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Bagdad. Sus hermanas gemelas murieron tratando de huir de Faluya en 2004. Después, su esposo murió a causa de un coche bomba en Bagdad, justo después de haber quedado embarazada. Cuando sus propios gemelos tenían cinco meses, a uno lo mató la explosión de una bomba plantada en un mercado de Bagdad.
Ahora, Nacham Jaleel Kadim, de 23 años, vive con la hija que le queda en un parque para tráileres para viudas de la guerra y sus familias en una las zonas más pobres de la capital de Irak.
Eso hace que sea una de las afortunadas. El parque para tráileres, llamado Al Waffa o ‘Parque de las Agradecidas’, es uno de los pocos programas de ayuda disponibles para las aproximadamente 740.000 viudas de Irak. Alberga a 750.
A medida que la cantidad de viudas ha aumentado tras seis años de guerra, su presencia en las calles de la ciudad mendingando por comida o como reclutas potenciales de los insurgentes, se ha convertido en un símbolo irritante del fracaso de la autosuficiencia iraquí.
Alguna vez, el sistema de apoyo extendido de la familia, los vecinos y las mezquitas cuidó de las mujeres que perdieron a sus esposos. Sin embargo, a medida que la guerra disminuye, organizaciones de servicio social y gubernamentales dicen que ahora las necesidades de las mujeres exceden a la ayuda disponible, lo que representa una amenaza para la estabilidad de las débiles estructuras sociales del país.
Con la economía avanzando a marchas forzadas, dependiente casi por completo del precio del petróleo crudo, y el Gobierno preocupado por la reconstrucción y el sofocamiento de la violencia sectaria, funcionarios reconocen que es poco lo que se puede cambiar pronto.
"No podemos ayudar a todo el mundo", dijo Leila Kadim, directora administrativa en el ministerio del trabajo y asuntos sociales. "Son demasiadas".
Se estima que de las iraquíes de 15 a 80 años, una de cada 11 es viuda, aunque los funcionarios admiten que esa cantidad apenas si es una aproximación, dada la violencia persistente y el desplazamiento de millones de personas. Un informe de las Naciones Unidas estima que durante el punto más álgido de la violencia sectaria en Irak en 2006, quedaban viudas de 90 a 100 mujeres al día.
En las grandes ciudades como Bagdad, es difícil hacer caso omiso de las viudas de guerra. Con abayas negras, pasan entre columnas de coches parados en los retenes de seguridad, pidiendo dinero o comida. Esperan en filas afuera de las mezquitas para obtener cobijas gratis o buscan en los montones de basura apilada en las calles. Algunas viven con sus hijos en parques públicos o en los baños de las gasolinerías.
Funcionarios de las dependencias de servicios sociales hablan de viudas a las que se obliga a aceptar "matrimonios temporales" — relaciones sancionadas por la tradición chiíta, con frecuencia basadas en el sexo, que pueden durar desde una hora hasta años — para obtener ayuda financiera de líderes gubernamentales, religiosos o tribales.
Otras viudas de guerra se han vuelto prostitutas, y algunas se han unido a la insurgencia a cambio de una paga estable. El Ejército iraquí calcula que la cantidad de viudas que se han vuelto terroristas suicidas podría andar en las docenas.
En las últimas semanas, incluso a medida que el Gobierno ha integrado comisiones para estudiar el problema, inició una campaña para detener a los mendigos y desamparados, incluidas las viudas de guerra.
Hace poco, el tema salió a la luz pública en algunas formas insólitas. Cuando un periodista iraquí aventó sus zapatos contra el ex presidente Bush en diciembre, le gritó que lo hacía en nombre de las viudas y los huérfanos de la guerra. Durante una reciente campaña electoral provincial, en los mítines políticos, hubo canciones desgarradoras sobre el sufrimiento de las viudas.
Esos sentimientos, no obstante, aún se tienen que traducir en acción política. Se han detenido los esfuerzos por incrementar el estipendio gubernamental para las viudas: actualmente de unos 50 dólares mensuales y 12 dólares adicionales por cada hijo. En comparación, el precio de un contenedor de cinco litros de gasolina, usado para los coches y los generadores domésticos, es de alrededor de cuatro dólares.
No obstante, sólo cerca de 120,000 viudas — aproximadamente una de cada seis — reciben alguna ayuda estatal, según cifras gubernamentales. Las viudas y sus defensores dicen que para recibir beneficios deben tener conexiones políticas o estar de acuerdo en un matrimonio temporal con el hombre poderoso que controla la distribución de los fondos gubernamentales.
"Es chantaje", dijo Samira Al-Mosawi, presidenta del comité de asuntos de las mujeres en el Parlamento. "No tenemos una ley para tratar este punto. Las viudas no necesitan un apoyo temporal, sino una solución permanente".
El plan más reciente, propuesto por Mazin Al-Shihan, director del Comité de Desplazamientos de Bagdad, una dependencia municipal, es pagarles a los hombres para que se casen con las viudas. "No hay ningún esfuerzo serio del Gobierno nacional para resolver este problema, así que presenté mi propio programa", dijo.
Cuando se le preguntó porqué el dinero no debería ir directamente a las mujeres, Al-Shihan se rió. "Si les damos el dinero a las viudas, lo van a gastar en forma poco inteligente porque no están instruidas y no saben cómo administrarlo", explicó. "Pero si le encontramos un marido, habrá una persona encargada de ella y de sus hijos por el resto de su vida. Esto va de acuerdo a nuestras tradiciones y leyes".
Abdulalah F. Alafar, quien maneja la beneficencia Establecimiento Infantil Maryam en Bagdad, dijo que está tan frustrado por la falta de apoyo gubernamental que empezó a rechazar a las viudas de guerra. Comentó que planea cerrar definitivamente su organización este mes.
"Si continúa la situación, estaremos justo como India", expresó. Al cuestionar las prioridades gubernamentales, agregó: "Están ocupados construyendo fuentes públicas cuando no tenemos agua en los fregaderos".
Se abrió el parque de tráileres, en el distrito Al Shaab de Bagdad, hace cuatro meses. Sus 150 remolques de aluminio, idénticos, están en filas ordenadas en medio de un vasto campo de charcos, con el exterior blanco ya manchado de marrón claro a causa de la arena levantada por el viento.
A una distancia de una pequeña caminata por un camino lodoso del tráiler de Kadim, se están mudando Ahmed Hassan Sharmal de 58 años y su familia extensa de 30 miembros a los tráileres 39 y 40. Tres de sus nueras son viudas. Niños sin padre parecen llenar cada pequeño espacio del remolque, jugando y riendo mientras sus madres se preguntan a dónde van a dormir todos.
Sharmal, un chiíta, perdió tres hijos a causa de la violencia sectaria en la provincia de Diyala, que fue un centro de la insurgencia sunnita en un período de 10 meses en 2006.
A uno de sus hijos, un médico, lo mataron en un estacionamiento cuando caminaba hacia su coche. Otro, murió cuando unos pistoleros rociaron balas por todo un campo de futbol. Al tercero, un policía, le dispararon en la nuca cuando se dirigía al trabajo.
Jinan, de 25 años, estuvo casada con el doctor. No tiene dinero y muy poca libertad. Uno de sus cuñados, un ex policía desempleado, dijo que planea casarla, un matrimonio arreglado por su parentela política. Mientras él hablaba, el hijo de cuatro años de Jinan se retorcía en el regazo de su abuela.
Pronto, Jinan ya no será una viuda, pero se niega a ver al hombre que eligieron para ser su marido. Mientras deja caer la cabeza al frente como si fuera a llorar, la conversación prosigue sin ella.