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La cumbre de la Unión Africana (UA), celebrada la semana pasada en Etiopía, comenzó con un rumor: la presidencia del grupo sería asumida por un dictador. El secretismo que envolvió la decisión hizo que la versión tomara fuerza. Más de veinte líderes continentales se reunieron a puerta cerrada para decidir el reemplazo de Jakaya Kikwete, presidente de Tanzania, quien había asumido el liderazgo un año atrás. El runrún se hizo realidad con el paso del reloj.
Horas después el elegido subió al atril para pronunciar su primer discurso. “Espero que mi mandato sea una época de arduo trabajo y no sólo palabras”, dijo Muammar Gadafi tras ser escogido como presidente de la unión para el próximo año.
Fue una noticia que no cayó muy bien entre los asistentes. Sólo unos cuantos mandatarios africanos acudieron a la entrega de mando y escucharon el objetivo que buscará Gadafi durante su período: los Estados Unidos de África.
“Creo que su tiempo ha llegado. Él ha trabajado por ello y ahora depende de nosotros que ese sueño se haga realidad”, declaró Ellen Johnson Sirleaf, presidenta de Liberia, a la agencia AP.
Sin embargo, la unidad que persigue el libio no es compartida por los líderes de la región. El presidente ugandés Yoweri Museveni, antiguo aliado de Gadafi, fue el primero en criticar los alcances de su plan, mientras la prensa africana reveló que Camerún y Egipto se opusieron desde el principio a su elección.
“Elegir como cabeza de la UA a un hombre que no comulga con la democracia, los Derechos Humanos y la conducta civilizada, es el último clavo en el ataúd de este continente olvidado por Dios”, escribió Gawaya Tegulle en su columna semanal del diario Daily Monitor, de Uganda. Por si fuera poco, el periódico keniata The Standard publicó una declaración del ministro de Exteriores de Botsuana, Phandu Skelemani, en las que califica la propuesta libia de “loca idea”.
En Occidente, la designación de Gadafi fue bien recibida. Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, presente en la cumbre de Etiopía, lo felicitó y conminó a trabajar por la paz del continente, sobre todo en el caso de Darfur y la crisis política que estalló esta semana en Madagascar.
Su actitud ilustra muy bien el cambio de actitud de las potencias mundiales hacia el libio, dos décadas después de que fuera condenado y sancionado por patrocinar el terrorismo.
La odisea del niño malo
Antes de cumplir 20 años, Muammar Gadafi había decidido que lideraría una revolución. En el desierto de Sirte formó un grupo de fieles seguidores que juró cambiar los destinos de su país. La inspiración para los futuros golpistas era Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio que tenía como bandera la unión de todos los árabes.
Tras recibir el diploma de bachiller, ingresó a la academia militar de Benghazi. En menos de seis años alcanzó el grado de capitán y, aprovechando un quebranto de salud del rey Idris I, tomó el poder mediante un golpe de Estado. Entonces, dio rienda suelta a la revolución que durante tantos años había planeado.
“La oposición de Gadafi a Occidente no es un fenómeno aislado y sin fundamento. Cuando se estudia la historia de Libia, se puede argumentar que su revolución es el resultado de la frustración de un pueblo que, históricamente, había sido explotado y saqueado no sólo por la monarquía, sino también por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos”, sostiene Jerónimo Delgado, director del Centro de Estudios Africanos de la Universidad Externado de Colombia.
Ya en el poder instauró el socialismo islámico. La base de su nuevo sistema, la jamahiriya, serían los consejos populares, una serie de comités locales y provinciales por los que pasa cada decisión del Estado, liderados por el Congreso Nacional del Pueblo. Gadafi figura como líder de la revolución.
Con los ingresos del petróleo, el ahora coronel dio rienda suelta a su proyecto panarábico. Primero, buscó la creación de una confederación islámica con los gobiernos de Egipto y Siria que no progresó por diferencias internas; luego, intentó la unión con su vecina Túnez, pero pudo más la desconfianza y animosidad entre ambas naciones. Para entonces, 1972, entendió que su proyecto debía ir más allá de la diplomacia.
Un año después el ejército libio anexionó la franja de Aouzou e invadió Chad. Tras 14 años de hostilidades, Libia aceptó su derrota (los chadianos recibieron el apoyo de Zaire y Francia) y decretó un cese al fuego unilateral. El conflicto cobró la vida de cerca de 9.000 civiles de ambas nacionalidades.
Eran los años 80 y Gadafi había dejado de lado la unión de todos los árabes para perseguir la unidad del continente. En su proyecto, sin embargo, se interponía un obstáculo: Occidente.
Los años siguientes determinaron el rumbo de la política exterior libia. “Apoyó a movimientos antioccidentales y antiimperialistas en Asia, África, Europa y América Latina, como el M-19, el Túpac Amaru, el Movimiento Moro en Filipinas, los Tupamaros en Uruguay y el IRA en Irlanda del Norte”, enumera Jaramillo.
Los servicios de inteligencia estadounidenses tenían pruebas de su participación en la masacre de atletas israelíes durante los Olímpicos de 1972, la explosión de una discoteca en Berlín, el asesinato en Londres de una funcionaria británica y el apoyo a los iraníes durante la guerra con Irak.
El presidente Ronald Reagan no resistió más su prontuario, ni la alianza con los soviéticos, y atacó. En 1986 aviones norteamericanos bombardearon el palacio de Gadafi en Tripoli, matando a su hija adoptiva. En respuesta, agentes libios estallaron un avión de la aerolínea PanAm sobre Lockerbie, Escocia, incidente que desembocó en fuertes sanciones y el ostracismo de Libia.
“Los años siguientes fueron determinantes para el régimen. El embargo hizo que la economía basada en el petróleo tuviera una considerable recesión por la imposibilidad de exportar. Gadafi pone, entonces, su proyecto político nacional y su economía por encima de su política exterior y cambia por completo su discurso”, explica Jaramillo.
La trasformación total se evidencia en el nuevo siglo. En el marco de la guerra contra el terrorismo, Gadafi condenó a la red terrorista Al Qaeda, indemnizó a las víctimas de sus atentados y depuso su arsenal militar. A cambio, Occidente perdonó su pasado y reestableció relaciones diplomáticas y comerciales.
De eso dio fe, en 2006, el embajador británico Anthony Layden: “Casi 40 años de control total de la economía generó caos. Ese dilema hizo que el coronel Gadafi decidiera un cambio radical en su política”.