Publicidad

La guardiana del barrio

El cronista de ‘The New Yorker’ estuvo en Puerto Príncipe justo después del terremoto que sacudió la isla. Radiografía de la tragedia.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En la mañana del lunes 18 de enero salí en compañía de Franz Ewald, un pintor nacido en Haití, con quien conduje desde los cerros del suburbio de Pétionville, donde estaba alojado, hasta Puerto Príncipe. El terremoto había sucedido hacía seis días y la ciudad aún se encontraba sumida en el caos. Los socorristas escarbaban entre los escombros en busca de supervivientes, mientras los residentes merodeaban por las calles buscando agua, alimento o combustible. En Pétionville, una estación de gasolina había abierto sus puertas al comercio esa mañana donde se había formado una larga fila de automóviles; entre los autos se veían hombres y mujeres a pie, que sosteniendo bidones plásticos esperaban ansiosos su turno ante el surtidor.

Una mujer de edad se aproximó a las personas de la fila y cordialmente solicitó ayuda. El cuerpo incinerado de un hombre, que se decía había sido ladrón, se encontraba tendido al otro lado de la calle. Tenía el cráneo aplastado y extrañamente sus piernas estaban dobladas tras de él, a su alrededor se había formado una pequeña montaña de basura. Los transeúntes que pasaban a su lado se cubrían boca y nariz debido al hedor. A pocos metros los jóvenes revendedores de tarjetas de telefonía celular las ofrecían a los autos que pasaban.

Franz y yo viajábamos en su camioneta Toyota negra, no nos habíamos adelantado mucho cuando frenamos para dejar que un grupo de adolescentes cruzara la calle delante de nosotros. Estaban siendo guiados por una joven alta que vestía una túnica blanca sobre una larga falda negra. La seguían como si fuera el Flautista de Hamelín. Unas cuatro o cinco horas más tarde volvimos a ver a la joven y sus seguidores, esta vez en las planicies cercanas al aeropuerto de Puerto Príncipe. Estaba parada en medio de la nube de observadores ubicados fuera de las puertas del aeropuerto, donde un poco más allá del pequeño terminal aterrizaban en la pista los aviones provenientes de la ONU y los Estados Unidos. Nos detuvimos y la llamamos. Sorprendentemente nos respondió en inglés, con un acento sureño.

Nos dijo que se llamaba Nadia François, y venía de Delmas 75, un barrio ubicando a unas cinco millas sobre la colina. Nos dijo que había bajado en representación de un grupo de trescientas personas quienes buscaban ayuda. Nos entregó un papel escrito a mano donde se avalaba su misión, firmada y sellada por un pastor protestante. Nadia había liderado el grupo que había bajado hasta el aeropuerto cuando se habían enterado de que el ejército de los Estados Unidos estaba entregando alimentos.

Le dijimos a Nadia y su grupo —compuesto por nueve adolescentes— que subieran a la parte trasera de la camioneta y nos dispusimos a ir en busca de alimentos. A pesar de los rumores, que habían llevado a cientos de haitianos a reunirse y mirar con esperanza hacia el camino que conducía al aeropuerto, allí no estaban entregando alimentos.

Condujimos hacia un campo cercano donde se veían carpas y provisiones de socorro, marcadas con una docena o más de banderas nacionales, pero no era un centro de distribución de alimentos. Le preguntamos a un “casco azul” dónde podíamos encontrar socorro, pero contestó que no sabía. Alguien nos dijo que estaban entregando alimentos en una fábrica cercana, donde los dominicanos habían establecido una base, por lo cual nos dirigimos hacia allá.

La ayuda más visible y la que primero llegó a Haití provenía del vecino país de República Dominicana. Cuando primero llegué a Haití, al amanecer del 15 de enero, me hicieron pasar la frontera junto con una larga multitud de vehículos portando artículos de socorro. También había un convoy de camiones conducidos por soldados, los cuales llevaban grabado un mensaje que decía que el paquete de ayuda había sido enviado como gesto personal del presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández.

Ahora se desplegaba un enorme esfuerzo de socorro internacional. A diario llegaban equipos de asistencia humanitaria y rescate de todas partes del mundo —España, Francia, Rusia, Israel, Venezuela y Cuba, sin contar a Estados Unidos—. Apareció un grupo de cienciólogos vistiendo camisetas amarillas, al igual que un grupo de la orden de los Caballeros de Malta. Un sinnúmero de toneladas de provisiones habían arribado o venían en camino. Sin embargo, la distribución de alimentos era desordenada, y cada punto se encontraba inundado de multitudes desesperadas. Pancartas y carteles pidiendo ayuda empapelaban la ciudad. Parecía que sólo aquellos que eran pacientes y motivados lograban su cometido.

De Miami a Haití

Nadia se había criado en Miami junto a su familia. Nos dijo que tenía 36 años “casi 37” y que había regresado hace aproximadamente dos años. Le pregunté que por qué había regresado. Con una triste sonrisa me contestó que “había sido mala” y que había tenido “problemas con inmigración”. Durante la semana pasada se había convertido en el principal medio de apoyo para su comunidad. Cada día entraba al centro de la ciudad e intentaba regresar con alimentos y otros elementos esenciales.

En el depósito de alimentos dominicano, un grupo de “cascos azules” peruanos nerviosamente agarraban sus escudos acrílicos y sus rifles de asalto, intentando controlar a la multitud de haitianos que se habían reunido frente a las dos puertas de entrada. Los soldados se veían agobiados y acalorados, y nos gritaron cuando nos aproximamos para poder hablar con ellos, como si se hubieran vuelto sordos con el ruido de la multitud.

Los convencimos de dejarnos pasar, y al entrar nos encontramos con una escena tumultuosa: los camiones entraban y salían, civiles que habían logrado burlar el cerco se mezclaban con la policía haitiana, dominicana y decenas de voluntarios luciendo camisetas amarillas, quienes hacían parte del Ministerio de la Condición Femenina, uno de los legados del presidente populista Jean-Bertrand Aristide. Una oficial del Ministerio se encontraba parada sobre la plataforma de carga, donde los elementos de socorro eran cargados desordenadamente a los camiones.

La ayuda consistía en bolsas plásticas que contenían lo esencial para que una familia sobreviviera durante un día: arroz, harina de maíz, fríjoles, sardinas y salchichas Viena. La oficial lucía un decorativo vestido estampado con pañoleta a juego y grandes lentes oscuros; hablaba intensa y continuamente por su teléfono celular. A su alrededor las discusiones hervían a medida que personas no autorizadas intentaban escabullirse tras la barda para alcanzar los alimentos colocados sobre la plataforma de carga. Una enardecida mujer con un pañuelo en la cabeza entró y comenzó a gritar que quería alimentos. Uno de los soldados la empujó. Ella le gritó y él la empujó nuevamente. El soldado protestó que la mujer había estado allí el día anterior y que estaba robándose las provisiones para luego venderlas.

Un desafortunado coronel del ejército dominicano intentaba supervisar las operaciones. Autorizó a Nadia y su grupo a tomar algo de alimentos y luego apenado les dijo que tenía órdenes de distribuir las provisiones por intermedio del gobierno de Haití, y que por lo tanto no las podía llevar directamente a las personas en la ciudad. Nos llevó hacia donde se encontraba la oficial del Ministerio, quien momentáneamente se alejó el celular de la oreja para escuchar nuestro caso. Miró a Nadia severamente, asintió y siguió hablando por celular.

Cargamos 70 u 80 bolsas en la parte trasera de la camioneta, las aseguramos con una malla plástica amarilla de carga y nos dirigimos hacia la puerta de salida. Afuera encontramos que la multitud había crecido y que los soldados estaban aún más agitados. Nos gritaron que nos apresuráramos y que no nos detuviéramos porque las personas nos atacarían para obtener los alimentos que llevábamos.

Publicidad

Aceleramos a fondo y pasamos la multitud; en nuestro camino hacia las colinas condujimos con cuidado por calles secundarias. Unas millas más adelante nos detuvimos frente a una calle de clase media bordeada con árboles donde en una curva se veía un espacio entre las casas. Un rudimentario toldo hecho de lonas y sabanas cubría el espacio y debajo de este se encontraba un gran número de mujeres y niños, viviendo sobre colchonetas colocadas en el pavimento.

Bienvenido a Fidel

Al final del toldo terminaba la calle y el piso caía de repente. Abajo, en un barranco de 20 ó 30 pies de fondo y unos 100 pies de largo se encontraba Fidel —en honor a Fidel Castro—, como era conocida la comunidad de Nadia, donde ella y 300 personas más vivían. (Delmas 75, se refería a la calle que pasaba junto al barranco y aparecía en los mapas de la ciudad. La comunidad de Fidel como tal no aparecía en ningún mapa). Se encontraba dentro del lecho de un río, seco y pedregoso, geométricamente organizado con viviendas construidas de hojalata y bloques de cemento. Una de ellas era su casa, una estructura de bloque de 12 pies cuadrados que había alquilado por el equivalente de US$300 al año.

Publicidad

La mayoría de los residentes de Fidel se habían trasladado a la calle para dormir bajo el toldo. Estaban aterrorizados por las continuas réplicas, y no querían que otro terremoto fuera a encontrarlos dentro del barranco. Nadia me mostró una sección de piedra y cemento que se había derrumbado al final del barranco; a través de los escombros pude ver un complejo residencial en desarrollo. Nadia dijo que los residentes de Fidel habían pedido al constructor que no colocara la pared tan cerca al borde del barranco, pero los había ignorado. Durante el terremoto una sección de la pared había colapsado sobre una de las vecinas de Nadia, golpeándola en la cabeza y matándola.

Parada junto a la camioneta, Nadia pidió ayuda a gritos y muy pronto un grupo de niños y hombres jóvenes aparecieron para llevar las bolsas de alimentos hacia una rudimentaria iglesia protestante, la Église Pancotista Sous Delovy. Construida dentro del barranco, la iglesia estaba hecha de hojalata corrugada y estaba pintada en azul y rosa. El altar y las bancas se encontraban bajando unas empinadas escaleras hacia lo que parecía ser un viejo pozo. Mientras que Nadia daba instrucciones a los jóvenes, apareció el pastor Jean Vieux Villers, quien prometió distribuir los alimentos equitativamente dentro de la comunidad; todos estuvieron de acuerdo.

Publicidad

Según Verner Lionel, uno de los vecinos de Nadia, Fidel fue fundado hace 32 años, cuando se desarrolló la parte alta del barranco. Lionel era considerado el líder en Fidel, ya que a sus 52 años era el hombre más viejo allí. Como muchos otros de los habitantes de Fidel, de vez en cuando trabajaba en el sector de la construcción y hacía oficios varios. Había llegado a mediados de los años setenta como trabajador de una constructora, una mujer llamada Prosper, quien le había permitido construir un rancho en el barranco. Dijo “mi casa fue la primera”.

Los amigos y familiares de Lionel que vivían en el campo lo siguieron al barranco, y luego llegaron más personas. Según los cálculos de Nadia, hoy en día aproximadamente 860 personas viven allí. Las familias haitianas son numerosas; las agencias internacionales estiman que cada una cuenta con cinco o seis miembros de familia, y algunas son más grandes aún. De los casi nueve millones de habitantes que tiene el país la mitad cuenta con menos de 18 años.

Publicidad

Nadia señaló al grupo de madres, niños y bebés que se encontraban bajo el toldo y dijo que algo debía hacerse por ellos. En tono despectivo dijo, “lo que pasa es que estos haitianos no saben qué hacer”. El problema más inmediato radicaba en que los habitantes de Fidel solían comprar el agua de un camión cisterna, pero éste no había aparecido desde el terremoto del 12 de enero, y ya no había fácil acceso al suministro de agua.

(Este es un problema generalizado; inclusive antes del terremoto la mitad de la población de Haití no tenía acceso regular al servicio de agua) Tampoco había alimentos ni medicinas, dado que no había trabajo y nadie tenía dinero ahorrado. Estas personas se encontraban en una situación de pobreza, al igual que muchos de sus compatriotas, Nadia incluida. Vivían por debajo de la línea de pobreza y lo llevaban haciendo desde mucho tiempo antes del terremoto.

Publicidad

Desde 1804, cuando se independizó de Francia, Haití ha estado en una lucha constante. Es el país más pobre del hemisferio occidental, un 78% de la población vive con menos de US$2 al día, y un 54% con menos que eso. Los productos de exportación tradicionales como el café y el azúcar han colapsado, y el sector manufacturero ha estado en declive desde hace décadas. Ha vivido revueltas, violencia aterradora, y confrontaciones políticas deprimentemente constantes, dirigidas sucesivamente por déspotas y ladrones: Papa Doc, Baby Doc y el cura Aristide.

Para completar, Haití parece ser la víctima predilecta de la madre naturaleza. Entre los meses de junio y octubre sufre de inclementes tormentas y huracanes; en el verano de 2008 únicamente, fue azotado por la tormenta tropical ‘Fay’, el huracán ‘Gustav’, la tormenta tropical ‘Hanna’ y el huracán ‘Ike’, los cuales en conjunto dejaron a más de 800 mil personas sin hogar, y afectaron seriamente la infraestructura del país.

Publicidad

Haití depende en una gran medida de la asistencia internacional, pero de este dinero poco contribuye al desarrollo sostenible, y en ocasiones dicha asistencia ha sido retirada por motivos políticos. La mayoría de empleos se generan en el sector de agricultura; pero dado que las exportaciones han caído sustancialmente, cada año unos 100 mil haitianos migran del campo hacia Puerto Príncipe. La mayoría encuentran trabajo en el sector “informal”, como jornaleros, botones, lustradores y vendedores ambulantes. Ahora estos empleos tampoco existen.

Un día Franz y yo condujimos frente al cementerio de Puerto Príncipe camino a la oficina central de la policía judicial, un pequeño edifico de bloque cercano al aeropuerto, donde temporalmente se habían instalado las oficinas gubernamentales de Haití. Había cuerpos por toda la ciudad —sobre las acercas o en medio de las avenidas— y en las oficinas, tanto el alcalde de la ciudad como el director del Ministerio de Salud me informaron que estaban haciendo lo posible para recogerlos.

Publicidad

Para efectos prácticos, la labor principal del gobierno se había convertido en recoger y deshacerse de los cuerpos. Jean-Max Bellerive, el primero ministro de Haití, me dijo que más de 70 mil cuerpos habían sido recogidos por buldóceres y camiones de carga, y habían sido enterrados en cuatro fosas comunes, ubicadas tanto dentro como fuera de la ciudad. El cementerio central había sido designado como uno de estos lugares.

A medida que nos aproximamos a nuestro destino por entre un agujero en la pared vi tres cuerpos tendidos boca abajo en el suelo. Dos de ellos parecían mujeres, una de ellas una jovencita. Los otros cuerpos que había visto alrededor de Puerto Príncipe habían estado hinchados y ampollados por el calor. Estos eran cuerpos frescos, sin heridas visibles. Me recordaban las fotografías que había visto de las víctimas de los escuadrones de la muerte en el Salvador. Un olor insoportable permeaba el ambiente, incluso dentro de la camioneta.

Publicidad

Tendido junto a la pared del cementerio se encontraba un hombre joven, empapado en sangre de los pies a la cabeza; a su alrededor se había formado un charco de sangre. Se encontraba tendido sobre el costado, apoyado en un codo para poder sostener la cabeza en sus manos. Sobre su cabeza había un aviso de un rojo brillante anunciando teléfonos celulares marca Nino, y junto a éste, un crucifijo repujado dentro de un círculo. Franz dijo, “creo que aún está con vida”. Varias personas se acercaron al separador para observarlo. Uno de ellos dijo, “Es un ladrón. La policía lo ejecutó y lo dejó aquí tirado. A esos también. Eran ladrones”, añadió señalando a los otros cuerpos.

Durante el terremoto cientos de prisioneros habían escapado de la penitenciaría nacional, la cual estaba ubicada a sólo unas pocas cuadras del Palacio Presidencial y del cementerio. Dentro de los fugitivos se encontraban criminales habituales y algunos de los más violentos jefes de banda de Puerto Príncipe. Miles de saqueadores, según los reportes, se habían tomado la Grand Rue, la principal zona comercial, entre otros lugares en la ciudad.

Publicidad

Dado que la fuerza policíaca también había sufrido bajas por causa del terremoto, perdiendo hasta la mitad de sus miembros, ésta se encontraba en serios problemas para responder a las necesidades de la comunidad. Escuché reportes que hablaban de policías disparando a ladrones, y de saqueadores asesinados por pandillas ciudadanas. En el lugar donde me hospedaba se escuchaban disparos en la noche, e inclusive comenzaron a surgir rumores que hablaban de secuestros nocturnos, en los cuales robaban a los bebés de quienes dormían en las calles para luego venderlos en adopción. Un día vi a un hombre amarrado a un poste, asesinado a punta de machete y piedra.

De repente el hombre de la acera se movió; varias veces su pecho se hinchó lentamente. Al final de la calle apareció un buldócer amarillo, un hombre de ruda apariencia caminaba delante de éste, dando indicaciones para que se dirigiera hacia los tres cuerpos tendidos entre la grieta de la pared. Ruidosamente emanando humo, el buldócer los levantó en su pico de hierro, y mediante varios movimientos violentos los rodó hacia un montículo de tierra amarilla ubicada a unos quince pies de la grieta. En pocos minutos los cuerpos habían desaparecido.

Publicidad

El buldócer se aproximó a la acera, bajando su pico, pero antes de levantar al herido llegó el operador, quien al ver al hombre vivo aún, hizo señas para que la máquina continuara su camino. A medida que el buldócer se alejaba y el ruido disminuía nos acercamos al operador para preguntarle qué pensaba hacer con el hombre herido. Contestó, “sólo respondo por los muertos”, y siguió caminando.

 Este texto fue publicado en su versión original en inglés en la revista ‘The New Yorker’.  Espere mañana la segunda entrega: “En busca de ayuda”.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido