
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A sus 15 años, Manuel decidió unirse a la organización criminal Los Rojos la cual opera en el estado de Guerrero, México, en busca de una mejor vida, lejos de las comodidades básicas que le ofrecía su hogar en la ciudad de Taxco.
Un año después de estar envuelto en el mundo del narcotráfico se dio cuenta que era muy difícil salir. La última noche que se le vio con vida, había decidido abandonar a Los Rojos y huir a Estados Unidos. Se despidió de su familia pidiéndole perdón por no haber decidido antes dejar este cartel.
Partió rumbo a la terminal de autobuses de Taxco, y en el camino sospechó que un grupo de policías lo perseguía por lo que decidió llamar a sus seres queridos. Antes de llegar a su destino, fue interceptado por varios uniformados municipales quienes lo capturaron y trasladaron hasta límites con Iguala, y junto con otro grupo de policías de este municipio, lo entregaron a la organización contraria a la que pertenecía: Guerreros Unidos, según informó El Universal de México.
Antes de ser detenido, Manuel había advertido a sus parientes que la fuerza pública lo quería entregar “yo lo sé bien, eso hacen siempre los policías, los conozco, me van a entregar a los Guerreros”.
Esa noche y las tres siguientes sus allegados intentaron localizarlo en su celular, pero las primeras horas de su desaparición varios hombres contestaron y en medio de burlas y humillaciones, les afirmaron que ni rezando lo iban a encontrar vivo. Uno de los parientes enfrentó a los policías, pero no obtuvo nada a cambio.
La familia intentó seguir el rastro de Manuel, encontrando testigos de la captura quienes les dieron el número de la patrulla en la que se lo llevaron. En búsqueda de respuestas, uno de los policías municipales les advirtió que era mejor que se fueran sino querían correr con la misma suerte del joven.
Al quinto día de búsqueda los parientes recibieron una llamada en la que les pedían que fueran a la morgue a identificarlo. Su abuelo decidió ir a reconocerlo a Iguala. No hubo autopsias ni tampoco respuestas, tan solo pidió que le entregaran el cuerpo de su nieto el cual fue torturado hasta ser desfigurado.
Antes de pasarle un papel para que el abuelo lo firmara, los policías le preguntaron: “pero no va querer levantar denuncia ¿verdad?, lo mató sabrá Dios quien, y mejor déjelo ahí antes que siga otro en su familia”, el anciano solo respondió que quería llevarse el cuerpo.
El funeral se llevó a cabo, asistieron sus seres queridos y pocos amigos. Durante tres noches la Policía vigiló la casa de la familia, después les aseguraron que era mejor que se marcharan del lugar. Dos días después, los parientes de Manuel empacaron todo y se exiliaron.
“Narcotraficantes o personas sin relación con ellos, ya hay muchas personas perdiendo a seres queridos, de ambos lados, por la única razón de que el narcotráfico se ha convertido en una forma de vida para pueblos enteros: la mitad amenazados y la otra mitad trabajando para ellos”, aseguró en entrevista con El Universal de México, el abuelo de Manuel.
El silencio domina cuando llegan los muertos de uno y otro lado de Taxco e Iguala: unos por miedo a que los maten si denuncian, y los otros porque no quieren perder el trabajo con sus patrones, pero sobre todo porque no saben con qué grupo están las autoridades, agregó.
Las personas que se encuentran en medio de la franja de los dos extremos, prefieren guardar silencio, pasar desapercibidos, olvidar lo que ven y escuchan.
En el centro del país nadie vio venir que Iguala es una “bomba de tiempo”, y que pronto iba a estallar el criadero de delincuentes que dividieron una región y la vida de sus habitantes, indicó el abuelo.
“Viendo el cuerpo de Manuel, solo había una pregunta que me hacía ¿qué falló? Para que él se uniera a ellos. Ni las lágrimas de sus padres, ni el enojo de su familia hoy lo pueden regresar… si, fue muy torturado antes de morir y hoy una frase resume la vida en ese lugar: no confíes en nadie”, concluyó.