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Llega a nuevos picos la pelea entre Irán y Occidente. Esta vez, sorpresivamente, el país persa ha pasado de las amenazas a las acciones: tal como lo había advertido la semana pasada, suspendió la venta de petróleo a Francia y el Reino Unido. Además, envió dos buques de guerra a las costas de su país aliado, Siria, en un gesto desafiante para EE.UU., Israel y las naciones europeas que condenan la represión por parte de las fuerzas del mandatario sirio, Bashar Al Asad, en contra de su pueblo.
Aunque podría suponer un incremento en los precios, el corte de suministro de crudo no tendría trágicos efectos para Francia ni el Reino Unido. El pasado miércoles, cuando el ministro de Relaciones Exteriores iraní advirtió que se efectuarían los cortes, la Comisión Europea respondió que esta medida no afectaría a las naciones, las cuales en todo caso están buscando un cambio de proveedor. “El petróleo es algo que se puede obtener en los mercados internacionales, y Arabia Saudita dijo que iba a aumentar su producción”, afirmó la portavoz de la comisión encargada de la energía, Marlene Holzner.
La razón por la cual no sólo Francia y Reino Unido, sino otras naciones europeas, buscan un cambio de proveedor, es porque desde el 23 de enero la Unión Europea (UE) acordó imponer un embargo petrolero gradual contra Irán. Los nuevos contratos petroleros con la república islámica fueron prohibidos con efecto inmediato, pero los principales compradores de petróleo iraní tienen hasta el 1º de julio para anular los contratos existentes y encontrar otros proveedores.
Las razones del embargo impuesto por la UE son las sospechas (alimentadas sobre todo por EE.UU. e Israel) de los posibles fines bélicos del programa atómico de los persas. No obstante, ayer el gobierno iraní reiteró su disposición a dialogar sobre su programa nuclear con las grandes potencias y anunció que la próxima cita con el Grupo 5+1 será en Estambul. Hoy llega a Teherán, por segunda vez, una delegación de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) que verificará la naturaleza del programa atómico iraní.
Convencido de que ese programa tiene fines bélicos, el ministro británico de Exteriores, William Hague, afirmó que Irán podría sumir a Oriente Próximo en “una nueva guerra fría”, pero sin los “mecanismos de seguridad” que existían durante la rivalidad entre EE.UU. y la Unión Soviética, y con la más seria proliferación de armas nucleares desde que éstas se inventaron.
Entre las sanciones a sus exportaciones y las acusaciones a su capacidad nuclear, Irán mueve otras fichas fuera de sus fronteras: envió dos buques de guerra al mar Mediterráneo, específicamente al puerto de Tartus, en Siria, donde también está la única base naval que Rusia (otro país aliado de Al Asad) tiene en el exterior.
El jefe de la marina iraní, Habibolá Sayarí, señaló que los barcos cruzaron el canal del Suez con permiso de las Fuerzas Armadas de Egipto, y que la flotilla viajó a Tartus “para facilitar el entrenamiento marítimo de las fuerzas navales de Siria bajo un acuerdo firmado entre Teherán y Damasco hace un año”. Así mismo dijo que lo que buscan es mostrar el poderío de la república islámica en apoyo al mundialmente cuestionado régimen sirio. Además agregó que, por órdenes del ayatolá Alí Jamenei, los persas buscan incrementar la presencia de sus fuerzas en aguas internacionales.
La operación encendió las alarmas de los militares israelíes, que calificaron el acto como una “provocación”. La preocupación de Washington y Tel Aviv radica en que es la segunda vez (la primera fue en febrero de 2011) que un barco iraní surca las aguas mediterráneas desde la Revolución Islámica de 1979, cuando se instauró en Teherán un régimen teocrático, antiestadounidense y antisionista. Washington ha acusado repetidas veces al régimen iraní por supuestamente impulsar las represiones de las fuerzas leales a Al Asad en contra de rebeldes y civiles.