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Libia: siete días de una revolución inconclusa

A partir de hoy y hasta el próximo viernes esta periodista reconstruye algunos de los momentos más intensos vividos en el frente de batalla y otros muy humanos detrás de la violencia.

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En febrero de 2011 el mundo seguía con una mezcla de sorpresa y fascinación cómo en Túnez y Egipto las revueltas civiles contra las dictaduras de Ben Ali y Hosni Mubarak crecían sin aparente reversa. En medio de los dos países, el régimen libio anunciaba que en su territorio “todo estaba bajo control”.

Frente a la ausencia de medios independientes, fueron las fotografías y los videos aficionados filtrados en las redes sociales las que comenzaron lo que estaba pasando en el país: la Armada del entonces líder libio, Muamar Gadafi, disparaba morteros contra jóvenes manifestantes, inicialmente desarmados. Era evidente que los libios, inspirados en sus vecinos, estaban también decididos a cambiar el curso de su historia.

Recibí la aprobación de RCN TV, NTN24 y Teleamazonas, y con el camarógrafo franco-colombiano Nicolás Quimbayo tomamos un vuelo París-El Cairo para desde allí emprender carretera camino a Bengasi. Después de 10 horas de trayecto llegamos a Saloum, un pueblo polvoriento y marginado con un extraño ambiente a pesebre, ubicado en la frontera entre Egipto y Libia.

Miles de mujeres y niños con carnés de países como Costa de Marfil, Eritrea, Etiopía, Irak, Somalia o Sudán se amontonaban en las aceras y las calles que rodeaban un desbordado puesto de control. Querían huir del caos en Libia. La temperatura era de 4 grados centígrados y unos kilómetros más lejos de allí, organizaciones humanitarias intentaban dar respuesta a las eternas colas de desplazados que esperaban una ración de comida.

La angustia, el miedo, el hambre y el frío de los desprotegidos fueron los primeros rostros que encontramos de esta revolución. Las deficientes condiciones de acogida y, sobre todo, la insuficiente protección que podían proporcionar las ya caóticas instituciones de Túnez y Egipto, países en los cuales estos mares de personas intentaban buscar refugio, eran el pan de cada día.

Al vernos con un micrófono, algunos de ellos se avalanzaban para narrar lo que ya habían sufrido con la violencia en sus países de origen. Otros describían situaciones peligrosas vividas en el camino de huida de Libia hacia la frontera. La gran mayoría expresaba desesperación ante la idea de pasar meses en estos improvisados centros transitorios.

Transcurrieron tres días mientras Salah, nuestro traductor egipcio, hacía los papeles necesarios para que pudiéramos entrar a territorio libio. Mientras tanto, fuimos testigos de cómo la seguridad se había convertido en un problema: por la desesperación de la larga espera, explosiones de violencia se hacían presentes frecuentemente.

Un funcionario de Médicos sin Fronteras (MSF) les recordaba a las partes en conflicto y a los países vecinos de Libia, a través de nuestro micrófono, “que las leyes internacionales los hacían responsables de la apertura de las fronteras a quienes huían de la guerra, así como de garantizar las condiciones de acogida y protección para los solicitantes de asilo”.

Los rumores de violaciones en el trayecto por parte de tropas gadafistas comenzaron a ser confirmados por las nuevas llegadas. Así como los testimonios de heridos que denunciaban haber sido apaleados por las tropas leales al régimen de Gadafi.

Entendimos entonces la indignación de las desbordadas organizaciones humanitarias, en especial la de Médicos Sin Fronteras que criticaba “la política de doble rasero practicada por Europa”. Señalaban que Francia, España y Reino Unido aseguraban participar en una guerra “en nombre de la protección de los civiles y, al mismo tiempo, impedían la entrada de las víctimas de ese mismo conflicto en su territorio”. En medio de ese caos, el pretexto de prevenir la afluencia masiva de inmigrantes irregulares sonaba entonces a hipocresía. José Antonio Bastos, director de MSF, aseguraba que “las palabras y las acciones de los líderes europeos eran un claro ejemplo de un vergonzoso cinismo político”.

En nuestras posteriores entradas a Libia, por este mismo camino, comenzamos a ver que un gran número de personas lograron ser evacuadas. Unos cuantos recibidos por los países vecinos y otros repatriados a su lugar de origen. Imposible seguirles el rastro a quienes volvieron al Congo, a Sierra Leona, Bangladesh, Eritrea, Etiopía, entre otros.

No hay que olvidar que fueron más de un millón los desplazados de esta guerra y más de 25.000 los muertos deshidratados en el desierto, ahogados o asesinados en la desesperada búsqueda de refugio.

Según el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), los sifones humanos en las fronteras apenas comenzaron a descongestionarse, “pero el drama de miles de refugiados continúa”. Y en las paradojas de la guerra, María Jesús Vega, vocera de Acnur, le confirmó a El Espectador que esto es “gracias a la generosidad de Túnez y Egipto que, a pesar de su inestabilidad política y altas cifras de desempleo, abrieron sus fronteras”.

Más tímidamente países como Australia, Bélgica, Dinamarca Canadá, Irlanda, Noruega, Portugal, Suecia y Estados Unidos también comenzaron a recibir refugiados de la guerra libia. Países como España, Alemania y Nueva Zelanda también aumentaron sus cuotas de reasentamiento.

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Pero frente a la dimensión del drama esto parece insuficiente. Numerosos refugiados y desplazados internos carecen hoy de todo, incluso de la posibilidad de ser registrados y auxiliados por miedo a represalias. En el interior de Libia algunos extranjeros se esconden de facciones pro y contra el exrégimen por miedo de ser expulsados.

Los refugiados aún esperan, sufren con sus mujeres y sus niños. En especial en la frontera con Túnez, donde permanecen cerca de 4.000 personas. Ellos son una de las tantas caras de esta revolución que apenas comienza. Ellos, que en su gran mayoría nada tienen que ver con esa guerra, fueron las primeras víctimas y permanecen allí, en esa “tierra de nadie”.

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Cronología: Fechas claves de la revolución

2011

13 de enero

Comienzan las manifestaciones en Derna, Bengasi, Walid Baní y otras ciudades de Libia en protesta por la corrupción del gobierno y reclamando el fin de la dictadura de Muamar Gadafi.

2011

11 de marzo

La Unión Europea reconoce al Consejo Nacional Libio de Transición, principal organización de la oposición, como un “interlocutor válido” para representar los rebeldes que luchan contra Gadafi.

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2011

17 de marzo

La Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN), avalada por la ONU, interviene militarmente para proteger a los civiles de las represiones del régimen y prohíbe los vuelos en el espacio aéreo del país.

2011

9 de septiembre

Interpol emite una “circular roja” contra Gadafi, su hijo Saif al Islam y su cuñado tras la orden de arresto solicitada por la de la Corte Penal Internacional el 11 de marzo.

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2011

20 de octubre

Gadafi es capturado y posteriormente asesinado por tropas rebeldes en su ciudad natal, Sirte, después de un bombardeo de la OTAN.

2011

23 de octubre

El Consejo Nacional de Transición proclama la liberación del país en una multitudinaria ceremonia en Bengasi. La guerra dejó entre 10 mil y 15 mil muertos según la ONU.

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Carrera de reportera

Natalia Orozco se graduó como periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín para emprender una aventura por el mundo cubriendo temas internacionales. Actualmente reside en París, pero la realidad de los últimos meses la ha obligado a concentrar su tiempo en los países de Medio Oriente.

En su currículum aparece un Premio Simón Bolívar obtenido en 2010 gracias a un documental realizado sobre la prisión de Guantánamo, que obtuvo el galardón a mejor investigación.

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Orozco, de 33 años, ha construido su trayectoria trabajando para diferentes medios de comunicación, como RCN, Teleamazonas, La W, NTN24, El Colombiano y El Espectador, del que fue corresponsal en Washington.

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