Publicidad

La degradación de la guerra

Los excesos cometidos por ambos bandos de la lucha en Libia evidenciaron las divisiones de una sociedad con sed de venganza y mucho miedo. Restan muchas preguntas de esta revolución inconclusa.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La cobertura periodística se inició en Bengasi y ciudades del este de Libia en febrero y luego avanzó hacia Trípoli, la capital, en donde hasta el último momento de las revueltas se registraron manifestaciones de apoyo al régimen. No era claro si se trataba de lealtades a Muamar Gadafi o, como lo decían los opositores, de fragmentos sociales manipulados y pagados por el líder libio, quien se resistía a aceptar que estaba siendo acorralado. La derrota del régimen parecía cada vez más cercana como consecuencia de la rebelión armada, que después de siete meses, se negaba a dar marcha atrás con la ayuda controvertida pero innegable de la OTAN.

Los permanentes enfrentamientos en ciudades estratégicas como Sirte, cuna del dictador, hacían imposible hacer el recorrido de Bengasi a Trípoli —aproximadamente mil kilómetros— por tierra. Sólo el 20 de agosto, cuando la toma rebelde parecía inminente, pudimos embarcarnos en un vuelo a Túnez para desde Djerba cruzar Ras Jadir, pasar por Zawya y llegar finalmente la capital libia.

Cuando el Consejo Nacional de Transición (CNT) llegó a Trípoli y se hacían más fuertes los rumores sobre la pronta captura de Gadafi, nos enfrentamos al más cruel escenario de la guerra. Lejos de la victoria rebelde que anunciaron precipitadamente numerosos medios, la ciudad estaba prácticamente entre dos fuegos y la población civil atrapada en medio de ellos. La escasez y el terror comenzaban a ser un grave problema.

En el hotel Rixus, 35 periodistas del mundo permanecían secuestrados por hombres de Gadafi y en el pasillo de entrada del Hotel Corintya, propiedad del régimen, otros reporteros nos amontonábamos rogando por una habitación. La mitad del hotel estaba cerrado, pues los empleados no habían logrado llegar al trabajo por cuenta de los francotiradores que asediaban la zona.

El día que conseguimos alojamiento, el hotel fue atacado. Una bala terminó en la cabecera de la cama de Nicolás, el camarógrafo, y otra terminó en su almohada. Recuerdo haber visto a Herbin Hoyos, de Caracol Televisión, arrastrándose en medio del tiroteo. Gracias a la solidaridad de los colegas logramos recorrer juntos la ciudad y algunas zonas de resistencia, a pesar del escenario en extremo peligroso. Cada noche, todos los equipos periodísticos aparecía con diferentes imágenes e historias de tropas rebeldes o gadafistas que encontraban en fosas comunes, torturados o quemados.

Era la degradación de la guerra, algo que comprendimos mejor cuando visitamos los hospitales de la zona, especialmente el de Abu Salim, en donde no habían terminado de evacuar los cuerpos de 186 pacientes, doctores y combatientes que ahí perdieron su vida. Los relatos de testigos que vieron crueles masacres cometidas por ambos bandos ilustraron las profundas fracturas de la sociedad libia. Las más grandes masacres de esta guerra tuvieron lugar entre el 23 y el 24 de agosto. Según testigos, los soldados del dictador no tuvieron escrúpulos para perpetrar estos crímenes. La sed de venganza de los sublevados también los llevó a cometer excesos. En un grito sordo, el CNT, que aún no se instalaba en la capital por razones de seguridad, pidió terminar con los horrores, pero su credibilidad estaba minada.

Recorrimos el complejo de Bab al Aziziyah, el cuartel militar y residencia del clan Gadafi al sur de Trípoli, saqueada por los civiles. Ese 24 de agosto fuimos testigos de la euforia incontrolable con la que los rebeldes derribaron la estatua del puño de hierro que trituraba un avión militar con las siglas USA, ubicada en el centro de la fortaleza.

La incertidumbre crecía con el paso de los días. A los rumores de dos periodistas heridos por francotiradores o secuestrados temporalmente mientras recorrían la ciudad, se sumó la escasez de agua en el hotel y las zonas aledañas. La temperatura alcanzaba los 36 grados centígrados.

La revolución valiente y civil que conocí antes de que se votara en Naciones Unidas imponer una zona de exclusión aérea y de que la OTAN avanzara hacia su intervención, se veía desde Trípoli cómo un grupo de insurgentes se perdían en una compleja trama llena de odio y rivalidad. Era fácil predecir entonces que, tal y como sucedió en Irak, cualquiera que fuera el destino de Gadafi, aquí sólo se incrementarían las incursiones de hombres armados.

¿Cómo este país iba a confiar, a organizar su futuro inmediato con los líderes del calidoscopio opositor libio, es decir, del CNT, si meses atrás eran activos responsables y defensores del régimen derribado?

Debo aceptar que más que el miedo, me invadía un sentimiento de desolación. Quizás estaba ligado al agotamiento. Una vez fuera de Libia, seguí a través de la televisión la noticia del linchamiento y muerte de Gadafi. Durante días me sumí en una larga reflexión. Quienes estaban a mi alrededor, me recordaban que ninguna revolución se ha hecho en la historia con jazmines y que incluso a los franceses les llevó casi tres décadas concluirla.

Un año después, estas revoluciones inconclusas me llenan de preguntas. Al momento del cierre de esta edición, estaré de nuevo entrando en Bengasi para asistir al aniversario del levantamiento y filmar el cierre del documental Más allá del frente armado. Trataré de entender si estos levantamientos, con sus miles de intereses, manipulaciones, muertos, venganzas y recuerdos, valen la pena y permiten la posibilidad de soñar con un futuro distinto.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido