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Antes de ser confiscada por el régimen del expresidente zimbabuense Robert Mugabe, la granja de Monte Carmelo contaba con 500 reses y vendía mangos y limones a Europa. Diez años después quedan 15 vacas y un huerto invadido por la maleza.
«Es una tierra formidable, actualmente inexplotada», constata Ben Freeth, el expropietario blanco expulsado en 2009, tras una campaña de terror dirigida por las autoridades.
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«Antes teníamos un vergel, ahora es un bosque», afirma indignado uno de sus exempleados negros, Sinos Mlauzi. «Cuando oí que Mugabe se había muerto me alegré», añade mostrando una cicatriz que tiene en la cabeza como resultado de los actos violentos de 2009. «Nos confiscó nuestro medio de subsistencia», subrayó.
Monte Carmelo y sus 1.200 hectáreas, cerca de Chegutu, son la sombra de lo que eran. En un hangar hay dos tractores desmontados, En el patio, el parabrisas de una camioneta acribillado a balazos. De la mansión de los Freeth quedan las ruinas de ladrillos rojos y el fondo de una piscina, en tanto testigos del pasado glorioso de la propiedad.
«Durante seis meses fue un infierno», recuerda Ben Freeth, de 50 años, en el jardín de su casa de Harare. Partidarios de Robert Mugabe «reventaron la puerta de la casa y arrastraron neumáticos en llamas. Golpeaban bidones alrededor de la casa. Amenazaban a mis hijos», rememora.
Catástrofe agraria Varios empleados fueron golpeados con barras de hierro. Él y sus suegros sufrieron heridas graves. Y el 30 de agosto de 2009, cuando volvían de la iglesia, se encontraron con la casa en llamas.
La reforma agraria lanzada en 2000 por el régimen estaba destinada oficialmente a corregir las desigualdades heredadas del pasado colonial. Hace 20 años, el 18% de las mejores tierras eran propiedad de blancos, que representaban menos del 1% de la población del país. Fracasó, provocando el derrumbe de la producción agrícola y sumiendo al país en una crisis económica sin fin.
«Tenemos el mejor clima del mundo y no somos capaces de alimentar a nuestra población», lamenta Ben Freeth. Un tercio de los zimbabuenses depende de la ayuda alimentaria, según la ONU.
Personas del entorno de Mugabe y campesinos sin cualificación ni equipamiento acabaron al frente de cientos de granjas. Monte Carmelo fue confiada a Nathan Shamuyarira, un colaborador del expresidente.
Antes de la invasión, 150 personas trabajaban a tiempo completo en Monte Carmelo. Ahora, unas 10, según el capataz Simon Shema. «Nosotros los negros, no teníamos ningún sitio para producir. Mugabe nos dio la oportunidad de cultivar», se alegra el sexagenario, que asistirá el sábado al funeral «para agradecérselo».
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De aquí a dos meses, la granja funcionará, asegura el capataz en medio de máquinas con las ruedas pinchadas. Habremos plantado pimentón, guisantes, maíz. Y exportaremos mangos. «Empezaremos de a poco».
Educación robada Los exempleados de Ben Freeth llevan diez años intentando subsistir. «Llevábamos una buena vida, ya no tenemos nada, ni siquiera para comer», afirma Peter Assan, de 62 años.
«Desde que se fue el granjero blanco, mis hijos tuvieron que dejar de ir al colegio», por falta de dinero para pagarlo, añade. «Mugabe les robó la educación», asegura.
«La reforma no permitió alcanzar el objetivo buscado», agrega Sinos Mlauzi, «y Mugabe hizo huir a los granjeros que producían». De los aproximadamente 4.200 granjeros blancos censados en el país en 2000, sólo 400 siguen a cargo de sus tierras en Zimbabue, según Ben Freeth.
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A finales de 2017, la caída de Robert Mugabe, obligado a dimitir bajo la presión del ejército, provocó esperanza entre los agricultores blancos y sus obreros. Por ahora todo ha quedado en agua de borrajas.
Su sucesor, Emmerson Mnangagwa, prometió impulsar la economía pero «los precios se disparan», constata Sinos Mlauzi.
La muerte de Robert Mugabe «es un no acontecimiento», añade Ben Freeth. «Porque su herencia está muy viva, una herencia de injusticia, de poder absoluto y de violencia», añade ante una cruz plantada en su jardín en homenaje a su suegro, enterrado en una granja a la que él tiene prohibida la entrada.