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Desde que empezó la guerra en Afganistán, la frontera con Pakistán se convirtió en un campo de experimentación bélica, debido a la presencia de los talibanes, lo que ha provocado un sinnúmero de muertos. Todos ellos justificados por la guerra contra el terrorismo.
El 9 de octubre de 2011, en el valle del río Swat, noreste de Pakistán, un grupo talibán le disparó a Malala, una niña de 14 años. Aunque el objetivo era eliminarla, no lo lograron. La negativa a dejar la escuela había convertido a Malala en un blanco del talibán, debido a que desde 2009 habían prohibido a las mujeres el derecho a la educación.
El caso Malala impactó al mundo. Su traslado a Inglaterra y su complicada recuperación fueron atentamente acompañados por la prensa internacional. Aunque hubiera salido de la zona de influencia de los talibanes no dejó de ser odiada por ese grupo, el cual, por medio de un comunicado, justificó el atentado desde una perspectiva fundamentalista: “La hemos atacado porque había hablado contra los talibanes (…) mientras idealizaba al mayor enemigo del islam, Barack Obama”.
Es importante recordar que el 20% de la población de Pakistán se ubica debajo de la línea de la pobreza. El país registra un 35% de analfabetismo y un bajo PIB per cápita que confirman su vulnerabilidad estructural, ahora sumada a su frágil y estratégica frontera geográfica.
Detrás de la aterradora historia de Malala se esconden intereses geopolíticos de largo plazo. Algunos analistas, expertos en Asia, afirman que el caos en Pakistán impediría que este país se transformara “en un corredor energético entre Irán y China”. Pareciera ser que la idea es neutralizar a China para que, por lo menos, “se retrase la posibilidad de que Asia sea para los asiáticos”.
Malala es una víctima visibilizada del choque beligerante entre esos dos mundos. Cada uno se arma como puede y justifica la guerra desde su visión de mundo, sin embargo, el caso de Malala y su “feliz desenlace” oculta el ruido de las bombas y el impacto de los drones utilizados por Occidente, y pone por algunos minutos en el olvido la opresión social, las torturas, el machismo, el fundamentalismo religioso y un capitalismo voraz, ávido de controlar los recursos estratégicos asociados a la energía.
La valentía, el inteligente liderazgo de Malala y la herencia crítica de sus papás fueron incontestables herramientas utilizadas para hacer camino hasta llegar al Nobel de Paz en 2014. Es la primera vez que el Nobel de Paz es concedido a alguien tan joven. Malala, hoy más que nunca, se transformará en un símbolo de libertad del mundo musulmán, en el derecho de las mujeres a la educación y en la lucha contra los fundamentalismos de Oriente y de Occidente.
Ojalá este Nobel de Paz permita un encuentro entre esos dos mundos para no tener que oír nuevamente palabras como las proferidas por la anónima Nabila, otra niña paquistaní de nueve años, que vio morir a su abuela, víctima de un dron en 2012: “Cuando oigo que persiguen a gente que ha hecho daño a EE.UU., me pregunto: ¿qué daño he cometido, qué hizo mi abuela? No hice nada malo”.