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Si suele decirse que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, en el caso de Cristina Fernández de Kirchner, la presidenta de la República Argentina, la frase debe leerse de forma inversa. Porque en las sombras de sus decisiones siempre estuvo Néstor Kirchner, su esposo, su compañero, el líder de un gigantesco aparato político, el ex mandatario fallecido el miércoles. Entonces, muerto el rey, todos se preguntan cómo será el futuro de la reina. Porque Cristina ejecutaba el poder con total legitimidad. Sin embargo, Néstor era el jefe virtual, el verdadero estratega.
Todavía no se habían terminado de despedir sus restos en la Casa Rosada y ya se tejían especulaciones. En medio de un profundo luto, conmovida por una situación inesperada, en el propio seno del kirchnerismo y la oposición se vislumbraba el plan post mortem. Porque Kirchner era el máximo referente del peronismo, el partido con mayores adeptos en el territorio argentino. Así veían todos al ex presidente. Incluso aquellos que decidieron abrirse de su influencia para alistarse en una suerte de justicialismo disidente.
Como una ‘Dama de hierro’
Y a pesar de las críticas que recibió durante este último tiempo, en especial por su estilo confrontativo y su constante guerra contra los medios independientes, Kirchner manejaba todo. Desde las alianzas hasta las estrategias políticas. Conducía con cintura, como un boxeador experto, inteligente para esquivar los golpes. Ni un paso daba Cristina sin consultar a su esposo, ese abogado que la conquistó con su forma de hablar en la Universidad de La Plata, provincia de Buenos Aires, en la década del 70.
En todo momento la Presidenta intentó mostrarse firme. Permaneció estoica frente al cajón cerrado de su marido la mayor parte de las 26 horas que duró el velorio en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos del Palacio de Gobierno. En algunos momentos no pudo contener el llanto. Sin embargo, no se le vio totalmente quebrada. Y esa imagen no es casual. A pesar del dolor profundo, desde su entorno le recomendaron que se dejara ver fuerte, impertérrita, como si se tratara de una auténtica ‘Dama de hierro’.
Esa impronta se busca de una mujer que, sin proponérselo, quedó en el medio de dos de las esposas del general Juan Domingo Perón, el mayor exponente del Partido Justicialista, el iniciador de una corriente que adoptó su apellido por su forma de construir política. Entre Evita e Isabel, Cristina debe empezar a encontrar su propio rumbo sin la piedra basal de su carrera, que no era otra que su propio marido. Por su discurso, su entonación y su enfoque puesto en quitarles a los ricos para compensar a los pobres, muchos la comparan con la primera esposa de Perón, Eva Duarte.
De hecho, las demostraciones de afecto que recibió durante el velorio en la improvisada capilla ardiente de la Casa Rosada las acerca aún más en imagen y semejanza. La clase baja, la que menos tiene, los humildes, acompañaron con congoja a esa Presidenta que les devolvió las esperanzas con su propuesta de redistribución de la riqueza. La coyuntura la equipara con María Estela Martínez de Perón o Isabelita, tal cual era su nombre artístico en sus comienzos de bailarina. Porque aunque la viuda de Perón sucedió al fallecido Presidente, Cristina también tiene por delante la misma misión: llenar el vacío de poder que dejó su marido.
Porque aunque Cristina Fernández ha dado sobradas muestras de carácter y determinación en su desempeño político, no cabe duda de que Néstor Kirchner siempre estuvo allí, aconsejando, apoyando y discutiendo. A ella no le importó quedarse sola en el Senado enfrentándose a su propia bancada. Tampoco vio problema en afrontar una campaña electoral presidencial que sabía iba a ser duramente atacada por ser la mujer del Presidente. Más recientemente, dio una muestra de entereza cuando asumió las grandes derrotas políticas, como la llamada “guerra del campo”, donde le dio la espalda hasta su mismo vicepresidente.
Temperamental, de carácter impulsivo, Cristina deberá lidiar con los sectores políticos que dominaba Kirchner. Y a pesar de la lealtad de sus ministros, ninguno es un referente con peso específico. Entonces, ese lugar vacante que la muerte le robó al ex presidente de la Nación será un banquete que muchos pretenderán comer.
La tentación del poder
Y uno de los primeros en sentarse a la mesa es Hugo Moyano, cacique de la CGT (Confederación General del Trabajo). Aliado de Kirchner, es mirado de reojo por Cristina. Ambicioso, tiene el dominio sindical en el país. De hecho, fueron los laderos nucleados por el dirigente gremial los que invadieron Plaza de Mayo con sus bombos y banderas. Los mismos que tapizaron el estadio Monumental de Núñez hace dos semanas, una prueba de que las pretensiones de poder que ostenta Moyano son grandes.
No es el único que las tiene. Daniel Scioli, vicepresidente durante la gestión de Kirchner, gobernador de la provincia de Buenos Aires, tampoco esconde sus anhelos. De perfil bajo, conservador, este ex piloto de off-shore, puede quedar bien parado de cara a las próximas elecciones presidenciales en el país, que se llevarán a cabo en octubre del año próximo.
El canciller Héctor Timerman, uno de los más íntimos colaboradores de la Presidenta, jugó una ficha fuerte en pleno velorio, antes de que Cristina tomara un avión rumbo a Río Gallegos, Santa Cruz, la ciudad donde nació Kirchner hace sesenta años.
“Cristina se va a presentar a las elecciones y las va a ganar, sin ninguna duda”, disparó el diplomático, junto al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, mano derecha de la jefa de Estado. Lo hizo con excesiva confianza. Al fin de cuentas, un sello de la gestión Kirchner, que no reconoció el fuerte avance de una oposición con mayoría en el Congreso, fogoneada por el vicepresidente Julio Cobos, un “traidor” para Cristina, Néstor y sus allegados. A tal punto que desde el gobierno le pidieron que se abstuviera de asistir al adiós que se le brindó en el edificio de la calle Balcarce.
La apuesta de Timerman es clara: instalar a Cristina como principal candidata tras el fallecimiento de Kirchner, a quien todos apuntaban como el postulante natural a buscar la reelección. Algunos kirchneristas coincidieron en que Cristina Fernández crecerá en las encuestas, tendrá una importante tregua política, cosechará admiradores donde no los tenía y saldrá adelante.
Quizá su sostén sea el heredero de Néstor, su hijo Máximo, quien hasta hoy se mantuvo alejado de la arena política, más allá de que participa del movimiento juvenil La Cámpora. Dedicado a manejar las finanzas de la familia, muchos lo observan como un potencial sucesor de ese padre que lo alentaba a seguir sus pasos. Curiosa parábola de la muerte, de la herencia de Kirchner puede resultar el nacimiento de otro país.
Una vida juntos
Néstor Kirchner y Cristina Fernández se conocieron en 1973 en los pasillos de la Universidad de Derecho de La Plata. Cristina contó alguna vez que Néstor la sedujo con su locuacidad, tras la ruptura con su primer novio, un jugador de rugby. Los amigos de ‘Lupo’, como le decían a Néstor, no podían creer en la buena suerte del ‘flaco’ para enganchar a una de las chicas más lindas de la facultad. El romance comenzó el 21 de septiembre de 1974, un día de celebraciones estudiantiles por el comienzo de la primavera. Se casaron a los pocos meses, en mayo de 1975. En 1976, en plena dictadura, se instalaron en Río Gallegos. Allí forjaron una carrera como abogados, un patrimonio económico importante y una familia con dos hijos, Máximo y Florencia. Luego saltaron a la escena nacional y Néstor accedió a la Presidencia.