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Las recientes masacres cometidas en Siria sacan a la luz la impotencia de la ONU para proteger a los civiles y buscar una salida a los 14 meses de violencia en el país árabe. Si bien esa impotencia se traduce en la falta de consenso y la capacidad de veto que tienen países aliados de Bashar al Asad en el Consejo de Seguridad, también se debe a los riesgos de intervenir en una nación donde poco o nada está claro: el conflicto sirio abarca mucho más que los enfrentamientos entre el régimen y los rebeldes.
En primer lugar, como lo afirman internacionalistas como Makos Peckel, aunque Al Asad ha perdido legitimidad, aún cuenta con un apoyo considerable de la población. Son conocidas las imágenes de habitantes, especialmente de Damasco, que defienden a su presidente y culpan por las cruentas matanzas a grupos yihadistas. Algunos estudios indican que hasta un 65% de la población apoya al mandatario.
Las fuerzas armadas que defienden al presidente también merecen un análisis. Si bien el ejército sirio es uno de los más poderosos de la región, muy superior en número y equipamiento a las fuerzas rebeldes, hay otro grupo paramilitar que apoya a Al Asad. Se conocen como los Shabbiha y la oposición los llama los matones del régimen: “Están entrenados para violar, apuñalar y matar de la manera que se evidencia en la masacre de Hula y Al Kubeir”, dice a El Espectador Noe Salam, una activista marroquí que participa en las movilizaciones contra Al Asad en Madrid.
En contra de los militares y paramilitares que apoyan al régimen hay una oposición que también está dividida. El Ejército Libre Sirio (ELS) y el Consejo Superior Revolucionario son dos fuerzas que se autoproclaman opositoras, pero también se juzgan mutuamente de servir al gobierno. Esto, además de dificultar una transición política pacífica en caso de que el mandatario sea derrocado, también trunca la confianza de las instancias internacionales que planean proveer armas a los opositores.
En medio de las luchas entre el régimen y la oposición, y los movimientos rebeldes entre sí, también aparecen los grupos yihadistas como Yebha al Nasra (Frente de la Victoria), que emplea la bandera de Al Qaeda y que se ha atribuido, entre otros, atentados en Alepo y Damasco. Joseph Trevitick, analista de Global Security, señaló a El Espectador que lo que estaría buscando la organización terrorista en Siria es crear un nexo entre ellos y los potenciales sucesores de Al Asad, “antes de que los movimientos de oposición que están en el exilio (apoyados por gobiernos occidentales) regresen al país”. Así buscarían instaurar un régimen musulmán radical una vez el presidente sea destronado.
En paralelo a las luchas está la violencia sectaria. Al Asad pertenece a la élite alauí, una rama minoritaria de los chiitas que ostenta el poder en el país desde hace más de medio siglo. La violencia entre facciones del islam se recrudeció desde que milicias alauís empezaron a atacar distritos suníes, sobre todo en la provincia de Homs.
El profesor Joshua Landis, director del Centro de Estudios para Oriente Medio de la Universidad de Oklahoma, ha dado tres razones por las que no hay perspectivas de que el mandato alauí en Siria finalice antes de 2013: porque son demasiado fuertes comparados con la oposición y cuentan con un ejército profesional que no se ha visto afectado significativamente; porque el fraccionamiento de la oposición ha hecho que ésta no pueda organizarse con un ejército capaz de derrotar a las fuerzas armadas oficiales y porque la comunidad internacional tampoco está dispuesta a intervenir militarmente en contra de Al Asad.
Además, Siria se ubica en un punto geoestratégico, político y económico que tiene en jaque la acción de la comunidad internacional. Ignacio Gutiérrez de Terán, especialista en el mundo árabe e islámico de la Universidad Autónoma de Madrid, ya lo ha explicado para este diario: “Occidente, por un lado, teme por el futuro de su gran bastión en la zona, Israel, y no ve una alternativa política dúctil; para Rusia y China, por otro, se dirime en Siria el futuro de los recursos de Oriente Medio y, en esencia, la hegemonía mundial. Irán y Turquía tienen sus propios cálculos, más palpables en el caso de la primera, y Arabia Saudí y sus aliados árabes quieren debilitar a Teherán a través del hundimiento progresivo de su aliado sirio”.
A todas estas, lo cierto es que ya van alrededor de 13 mil civiles que pagan el precio de la creciente confusión. El conflicto sirio ya superó el marco de la llamada Primavera Árabe y no están claros los objetivos revolucionarios . La ONU apenas advierte que el país camina de manera inminente hacia una guerra civil.