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Mientras las fuerzas leales al régimen combatían contra los opositores en la ciudad de Ras Lanuf (noreste), los ministros de Defensa de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se reunían para discutir la situación de la nación africana y poner sobre la mesa el tema que hasta ahora ha copado la semana: una eventual intervención militar a favor de los reprimidos a sangre y fuego, adversarios de Gadafi. Al terminar el encuentro, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, anunció que la organización reforzará la presencia naval cerca de la costa libia con el fin de hacer efectivo el embargo de armas impuesto por la ONU. Frente a una eventual intervención militar, Rasmussen declaró que están listos para actuar, pero para ello sería indispensable “aclarar las bases legales” sobre las que se soportaría el ataque. El secretario general aseguró que para establecer una zona de exclusión aérea en Libia (una maniobra destinada a impedir el uso de la fuerza aérea de un país) sería necesario el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. La acción demandaría un operativo armado para destruir las baterías antiaéreas y los radares nacionales y así evitar los bombardeos desde el aire contra los rebeldes. El tema de la exclusión aérea fue tratado en la comisión de defensa del Senado de Estados Unidos. El jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia estadounidense (DNI), James Clapper, asistió a una audiencia en la cual señaló que el sistema antiaéreo para la defensa en poder de Libia es “bastante importante”, con un gran número de lanzamisiles portátiles, el segundo más poderoso de Oriente Medio después del egipcio. Saif al Islam Gadafi, hijo del líder libio, reiteró una vez más, en una entrevista con las cadenas BBC y Sky, que el gobierno no se rendirá: “Si quieren apoyar la milicia, lo pueden hacer. No estamos asustados de la flota estadounidense, de la OTAN, de Francia o de Europa”.