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Pocas semanas después de que estallaran las violentas manifestaciones en su contra, por haber quemado coranes en la estación de Bagram, cerca de Kabul, Estados Unidos sigue alimentando la ira del pueblo afgano. Esta vez un soldado que, según fuentes militares, pudo haber sufrido una “crisis nerviosa”, mató a 16 civiles, varios de ellos menores de edad.
El hecho sucedió en la provincia de Kandahar, uno de los bastiones de la insurgencia talibán que ha incitado los protestas antinorteamericanas, que ya han dejado un saldo de 30 muertos y 200 heridos, y que buscará volver al poder hacia 2014, cuando se retiren los 130.000 soldados de la OTAN —liderados por EE.UU.— de Afganistán.
El soldado, un sargento del ejército (de tierra), habría salido de su base hacia las 2:00 a.m. de ayer. Se dirigió a Belandi, una villa cercana, y entró a cuatro viviendas, donde abrió fuego indiscriminadamente contra los residentes. “No puedo imaginar la motivación que existe tras unos actos tan crueles, pero puedo asegurar que no forman parte de ninguna acción militar autorizada por la Fuerza Internacional de Seguridad de Afganistán (ISAF)”, declaró el teniente general Adrian Bradshaw, subcomandante de esa misión de la OTAN.
El general John Allen, jefe de las tropas estadounidenses en Afganistán, prometió “una investigación rápida y escrupulosa”, y señaló que el militar permanecerá bajo custodia estadounidense.
Aunque el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se comunicó con su homólogo afgano, Hamid Karzai, para expresarle su profundo pesar por los asesinatos y ofrecer sus condolencias al pueblo afgano, las disculpas servirán poco para evitar un incremento de la ira contra EE.UU.
A la masacre se suma no sólo la quema del libro sagrado de los musulmanes, sino también que, en enero, un video de cuatro marines orinando sobre cadáveres de presuntos talibanes le dio la vuelta al mundo. Estos incidentes han obstaculizado la colaboración estratégica que busca Washington con Kabul para culminar la retirada de tropas de la OTAN en 2014. El resentimiento que ha provocado en la población civil complica la labor de las agencias de cooperación de EE.UU. en el país asiático, a través de las cuales Washington canaliza miles de millones de dólares para labores de reconstrucción del país.