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En Siria todo es confusión. Aunque los expertos de Naciones Unidas visitaron por segundo día las zonas en donde supuestamente se habrían usado armas químicas, lo cierto es que todavía no logran despejar el gran interrogante: ¿Quién usó el gas tóxico contra la población siria? Catorce informes independientes ya habían demostrado que en el país sí se han usado armas químicas, pero ninguno se atreve a señalar a los autores del ataque.
Sin embargo, Estados Unidos, Francia, Israel y ahora la OTAN están convencidos de que quien las usó fue el régimen del presidente Bashar al Asad. Los países de la Alianza Atlántica, en un duro mensaje leído por su secretario general, Anders Fogh Rasmussen señalaron que «la información disponible de un amplio abanico de fuentes apunta al régimen sirio como responsable del uso de armas químicas en estos ataques», dijo Rasmussen, quien también recordó que el Gobierno de Damasco es quien «custodia los arsenales de armas químicas».
Para la OTAN, el ataque es una «clara violación» de las normas y prácticas internacionales y, por ello, los responsables «deben rendir cuentas». «Cualquier uso de armas de este tipo es inaceptable y no puede quedar sin respuesta», advirtió Rasmussen.
Los aliados tienen desplegadas desde hace meses varias baterías de misiles Patriot en suelo turco, después de que Ankara solicitara apoyo tras caer en su territorio varios obuses procedentes de Siria. Sin embargo, la OTAN, que, según algunos medios, podría servir de paraguas para una intervención militar liderada por Estados Unidos, no ha dado hasta ahora ninguna indicación sobre cuál puede ser su papel en un eventual ataque.
Por ahora, los aliados continuarán manteniendo consultas y siguiendo de cerca la situación en Siria, según explicó Rasmussen. La Alianza siempre ha tratado de dejar claras las diferencias entre Siria y Libia, donde intervino con una prolongada campaña de ataques aéreos en 2011 bajo un mandato de la ONU para proteger a la población civil. Eso lo tiene claro el presidente de Estados Unidos, que terminaría liderando la operación, apoyado por Francia, Reino Unido, Israel y varios países islámicos y que contempla una intervención rápida y contundente, pero que según fuentes de la Casa Blanca, no tiene como objetivo «derribar el régimen de Bashar al Asad. Según explica en El Páis, Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria, «ahora no se contempla una intervención en fuerza (Afganistán e Irak) y ni siquiera el derribo total del régimen (Libia). En realidad, Obama ha llegado a este punto tras aprender de lo ocurrido precisamente en Libia forzado por un guión que él mismo creyó que le libraba de volver a empantanarse militarmente en la región. De Libia ha sacado la conclusión de que es mejor hacerse acompañar por socios islámicos (Arabia Saudí, Jordania, Catar y Turquía) para evitar lecturas de confrontación civilizacional. Y, sobre todo, entiende que el problema no es tanto derribar a un dictador (sea Sadam Hussein o Muamar el Gadafi) como encontrar una alternativa fiable.
Por último, es consciente de que armar a los llamados rebeldes puede derivar (ahí están Malí y Níger, pero también Túnez) en un desbarajuste de muy difícil gestión cuando el objetivo principal es mucho más la estabilidad que la democracia”.
A pocos días de los 12 años del ataque terrorista contra las torres gemelas en Nueva York el fantasma de la intervención militar de EE.UU., sin conceso de la ONU y basada en falsas informaciones de armas de destrucción masiva en Irak, pesan en la decisión de Obama. El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, que había criticado la «prisa» de Bush por meterse en una guerra en Irak, calificó de «moralmente indecente» el presunto uso de gases tóxicos contra la población siria.
«Esta vez es realmente diferente», asegura Richard Gowan, de la Universidad de Nueva York. «Sólo un partidario encarnizado de la teoría del complot puede pensar que Obama quería llegar a este punto, mientras que el gobierno de Bush tenía realmente ganas de invadir Irak en 2003». Hace 10 años, Alemania y Francia se opusieron a la operación militar, que sí recibió el apoyo de Reino Unido. Esta vez las principales potencias europeas están de acuerdo en llevar a cabo una intervención.
Pero lanzar algunos misiles de crucero será una tarea mucho más fácil que lograr un consenso en el Consejo de Seguridad para terminar con una guerra que ha cobrado la vida de más de 100.000 personas desde que comenzó en marzo de 2011. Rusia y China ya han puesto su veto sobre la mesa para bloquear tres resoluciones propuestas por los países occidentales para presionar a Al Asad.
«Moscú y Pekín condenarán sin duda cualquier acción militar, pero Washington está convencido de que está moralmente justificado actuar contra Damasco, y la prudencia que ha mostrado Obama hasta ahora debería ayudarle a justificar su causa», explica Gowan. «El Consejo de Seguridad no puede ser el único garante de lo que es legal y de lo que es legítimo», expone por su parte Richard Haas, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores y exdiplomático estadounidense.
Kosovo (1999), en donde la OTAN lanzó una campaña contra el presidente Sloboadn Milosevic, fue una de ella. Allí participaron unos 600 aviones de 13 países, con bombardeos diarios en Kosovo, Serbia y Montenegro. El 10 de junio de 1999, las fuerzas serbias empezaron a retirarse de Kosovo, que pasó poco después bajo administración de la ONU. En 2003, el turno fue para Irak. Estados Unidos, Gran Bretaña y España deseaban proponer una resolución de la ONU para dar luz verde a una guerra en Irak, acusada de poseer armas de destrucción masiva. El proyecto es retirado a falta de consenso. Francia, Rusia y Alemania se oponían a la operación.
Estados Unidos decidió actuar. La operación desembocó en el derrocamiento del presidente Sadam Hussein, que fue juzgado y ejecutado a fines de 2006.En mayo de 2003, las fuerzas de la coalición contra Irak contaban 150.000 norteamericanos y 23.000 soldados de unos 40 países.
En marzo de 2011, fue Libia el que recibió una operación liderada por Francia y Gran Bretaña. Dieciocho países participaron en las operaciones. El 20 de octubre, Muamar Gadafi murió a manos de los rebeldes cuando trataba de huir tras el último asalto a su región natal de Sirte, dos meses después de la caída de Trípoli gracias al apoyo decisivo de la operación de la OTAN.
Hay nuevos hechos que hacen pensar que la operación puede demorarse. El secretario general de la ONU, Ban ki-moon le pidió a la comunidad internacional que no inicie ninguna intervención militar en Siria hasta que los inspectores hayan concluido su investigación de cuatro días en el terreno sobre el supuesto uso de armas químicas y analizado sus hallazgos. «Demos una oportunidad a la diplomacia, demos una oportunidad a la paz», dijo Ban en un discurso con motivo de la celebración del primer centenario del Palacio de la Paz y posteriormente en una rueda de prensa y una conferencia en la Universidad de la ciudad holandesa de Leiden, cercana a La Haya. Los inspectores de la ONU finalizaron hoy el segundo día de sus investigaciones sobre el terreno, que se espera duren cuatro jornadas, según aclaró hoy Ban, y tras lo cual empezará el análisis de los hallazgos, lo que requerirá de nuevo tiempo.
Además, se conocieron nuevos detalles. El enviado especial de la ONU dijo que decenas de soldados sirios inhalaron gas tóxico en nuevos incidentes y llamó a la organización internacional a investigarlos. El embajador Bashar Jaafari dijo que le pidió al secretario general de la ONU que extendiera el mandato del equipo que investiga el uso de armas químicas para incluir estos nuevos incidentes, que calificó de «atroces».
Jaafari dijo que decenas de soldados sirios estaban siendo tratados en hospitales luego de los incidentes que tuvieron lugar el 22, 24 y 25 de agosto en suburbios de Damasco. Las declaraciones de Jafaari llegaron en momentos en que los embajadores de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia y China) examinan un proyecto de resolución elaborado por Londres que permitiría una respuesta militar contra Siria.