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La sed de venganza como aliada

El relato de Jon Lee Anderson sobre la situación actual en Irak penetra en las alianzas tácitas de las fuerzas estadounidenses con combatientes locales de dudosa reputación. En Irak, también, parece haber campo para que opere aquello de que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo".

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El capitán Jon Brooks, comandante de la Estación de Seguridad Conjunta Thrasher, y sus hombres realizan redadas varias veces a la semana, por lo regular después del anochecer. Son el resultado de las llamadas de residentes a una línea caliente, manejada 24 horas por intérpretes iraquíes, conocidos cono Terps. Durante las patrullas diarias los hombres del capitán Brooks entregan volantes con el número telefónico de la línea caliente. “Les decimos: ‘si alguien los amenaza, llamen’”.

Las patrullas pedestres son clave. Es diferente cuando ves a alguien caminando en la calle, cuando ves una cara”, dice Brooks. “Como Comandante lo encontré divertido; lo primero que tuve que decirles a mis hombres fue que salieran y caminaran”.  

Una noche acompañé a Brooks y sus hombres a una redada. La habían llamado Operación ‘Chuleta de Cordero’, porque el objetivo principal era un hombre con mucho vello facial. Condujimos desde Thrasher en un vehículo de lucha Bradley. Para facilitar su comprensión, los estadounidenses han sobreimpuesto su propio léxico a la geografía nacional. Tal como Ghazaliya se dividió en tres áreas –Casino, Thrasher y Maverick–, todas las vías principales tienen referencias al Pentágono: Halcón Rojo, Caradine, Vernon, Cecil, y demás. Pocos soldados estadounidenses sabían  cómo los locales llamaban esas mismas calles.

Cuando la puerta trasera del Bradley se abrió, vi cómo soldados estadounidenses e iraquíes corrían de un lado a otro, gritando con sus armas preparadas. Seguí a algunos hasta una casa. En la cocina, un joven estadounidense totalmente vestido para combate, se encontraba agachado sobre otro hombre acostado boca abajo sobre el suelo. El soldado maldecía, mientras intentaba ponerle las esposas. Un par de platos a medio comer estaban sobre la mesa, junto con un teléfono celular que sonaba repetidamente. En el cuarto de al lado otro hombre estaba siendo esposado. Un adolescente iraquí, hermano de los dos, entró a la cocina objetando lo sucedido; acto seguido, el soldado estadounidense lo esposó también. Empujándole la cara hacia el suelo, el soldado le gritaba en inglés. “¡Cállate maldito! ¡Mueve tu maldita cabeza!”.

Una mujer de mediana edad, vestida con un blusón de flores, apareció llorando mientras los tres hermanos eran conducidos afuera. Los obligaron a arrodillarse, sus manos esposadas a sus espaldas. Un Terp enmascarado acercó una fotografía a la cara de cada hombre. Cuando compararon la fotografía con la cara del adolescente, que apenas tenía una pelusa en la quijada, uno de los soldados estadounidenses murmuró: “Este no es Chuleta de Cordero”.

Los tres hombres fueron empujados agresivamente hacia la calle por el joven soldado (fue el único soldado que vi con este tipo de comportamiento; más tarde, cuando comenzó a regañar a unas mujeres en otra casa, uno de los oficiales lo amonestó). Luego de una consulta entre los estadounidenses y sus Terps enmascarados, se determinó que ninguno de los tres detenidos era el objetivo de la redada. Soltaron sus esposas y les dijeron que fueran a casa.

Los estadounidenses se concentraron en otros tres hombres que estaban sentados en la acera. Uno de ellos era un adolescente regordete. Junto a él había un joven delgado de barba rala, de aproximadamente 20 años, y un hombre de unos 30. Explicaron que habían estado sentados afuera en el aire fresco, conversando y fumando. Sus familias, junto con varios niños pequeños, se habían despertado con la redada. Los estadounidenses dejaron ir al muchacho con su padre, tenía 14 años, pero decidieron llevarse a los otros dos a Thrasher.

Volví a subirme al Bradley, junto con el mayor de los detenidos, que se sentó en la banca frente a mí. Sus manos estaban atadas y temblaba. El artillero del Bradley se estiró y, tomando la camiseta del detenido, la forzó sobre su cabeza como si fuera una capucha. El hombre, desorientado, se sentó aún más derecho y abrió su boca contra la tela, tal vez para respirar mejor.

Sed de venganza

Un iraquí, al que conocía bien, había comenzado a trabajar para los estadounidenses en una base bajo la jurisdicción del coronel J.B. Burton, comandante de la I Brigada de Infantería Dagger. Lo llamaré Karim. Es chiíta y vive en un barrio mixto justo al este de Ghazaliya. Karim me dijo que junto con un amigo, al que llamaré Amar (otros nombres en el relato han sido modificados), habían dado información para más de 40 redadas, lo cual había resultado en la captura de varias docenas de terroristas.

Karim me dijo que al comienzo había dado la bienvenida al Ejército Mahdi porque ofrecía alguna medida de seguridad de los extremistas sunitas. Pero la milicia se había transformado en algo similar a la mafia, extorsionando, secuestrando y asesinando a sus vecinos, tanto chiítas como sunitas. Los hombres del Ejército Mahdi, que vivían en su barrio y consideraban a Karim y Amar como amigos, no sabían que  los estaban delatando. Luego Karim me dijo que no sólo estaba engañando al Ejército Mahdi, sino a los estadounidenses también.

Amar y Karim han sido amigos durante toda la vida. Tres meses antes, Amar y su hermano mayor, Jafaar, iban en la camioneta de un amigo, Sayeed, cuando un grupo de pistoleros los detuvo. Amar los reconoció como hombres del Ejército Mahdi, y asumió que iban a saludar. Mientras Sayeed detenía el carro, los hombres les dispararon. Amar se agachó tanto como pudo, esperando a que desocuparan sus Kalashnikovs. Salió ileso, pero Jafaas y Sayeed murieron.

Esa noche en la morgue, Amar le dijo a Karim que sobre el cuerpo de su hermano vengaría su muerte. Prometió matar a 100 hombres del Mahdi, diez por cada uno de los dedos de Jafaar. Su madre, Um Jafaar, lo apoyó y le rogó a Karim que ayudara a su hijo. Éste accedió.

Su primera preocupación fue asegurarse que los hombres de Mahdi no sospecharan. Durante la procesión del funeral, gritaron y denunciaron violentamente a una tribu sunita cercana. Muy pronto se comentaba que los amigos y familiares de Jaffar culpaban a los sunitas de la muerte de Jafaar.

Karim y Amar también decidieron que sería más fácil llevar a cabo los asesinatos si se ganaban la confianza de los estadounidenses. Karim visitó una base militar cercana y habló con el capitán. “Le dije: ‘Usted me ayuda y yo lo ayudo. Amo a mi país y a mis vecinos. Los Mahdi han asesinado a muchos de mis amigos y a soldados estadounidenses. Quiero cooperar’ ”. Karim dio al capitán los nombres de dos de los  que habían asesinado a Jaffar. El capitán le contestó que si los detenían, Karim recibiría algo de dinero. Él se rehusó: “Si lo tomo, eso me convierte en espía, y yo soy un caballero, no un espía”.

Karim realizó el contacto entre el capitán y Amar, quien condujo a los soldados estadounidenses a las casas  donde se hospedaban los pistoleros. La operación fue un éxito. “Encontraron muchas armas y pistolas”, dijo Karim. “Se los llevaron y los investigaron. Se convencieron de que realmente eran lo que decíamos, asesinos. Había uno muy joven, de 15 ó 16 años, pero ya había matado a cinco o seis. Hasta ahora comenzaba. En la actualidad se encuentra en Bucca” (prisión estadounidense en el sur de Irak).

Las matanzas

“Entonces comenzaron las matanzas”, me dijo Karim. La primera víctima fue el padre del pistolero más joven. Cuando le pregunté si había estado involucrado en el asesinato de Jafaar, muy poco preocupado, me contestó que no, pero que había sido  oficial de inteligencia durante el gobierno de Saddam y quizá había asesinado también. (En las vendetas tribales en Irak, los parientes masculinos se consideran objetivos legítimos).

El padre del pistolero trabajaba como taxista. Karim le dijo a la hermana de Amar que a la salida de su casa lo llamara y le pidiera que la llevara a una bodega en las afueras del distrito sunita. “Amar y yo los seguimos”, me dijo. “Ella salió del carro y cruzó la calle. Le dije a Amar: ‘hazlo ahora’”. Amar le cortó el paso al taxista. “Salió del carro y le disparó en la cara. Había cargado la pistola, una Sig Sauer, con cinco dumdums y cuatro balas normales. Un dumdum es suficiente para matar a un hombre. Le dije que sólo disparara cuatro y conservara alguno, por si acaso, pero él los disparó todos”. (Según Karin, Amar se disculpó más tarde. “Me dijo: ‘No lo pude evitar, me enloquecí’”).

Luego fueron a buscar a un jeque sunita al que Karim conocía, cuyo hermano formaba parte de la insurgencia. El hermano y sus hombres secuestraron a seis miembros de la milicia Mahdi, incluidos cuatro del grupo que había asesinado a Jafaar. Los llevaron a una casa en Mansour, en el distrito sunita, donde se encontraron con Karim y Amar. “Estaban amarrados y todos con la cabeza  cubierta. Amar los golpeó demasiado. Yo no”, dijo Karim. “Les dijimos: ‘Los dejaremos ir si nos dicen la verdad. Si no, los mataremos’.  Claro, esto no era verdad”.

Los hombres confesaron que el objetivo había sido Sayeed, que Jafaar simplemente había estado en el lugar equivocado. “Dijeron que habían asesinado a Sayeed por ser miembro de Badr –la rama militar de Consejo Supremo Islámico de Irak, uno de los rivales principales del Ejército Mahdi– y que había trabajado para los estadounidenses. Pero no era cierto. Lo asesinaron porque era adinerado y no respetaba al Ejército Mahdi. Estaban celosos”. Karim me dijo que partió antes de que terminara el interrogatorio, y sólo  habló con Amar hasta el día siguiente. “Cuando lo vi, me besó y me dijo: ‘Dejé tres cuerpos cerca del paso ferrocarril y dos en la calle Canal, para que los lleven a la morgue’”. Le pregunté: “Y el sexto, ¿dónde está?” Amar contestó que el hermano del jeque se lo había llevado porque creía que había matado a su primo.

La meta: 100 víctimas

Las matanzas continuaron. Quince días más tarde fueron a visitar a Um Jafaar, la madre de Amar. “Le dije quién había muerto y quién estaba encarcelado. Ella estaba muy feliz”, dijo Karim. “Luego dijo: ‘¿Quieren que esté completamente consolada?’”. Um Jafaar les pidió que le llevaran partes de los cuerpos de los hombres muertos. Amar hizo lo que se le pidió.

Karim dijo: “Hubo un hombre al que le cortaron la oreja mientras aún estaba vivo. Pero juro que Amar nunca ha asesinado a alguien que fuera inocente”.

Karim dijo que Amar había asesinado a 18 ó 20 hombres. “Después de un tiempo le dije a Amar que parara. Mi esposa estaba disgustada conmigo. No me gustaba lo que estábamos haciendo, pero debíamos hacerlo. Debíamos asesinar a estos tipos porque ellos estaban asesinando a demasiadas personas. Cuando asesinamos a algunos, mis vecinos lo celebraron –incluso a veces los mismos tipos del Ejército Mahdi lo hacían–”.

Karim mencionó el capitán estadounidense con el cual Amar trabajaba. “Amar es amigo del capitán, pero él no sabe nada”. Agregó que “Amar era amigo del Mahdi, un verdadero amigo. Debo ser honesto. De no ser por el asesinato de Jafaar, seguramente continuaría siéndolo”.

Amar le dijo a Karim que no dejaría de asesinar hasta llegar a las meta de 100 víctimas. “Ahora está hambriento de asesinar”, dijo Karim. “A veces creo que tal vez sí está un poco loco”.

En los siguientes días confirmé que Amar efectivamente estaba vinculado al Ejército estadounidense. Igual, escuché que había sido contratado por un importante  militar del sector privado. El caso de Amar ilustra uno de los muchos riesgos de librar una guerra en territorio donde la cultura y el idioma son incomprensibles para la mayoría de los soldados. El Ejército estadounidense puede hacer muy poco sin la ayuda de sus aliados locales, desde colaboradores como Amar, hasta líderes políticos.

Paradójicamente, es durante las redadas armadas realizadas por los estadounidenses que su vulnerabilidad en Irak es más visible. Los estadounidenses siempre van acompañados de sus espectrales Terps. Con frecuencia actúan basados en pistas de fuentes oscuras, sin saber de verdad qué hay detrás. Los motivos de los iraquíes que conocí y que trabajan con los estadounidenses son tan variados como saciar sus necesidades financieras mediante un trabajo y un sueldo, patriotismo, o una combinación de ambas. Sin embargo, en buena medida, su lealtad se debe considerar un acto de fe.

Se han presentado varios momentos vergonzosos, tales como el nombramiento en  2004, por parte de la Marina de Estados Unidos, de un antiguo general iraquí como líder de la denominada Brigada de Faluja, para combatir a los insurgentes. Luego se descubrió que había sido acusado de participar en actividades atroces contra los kurdos durante la época de Saddam. Fue reemplazado de inmediato y meses más tarde  la brigada cayó bajo la sospecha de auxiliar a los insurgentes y fue desmantelada.

Las matanzas de Amar pueden no ser un problema para el Ejército estadounidense, asumiendo que todas sus víctimas en realidad son “chicos malos”. En las guerras los asesinatos toman cierta lógica perversa y en algunos momentos pueden ser vistos como parte de una solución. El coronel Burton dejó muy claro que no había sentido pena al enterarse de que un importante líder militar chiíta había sido asesinado dentro del área de su jurisdicción. “Si ya no está,  significa que un importante área, que anteriormente había estado bajo su influencia, ya no lo está”.  Sin embargo, Burton admitió que su muerte había causado una serie de asesinatos sectarios por venganza. El barrio debió cerrarse.

Más tarde le comenté al coronel Burton que había escuchado que algunos de los iraquíes que trabajaban para ellos participaban en asesinatos por venganza. Me respondió: “Déjeme explicarlo de esta manera. Reconozco que hemos trabajado con personas que nos han ofrecido información que ha llevado a la captura de criminales y caletas de armamento. También nos han llamado a decirnos la ubicación de los restos de personas que hemos estado buscando. Hay una forma de justicia tradicional en Irak, hacemos lo mejor que podemos para estar un paso delante de ella”.

 “Regalos” macabros

Desde el comienzo de la guerra se han presentado vendetas entre tribus. La historia de Amar puede ser poco común debido a la escala de sus ambiciones, 100 hombres por su hermano, pero crímenes como estos son comunes. Un poco del ímpetu inicial de la insurgencia iraquí se presentó en la primavera de 2003, cuando las tropas estadounidenses en Faluja dispararon y mataron a 17 manifestantes, y luego sus familiares buscaron vengarse asesinando a estadounidenses. En las familias tribales la matriarca es generalmente la que incita a la vendeta, tal como lo hizo la madre de Amar.

Um Jafaar es una anciana hermosa. Cuando llegué a su hogar en compañía de Karim, vestía un abaya negro, y vi los tatuajes tribales azules en su quijada y sus manos. Me invitó a sentarme en el sofá y se sentó a mi lado en un sillón. Las tres pequeñas hijas de Jaffar nos miraban. Cuando le pregunté si buscaba venganza por la muerte de su hijo, se levantó, se acercó y me besó la coronilla. “Sí, quiero vengarme”, me dijo. “Soy madre y perdí a mi hijo sin motivo alguno”. Comenzó a llorar desconsoladamente. Cuando se recuperó, me señaló sus nietas. “Mire, no tienen padre, ¿por qué?”

Um Jafaar continuó contándome que  envolvía en tela las partes de los cuerpos de las víctimas llevadas por Amar y las llevaba a la tumba de su hijo en la ciudad sagrada de Najaf, para luego enterrarlas allí. “Hablo con mi hijo y le digo: ‘Esto pertenecía a quienes te asesinaron. He tomado venganza’”.  Moviendo su mano y formando un círculo horizontal, me dice: “Los pongo alrededor de la tumba. Hasta el momento he llevado una mano, un ojo, una manzana de Adán, dedos de los pies y de las manos, orejas y narices”. (Karim me confesó que la mano había hecho que la casa hediera durante días.) Le pregunté cuántos hombres había matado Amar. “No lo sé, ¿18, 20? Mi corazón aún está dolorido. Aunque los matemos a todos, no tendré consuelo”, me dijo.

Continuó diciendo: “Los estadounidenses los atrapan y los meten en prisión. Esta no es la solución, deben ser asesinados”. Volvió su mirada hacia mí, y me dijo: “Dígales a las fuerzas estadounidenses que estoy preparada para luchar con ellos en contra del Jaish al-Mahdi. Soy mujer, pero estoy preparada. Sacrificaremos todo por ustedes, porque ustedes no mataron a mi hijo. Yo rezo por los estadounidenses, aunque sean cristianos o judíos, y al profeta Muhammad para que los proteja”.

También me dijo que hacía algunos días había asistido al funeral de un guerrero mahdi y había escuchado cómo uno de sus camaradas prometía vengar su muerte. “Dijo, ‘si antes los decapitaba a la altura del cuello, ahora lo haré a la altura de la boca’”. Y pasó su mano sobre su boca haciendo un sonido gutural.

El teléfono celular de Karim sonó. Lo contestó y comenzó a hablar en árabe. Luego me dijo que era Amar, que estaba patrullando con los estadounidenses. “Atraparon a dos Jaish al-Mahdi y los Terps estadounidenses los están haciendo bailar a punta de bala”, dijo Karim riéndose.

Pregunté si podía conocer a Amar, y Karim contestó que vería qué podía hacer.

Los Aliados locales

Maverick, ubicada en la esquina suroriental de Ghazaliya, es la más tranquila de las tres Estaciones de Seguridad Conjunta. Cuando la visité en septiembre, habían pasado dos meses desde la última explosión de I.E.D. (Dispositivos Explosivos Improvisados, por sus siglas en inglés). Aún había peligro, pero un cierto tedio se había apoderado de la rutina. “Odian la mierda cotidiana, como les pasa a todos los soldados”, me dijo un oficial. “Pero les encanta que no les estén disparando ni atacando con I.E.D. diariamente”, lo cual era la norma en Ghazaliya hasta mediados del verano. “Es como pasar de la cocaína a la marihuana”, me dijo.

Con un grupo, conduje por Maverick en un Humvee. No había gente en las calles y el soldado de mayor antigüedad dijo: “No me gusta. Me hace pensar que en cualquier momento algo explotará”. El Humvee cortó a través del campo y se detuvo frente a un bote de metal sospechoso. El conductor dejó buen espacio y pasó. Muy lentamente, debido al peso de nuestro vehículo –seis toneladas–, nos aproximamos a una calle repleta de desperdicios sanitarios. “Agua con pipí”, gritó uno de los hombres. “¡Ooooh!”, los demás se unieron asqueados en unísono.  

Esa noche las unidades de Maverick organizaron una misión de censo, parte de un programa cuyo objetivo es crear un registro central con el perfil biométrico de cada hombre capaz de servir en el Ejército, que viva dentro del área. Esto con el objeto de identificar a los infiltrados.

La policía iraquí acordonó los extremos de la calles mientras los estadounidenses y sus Terps registraban cada casa. Los residentes parecían saber qué se esperaba de ellos. Los hombres se acercaban cortésmente y entregaban su tarjeta de identificación. El Ejército tomaba fotografías con una cámara para registrar el iris.

En teoría, operaciones como ésta forman parte de la ventaja de mover las tropas estadounidenses dentro de barrios como Ghazaliya, donde entablan relaciones y obtienen información de inteligencia. Esa noche el censo fue bastante tranquilo. Sin embargo, las frecuentes redadas y patrullas pueden alienar a los residentes locales y reforzar la impresión de los estadounidenses como una fuerza de coerción con el poder para invadir los hogares iraquíes y detener a sus residentes según les parezca. Las tácticas del Ejército quizá se conviertan en el catalizador que dirija a los iraquíes hacia la insurgencia.

El área de Ghazaliya, donde se encuentra Maverick, todavía no cuenta con un contingente de guardias; por tanto los soldados utilizan como auxiliares a la Policía Nacional Iraquí, que en su mayoría es chiíta. No obstante, en Ghazaliya la Policía Nacional estaba bajo la sospecha de encontrarse bajo el control del Ejército Mahdi. Hace poco, el comandante de la policía local fue arrestado y acusado de ayudar a llevar a cabo secuestros y asesinatos. El teniente coronel Ahsin al-Khazragee ha sido asignado como  comandante, pero el destacamento aún es cuestionado.

 “Nadie confía en ellos”, dice el teniente Matthew Holtzendorf, quien lideró la misión de censo. (Las quejas vienen de ambos lados. Durante mi tiempo allá, un camión perteneciente a Kellog, Brown y Root, el contratista militar, pasó indiscriminadamente por una de las barreas administradas por la Policía Nacional en Maverick, matando a un policía e hiriendo de gravedad a otro. Un oficial del Ejército me comentó que el incidente estaba siendo investigado, pero cuando se solicitó un comentario a KBR, negaron conocimiento del mismo.)

De regreso a Maverick, el convoy pasó por un punto de control donde había un grupo de policías iraquís de miradas amargadas, y luego se estacionó frente a una casa de estrato medio, limpia y bien tenida. Un niño pequeño abrió la puerta y sonrió cuando vio al teniente Holtzendorff.

Entramos y recibimos una calurosa bienvenida por parte de un hombre de aproximadamente 30 años, al que llamaré Sabah. Sabah trabajaba como ingeniero civil en la Zona Verde y hacía algunos meses Holtzendorff lo había salvado de ser secuestrado por un contingente de la policía iraquí. Los mismos que acabábamos de pasar. Lo habían golpeado y con seguridad planeaban asesinarlo. Holtzendorff por lo regular lo visitaba para dejar claro que Sabah se encontraba bajo la protección de Estados Unidos.

Sabah sudaba y fumaba un cigarrillo tras otro. Ansiosamente le preguntó a Holtzendorff dónde había estado. Habían pasado dos semanas desde su última visita. Holtzendorff le explicó que había tenido que salir de la ciudad, pero había dicho a sus hombres que pasaran con frecuencia. Lo habían hecho, ¿cierto? Sabah asiente con la cabeza y sonríe. Luego de 30 minutos, a pesar de las súplicas para permanecer un poco más tiempo, Holtzendorff se levanta, prometiendo regresar.

Más tarde comenté el caso de Sabah con uno de los oficiales de la unidad. Desarrollar una fuerza de policía no sectaria es una parte esencial del plan militar de Estados Unidos para desligar a sus tropas del problema, pero, como lo veía el oficial, la Policía seguía formando parte del problema. “Por favor no incluya mi nombre, o Petraeus me matará”, me dijo. “La Policía Nacional, supuestamente, es nuestra salvación; nuestras esperanzas recaen en ella”. Luego agregó: “El balance entre chiítas y sunitas, la política de esto, es la parte más difícil de mi trabajo. ‘Cazar al chico malo, matar al chico malo’, eso fue para lo que me entrenaron. Pero no nos entrenan para esto”.

* La próxima semana, tercera y última entrega.  Originalmente publicado en The New Yorker. Copyright  © 2008  Jon Lee Anderson.

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