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Corea del Sur difundió dos imágenes que mostrarían unas nuevas acciones de Corea del Norte en la zona desmilitarizada (DMZ), una franja de 4 kilómetros de ancho y 263 km de longitud que divide a la península desde 1953, considerada como un punto crítico en el conflicto. En ellas, según la interpretación de las autoridades de Seúl, unos soldados norcoreanos estarían reconstruyendo un puesto de guardia y estarían rodeando otro de ellos.
Los medios surcoreanos indicaron que el ejército habría detectado tropas del norte reparando puestos que fueron desmantelados tras el acuerdo militar de 2018, firmado, justamente, para reducir el riesgo de una confrontación en dicha zona, además de que reportó que los soldados de Pyongyang estarían cavando trincheras a lo largo de la frontera y que el régimen habría enviado armas pesadas allí. Días antes, Corea del Norte puso en órbita su primer satélite espía militar, además de que China, Japón y Corea del Sur se reunieron para fortalecer su cooperación, teniendo de fondo las tensiones marcadas por Estados Unidos y el régimen de Kim Jong-un.
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“Nuestro ejército monitoreará de cerca los actos provocativos de Corea del Norte, mientras se mantiene plenamente preparado para poder tomar represalias inmediatas a las provocaciones de Corea del Norte (…), basándose en nuestra postura combinada con Estados Unidos”, afirmó el Ministerio de Defensa de Corea del Sur, citado por la agencia de noticias Yonhap.
De hecho, David Castrillón-Kerrigan, profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia, cree que las más recientes acciones, incluyendo las más de 100 pruebas de armas realizadas por el norte desde 2022, se deben leer en clave de ese actor “relativamente externo” en la región: Washington.
“La península coreana se encuentra justamente en el centro geográfico del este asiático, que, si bien tiene una historia de tensiones, se ha beneficiado de décadas de relativa estabilidad”, recuerda el docente, quien además enfatiza en que “a ningún país le conviene un conflicto, mucho menos una guerra”, y que uno de los factores desestabilizantes allí es Estados Unidos.
Ese país tiene cerca de 28.500 militares en la República de Corea, que trabajan con el ejército del sur “en estrecha colaboración”, según el Departamento de Estado estadounidense, así como con los países miembros del Comando de las Naciones Unidas, bajo la idea de mantener el Acuerdo de Armisticio de Corea. Esa cercanía ha implicado la ejecución de ejercicios militares anuales, ventas de armamento y el desarrollo de una estructura de mando conjunta. Pero, además de eso, Estados Unidos también tiene tropas en Japón, donde, al menos hasta septiembre de 2022, tuvo cerca de 53.000 soldados.
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Ahora bien, esas presencias no son nuevas, al contrario, empezaron después de la Segunda Guerra Mundial, de la Guerra Fría y de la Guerra de Corea, y, según Castrillón-Kerrigan, explican en gran parte lo que se ve hoy: “Eso nos lleva a la situación actual, marcada por grandes riesgos. Es muy fácil hacer un mal cálculo que lleve a una guerra, que sería desastrosa por el posible uso de armas nucleares y por las consecuencias económicas, que no solo afectarían a la región, sino al resto del mundo”.
Con eso de fondo, el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebró apenas hace algunos días la “nueva era de una potencia espacial”, luego de que, tras dos intentos fallidos, su país lograra poner en órbita el satélite “Malligyong-1″, considerado por él y por su régimen como un “ejercicio del derecho de autodefensa”, útil para protegerse de “los peligrosos y agresivos movimientos de las fuerzas hostiles”.
En consecuencia, Corea del Sur suspendió una zona de exclusión aérea en la frontera, allanando el camino para que reanude los vuelos de vigilancia, y Pyongyang declaró el fin de todo el acuerdo para cesar las hostilidades entre ellos, que incluía la zona de exclusión aérea y una prohibición de ejercicios militares con fuego real en el límite entre las dos Coreas.
Dicho pacto, firmado hace cinco años, “abrió la puerta a un número de opciones que antes eran difíciles de imaginar”, asegura el docente colombiano, quien hace énfasis en que gracias a ese documento las partes se abstuvieron de realizar acciones que pudieran ser vistas como provocadoras de un lado y del otro: Estados Unidos y Corea del Sur dejaron de hacer ejercicios militares en la zona, mientras que Corea del Norte detuvo el lanzamiento de misiles, así como las pruebas de armas, sobre todo las nucleares, allí mismo. Pero más allá de eso, permitió pensar en una eventual firma para un pacto de terminación de la Guerra de Corea, iniciada en 1950 y que no ha concluido de forma oficial, además de que provocó el encuentro de los dirigentes de Seúl y Pyongyang, que ha ocurrido muy pocas veces.
Lo que ha cambiado, y no es un asunto menor para Castrillón-Kerrigan, es el cambio de mando en Estados Unidos y Corea del Sur: “en Seúl, un gobierno más liberal, más de izquierda, perdió las elecciones presidenciales, dando paso a una administración más conservadora, cuya postura frente al tema de Corea es más de mano dura. Además, en Washington, a Biden, a diferencia de Donald Trump, le resulta más costoso políticamente mostrarse conciliador”.
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