mayoría chiita, exporte su ideología revolucionaria a los ciudadanos chiitas de sus poblaciones para fomentar el malestar.
“Llevamos años y siglos viviendo junto a Irán”, dijo Abdulkhaleq Abdulla, politólogo emiratí. “Sabemos lo difícil que es Irán”.
La semana pasada, cuando funcionarios sauditas, de Baréin y emiratíes se reunieron con una delegación bipartidista de representantes del Congreso estadounidense, mencionaron que una de sus mayores preocupaciones era que las milicias respaldadas por Irán pudieran atentar contra las fuerzas estadounidenses destacadas en sus países, dijo Jimmy Panetta, representante demócrata por California.
Un escenario así llamaría la atención sobre la fuerte presencia militar estadounidense que acogen los gobernantes del golfo, una cuestión delicada para sus ciudadanos. Pero también significaría que su región se convierte “esencialmente en un peón, o en el escenario donde se desarrollan estas tensiones”, dijo Esfandiary.
Con la ayuda de los sistemas de defensa estadounidenses, todos menos uno de los misiles disparados contra Catar fueron interceptados. Horas después, el emirato anunció que había ayudado a Trump a negociar un alto al fuego entre Irán e Israel.
“Esperamos que este asunto se resuelva lo antes posible y que este capítulo quede atrás”, dijo el jeque Mohammed durante la conferencia de prensa.
Sin embargo, el atentado puso de manifiesto la vulnerabilidad de los países del golfo, a pesar de su riqueza y de sus vínculos en materia de seguridad con Estados Unidos. Sonaron sirenas de advertencia en todo Baréin y se cerró el espacio aéreo sobre Dubái, uno de los mayores centros de aviación del mundo.
“Llevamos décadas advirtiendo de que esta es una posibilidad que hemos intentado evitar”, dijo Bader Al-Saif, profesor adjunto de Historia en la Universidad de Kuwait.
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El ataque contra la base aérea catarí de Al Udeid evocó recuerdos de un asalto con drones respaldado por Irán que afectó a instalaciones energéticas de Arabia Saudita en 2019, dejando fuera de combate a la mitad de la producción de petróleo del reino durante un breve periodo. Ese ataque, que sucedió durante el primer mandato de Trump, es citado a menudo por los funcionarios sauditas como el momento en que se dieron cuenta de que la protección estadounidense solo llegaba hasta cierto punto, lo que les empujó a tender la mano diplomáticamente a Irán. Los países restablecieron relaciones en 2023.
Emiratos y Baréin también se han acercado a Irán y es poco probable que el atentado de Catar haga descarrilar ese acercamiento.
“Tender la mano a Irán, pase lo que pase, es la política, es la estrategia, es el rumbo futuro”, dijo Abdulla.
Al mismo tiempo, el atentado muestra la dependencia de los países del golfo respecto a Estados Unidos, una dependencia con la que sus gobernantes no se sienten del todo cómodos.
Hace solo unos años, funcionarios sauditas y emiratíes hablaban de un mundo multipolar y de la necesidad de desarrollar una política exterior más independiente, mientras contemplaban una retirada estadounidense de Medio Oriente. Ahora, está claro que Estados Unidos “ha vuelto a la región de la forma más fuerte posible”, dijo Abdullah.
“Creo que estamos atrapados en el mundo unipolar”, dijo. “Hay potencias emergentes que compiten entre sí, pero Washington sigue siendo quien lleva la voz cantante”.
Ismaeel Naar colaboró con reportería desde Dubái, Emiratos Árabes Unidos, Sanjana Varghese desde Londres y Arijeta Lajka desde Nueva York.
Vivian Nereim es la reportera principal para el Times en la cobertura de los países de la península arábiga. Está radicada en Riad, Arabia Saudita.
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