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Todo fue silencio cuando el gato bajó del camión de mascotas hacia la puerta 10 de Downing Street. Apenas si se escuchaban las obturaciones de las cámaras fotográficas y el sutil golpe de la brisa en los micrófonos. Larry, el joven y ágil Larry, llegaba enjaulado a la calle más célebre de Londres sin entender mucho su misión, con bigotes que sobresalían sobre su cara de ‘qué será lo que estará pasando’ y un collar azul que lo distinguía como un miembro de los Tories (conservadores).
Larry, el gato, asistía a su posesión simbólica como ‘Ratonero en jefe’ de la sede del gobierno del Reino Unido en medio de una paz ceremoniosa, una calma por fin rota por la voz irónica de un curioso: —Larry, ¿y tú formas parte de la Gran Sociedad?, pero la puerta se cerró inmediatamente con el número 10 brillando hacia la calle: el gato, cargado por una rubia que lo presentaría con su nueva familia, no estaba dispuesto a dar declaraciones. No por lo menos en su primer día de oficios.
La misma puerta cerrada, fotografiada tantas veces, había sido noticia en las últimas semanas. Las ratas se estaban tomando el gobierno y la realidad iba mucho más allá de lo que presumiblemente podría ser descrito como una campaña difamatoria de los laboristas. Los roedores cruzaban en frente del número 10 en medio de la noche, cuando se suponía que David Cameron, el primer ministro, descansaba adentro, quizá tomando un baño o preparándose para ir a la cama después de complicados días de crisis económica mundial. Pasaban sin pudor detrás de los reporteros que enviaban sus informes y se perdían en la oscuridad como guiadas por el flautista de un cuento infantil.
La plaga aparentemente venía del Támesis para refugiarse en la vecindad y burlar los sistemas de seguridad. Cuando el asunto parecía fuera de control, el propio Cameron decidió buscar a un nuevo empleado público para un puesto que permanecía vacante desde 2007, y ese puesto era el de ‘Ratonero en jefe’ del Gabinete. Unas nuevas garras y unos nuevos ojos debían vigilar Downing Street, el buen nombre de la nación y del reino estaba en juego.
Así que como lo ha hecho por décadas, ahora el Departamento del Tesoro cuenta dentro de sus gastos anuales con las cerca de 100 libras esterlinas asignadas para la supervivencia del cazador, una paga que lo compromete a ejercer un buen gobierno callejero y no tener contemplaciones si se trata de perseguir a los roedores que desafían su poder. Es una paga nimia también si se compara con las casi 4.000 libras que cada año desembolsa el Tesoro a los fumigadores que le sirven de apoyo. Larry tiene el respaldo del Estado y en la calle cuenta con el monopolio de la fuerza.
El legado felino
Al comienzo era una cifra insignificante, un monto del que no existe valor preciso, pero que al fin de cuentas era lo autorizado por el Tesoro para mantener sano y activo a Rufus de Inglaterra. Se trataba de un gato servil al que pronto todos comenzaron a llamar Treasury Bill, el primer felino del que haya registro en Downing Street. Dicen que era un cazador implacable que acompañó a Ramsay Macdonald desde 1924. Dentro del despacho ministerial conoció de primera mano los secretos de un gobierno que trabajaba para que eso que con los años se llamaría Gran Depresión no tuviera un impacto estruendoso. Tal vez por esa lógica de la economía de la abstinencia el cazador tuvo que hacer su trabajo a un bajo precio, las ratas crecían a un porcentaje acelerado y ojalá las finanzas lo hubieran hecho de ese modo. Al final las realidades fueron dos: escasez de dinero y ratas pululando. La solución, una: Treasury Bill.
La crisis que comenzaba no sólo desgastó a la banca y a los Estados. Con los días le fue robando varios kilos al felino y los bríos de sus mejores días, no se sabía si cuando husmeaba los rincones lo hacía para buscar roedores o migas de alimento. Su situación era tan preocupante, que el propio secretario del Tesoro, Warren Fisher, intercedió ante el ministro de Hacienda para duplicar su pago. Philip Snowden, el titular de la cartera, dijo que no era posible, ignorando que algún día la historia podría señalarlo de tacaño. La otra historia, la que surgió de la negativa, cuenta que a los pocos días el raquítico Treasury Bill entró en el despacho de Snowden, en la puerta número 9 de Downing Street, se subió a una silla y lo miró por un momento. Salió al cabo de un corto rato y al final de la tarde, sin razón aparente para cambiar de opinión, al ratonero jefe le habían concedido el aumento.
No obstante, la vida de los gatos, como la de los hombres, es injusta y no sería Bill el que disfrutara de una estadía más acomodada. Murió de pronto y en 1929 el Tesoro hizo oficial la cifra de un penique diario como presupuesto para las demandas existenciales del animal.
Al Gabinete llegó Peter, el primero de los cuatro ratoneros que conocieron a Winston Churchill y el primero que se acostumbró a acurrucarse sobre los pies del premier, mientras él se encargaba de los asuntos del Estado, leía diarios o documentos confidenciales. Desde allí fue donde a Peter le correspondió enterarse de la victoria sobre los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y el resurgir económico del Reino Unido. Esa posición privilegiada a los pies de un grande de la política global del siglo XX la tuvieron también Munich Mouser, Nelson y Peter III, para quienes Churchill siempre tuvo buenos gestos y unos zapatos cálidos.
De todos los gatos cazadores de Downing Street, Wilberforce ha sido uno de los más célebres. Llegó siendo un cachorro proveniente del albergue de la Real Sociedad de Prevención de la Crueldad contra los Animales, para compartir tareas con el primer ministro Edward Heath. No obstante, con quien mejor compaginó fue con Margaret Thatcher. La ‘Dama de Hierro’ parecía reblandecer al ver al ratonero, tanto que incluso Bernard Ingham, quien fuera su secretario de Prensa, cuenta una historia sobre una visita diplomática a Moscú en la que su jefe dedicó un poco de tiempo para comprarle al gato una lata de sardinas. Así que el mundo empezaba a salir de la Guerra Fría y Wilberforce, a conocer la sazón soviética.
La propia primera ministra recomendó la jubilación de uno de los más fieles servidores de su gestión, su astucia estaba ya ensombreciéndose con los años y era hora de que se tomara un descanso. Desde entonces, Wilberforce permaneció dos años en un hogar de recreo hasta que su última vida se agotó mientras dormía, una noche de 1988. El puesto estaba vacante una vez más, pero no por mucho tiempo, porque el más polémico de todos venía en camino.
Su nombre era Humphrey y su reputación era intachable como cazador. En cierta oportunidad, los miembros de la Escuela de Medicina de la Armada Real no vieron en él más que un vagabundo cuando apareció sin norte. Salió a tomar un paseo desde Downing Street y su brújula falló en algún momento para desorientar el regreso a casa. Los estudiantes de medicina lo acogieron, lo alimentaron y lo bañaron por tres meses, hasta que un obituario en la prensa alertó sobre su procedencia ilustre. Al regresar, el gato ofreció unas declaraciones a la prensa en forma de comunicado en las que oficializaba la retoma de sus labores después de unas justas vacaciones.
El arribo del laborista Tony Blair a la sede del gobierno no marcó una buena época para él. Por poco fallece cuando el enorme Cadillac presidencial de Bill Clinton estuvo muy cerca de aplastarlo como a un ratón, un hecho menor comparado con el aparente infierno que vivía día a día. Siempre se dijo que Cherie Blair, la esposa del primer ministro, lo detestaba. Decían que para ella los gatos eran sinónimo de suciedad y que su estadía en el hogar tenía un final próximo. Decían, asimismo, que el rechazo era compartido, que con apenas ver a la mujer había que exorcizar a Humphrey para evitar la tentación de atacarla.
Una foto gestionada por el director de comunicaciones de Blair, Alistair Campbell, quedó para el recuerdo. Era la respuesta a los rumores de la animadversión de la esposa del ministro y ella posaba sonriente con el gato entre sus brazos mientras él miraba hacia ninguna parte. El mensaje que la acompañó indicaba que la relación era maravillosa entre los dos y que Humphrey estaba contento en casa. Todo habría acabado bien si entre la prensa no hubiera ganado crédito una versión que hablaba de montaje. En efecto, Humphrey era el gato, pero comentaban que su cuerpo estaba anestesiado hasta la médula. Por eso pocos creyeron en las dolencias de salud del cazador cuando una fuerte afección renal lo diezmó tras años de trabajo y precipitó su exilio hacia un nuevo hogar, al cuidado de una pareja de ancianos.
La noticia no cayó bien entre los conservadores y saltó del anecdotario al Parlamento cuando el diputado Alan Clark insinuó que al felino lo habían asesinado los laboristas: ¿ejecución extrajudicial acaso? La réplica del gobierno Blair consistió en revelar a un grupo de reporteros la dirección en la que Humphrey pasaba su vejez y demostrar que todas eran falsas acusaciones. Esa fue su última aparición pública.
Hoy los ojos se posan en Larry y la expectativa sobre su futuro crece. Su predecesora, Sybil sólo se mantuvo seis meses en el cargo porque no logró adaptarse a su nueva rutina luego de haber pasado la vida en los campos abiertos de Escocia y de haber llegado al gobierno por ser descendiente de la mascota del entonces ministro de Finanzas, Alistair Darling. Hubo quienes sugirieron que su salida tenía que ver con el desprecio de Gordon Brown y quienes sentenciaron que gatos hay muchos, pero pocos son los que logran adaptarse al diario frenesí de Downing Street.
El camino de ‘Larry’ hacia el gobierno
El actual primer ministro brintánico, David Cameron, se mostró reticente a la idea de traer un nuevo gato a Downing Street al comienzo de su mandato. Sin embargo, su opinión cambió después de que la pregunta empezara a ser frecuente entre los periodistas, quienes veían a las ratas campear mientras elaboraban sus informes.
El primer ministro anunció, la última semana de enero, que buscaría en los centros de acogida de animales al nuevo cazador. La noticia animó al personal del Battersea Dogs and Cats Home, que se ofreció a entregar cualquiera de sus gatos. Miembros del gobierno estuvieron a cargo de la elección, aunque quienes finalmente dieron el visto bueno fueron Nancy y Elwyn Cameron, hijos del premier.
En un comunicado, firmado por Cameron el martes, se hacía oficial la llegada de un gato de nombre Larry a Downing Street: “Nada está garantizado, pero el personal de Battersea está seguro de que estará a la altura de su misión”.
El corazón felino de Churchill
Es bien sabido el aprecio de Winston Churchill por los gatos, de hecho, una de sus frases más célebres tiene que ver con ellos: “Los perros nos miran como sus dioses, los caballos como sus iguales, pero los gatos nos miran como sus súbditos”.
Aparte de los gatos con los que se cruzó durante sus dos periodos en Downing Street (1940-1945 y 1951-1951), Churchill tuvo un gato de color castaño y patas blancas al que siempre bautizó con el nombre de Jock y al que relevaba por otro igual una vez fallecía. Ellos tuvieron su hogar en Chartwell, la mansión que el exprimer ministro compró en 1922 para vivir al lado de su esposa Clementine, en el condado de Kent. Allí murió el líder en 1965.
Tras su muerte, Chartwell pasó a ser patrimonio nacional y la única condición que la familia Churchill exigió era que siempre en la casa habitara un gato como Jock.