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Las autoridades surcoreanas aislaron en cuarentena a miles de integrantes de una iglesia protestante de Seúl, tras la aparición de varios focos de contagios del nuevo coronavirus en comunidades religiosas en este país. El principal foco de los nuevos contagios, según las autoridades, se encuentra en la iglesia Sarang Jeil en Seúl (la Iglesia del Amor Máximo), donde se detectaron 315 casos y aislaron en cuarentena a 3.400 miembros de esta comunidad, indicaron este lunes las autoridades.
Uno de cada seis fieles de esta iglesia, dirigida por un polémico pastor que fue una de las figuras de las protestas contra el presidente Moon Jae-in, fue diagnosticado positivo de COVID-19, precisó el ministro adjunto de Sanidad surcoreano, Kim Gang-lip.
“¡Han atacado nuestra iglesia con el virus!”, vociferaba el pasado sábado su líder, el pastor Jun Kwang-hoon, en una marcha en el centro de Seúl convocada para protestar contra el Gobierno liberal del presidente Moon Jae-in.
«¡Pese a no tener síntomas, (las autoridades) me han pedido que me ponga en cuarentena para no venir aquí hoy!», prosiguió ante la algarabía generalizada de sus seguidores.
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Tres días antes, los primeros feligreses de esta iglesia situada en el norte de Seúl, entre los que abundan las personas mayores de 50 años, habían comenzado a dar positivo en las pruebas de COVID.
Las palabras del reverendo en la manifestación ilustran perfectamente la cruzada que encabeza y en la que se ha embarcado su rebaño del Amor Máximo (unos 4.000 miembros) y miles de fieles de otras congregaciones protestantes surcoreanas que le siguen incondicionalmente.
Todos parecen ver en sus mensajes -cargados de machismo y odio hacia las comunidades musulmana y LGTBI, el actual Gobierno y cualquier formación de izquierda- la clave para la «salvación del país», que pasa por hacer caer a Moon Jae-in, al que consideran un «espía norcoreano» amigo de China, deseoso de regalar el Estado a los comunistas.
Los medios apenas comenzaron a fijarse en este pastor presbiteriano de 64 años y fan declarado de Donald Trump en el verano de 2019, cuando quedó patente su capacidad de convocatoria en las masivas protestas que exigieron la dimisión, por supuesta corrupción, del exministro de Justicia del Gobierno Moon, Cho Kuk.
Desde febrero, cuando estalló el primer gran brote de coronavirus en Corea del Sur, Jun ha desafiado insistentemente la prohibición de organizar grandes manifestaciones o servicios religiosos sin distancia social.
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Entre medias han quedado las imágenes de los fieles de Amor Máximo enfrentándose a la policía para poder participar en los servicios del domingo, caracterizados por un histriónico fervor.
También la acusación formal contra el reverendo, que está a la espera de juicio, por difamar a Moon y violar la ley electoral tras haber solicitado en un acto público el voto -para el principal partido conservador- fuera del periodo de campaña.
A sus discípulos no les importa que las afirmaciones de Jun -en relación al virus, ha dicho que lo ha «plantado» el Gobierno en su iglesia, que las autoridades falsean tests para condenarlos ante la opinión pública o que asistir a sus manifestaciones cura la COVID- carezcan de base o se contradigan: la única meta es derrocar a Moon.
«Jun representa lo que yo llamaría el ala «ultraconservadora» (del protestantismo surcoreano), pero tiene verdadero poder y verdaderos seguidores incluso fuera de su iglesia», cuenta por correo electrónico a Efe el italiano Massimo Introvigne, fundador y director del Centro para el Estudio de Nuevas Religiones (CESNUR).
«Este ala considera al catolicismo como una ‘herejía’ y ha defendido un anticomunismo extremo que recuerda a la década de 1950», añade.
Dos días después de la manifestación, los casos ligados a Amor Máximo ya se estaban disparando y Jun daba positivo por el virus.
A raíz del brote, el barrio donde se sitúa la iglesia parece haberse convertido en una zona de guerra.
Al hecho de que el distrito haya decidido demoler buena parte de la zona para reurbanizar se unen los cordones de seguridad impuestos por las autoridades sanitarias y las propias barricadas que han montado los «amigos» de la iglesia para que nadie se acerque.
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Así se autodenominan los hombres y mujeres que defienden, walkie talkie en mano, este perímetro erigido a base de camiones atravesados en las calles que conducen al templo, pancartas de protesta y hasta alambre de espino.
Todos se niegan a dar su nombre más allá de asegurar que son pastores en otras iglesias, aunque sí se muestran dispuestos a condenar a Moon y a su Gobierno.
Uno de ellos advierte a Efe que hasta él «lo haría mucho mejor que Moon», que las autoridades «son comunistas y los comunistas siempre mienten» y que «si esta iglesia desaparece, significará el hundimiento de este país».
A día de hoy, el brote de Amor Máximo suma más de 700 infecciones repartidas por todo Corea del Sur y, al menos, una veintena de personas no ligadas a la iglesia que estuvieron en las protestas se ha contagiado.
Para alegría de algunos, el Gobierno central ha prometido mano dura contra la iglesia.
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Otro temen que las medidas para frenar el mayor brote al que se enfrenta la capital surcoreana acaben interpretándose como una persecución política contra Amor Máximo que le haga ganar más adeptos, incluyendo miembros del principal bloque conservador, el Partido del Futuro Unido, de momento dividido en torno a la controvertida figura de Jun.
De cualquier modo la iglesia parece haber logrado embarrar lo suficiente la lucha contra el virus en un momento en el que el Ejecutivo tampoco atraviesa su mejor época en cuanto apoyo popular.
En ese sentido, el diagnóstico de Introvigne parece dar en el clavo cuando asegura que Jun y sus huestes “resultan mortíferos para el presidente Moon”.